«Siento vergüenza, miedo y mucho asco»: habla una víctima del ‘baño de los horrores’ en Palma
El impacto psicológico fue devastador: "En ese momento sólo pensaba en mi hija, en si la habían grabado también"
El caso del llamado baño de los horrores en Palma continúa sacudiendo a la opinión pública con una fuerza que no remite. Lo que durante años fue un bar aparentemente normal en la calle Vinyassa, se ha convertido en el epicentro de uno de los escándalos más graves de espionaje sexual y vulneración de la intimidad registrados en la ciudad, donde un hombre habría llegado a grabar a más de 400 mujeres sin su consentimiento.
Ahora, una de las víctimas ha decidido hablar en primera persona —aunque bajo anonimato— para relatar el impacto devastador que esta experiencia ha tenido en su vida. Su testimonio comienza con una frase que lo resume todo: «Siento vergüenza, miedo y mucho asco».
«Estoy muy decepcionada. No creo que sea una sentencia lo suficientemente justa», añade en referencia a los cuatro años de prisión impuestos al acusado por la Audiencia Provincial. Sus palabras no solo reflejan indignación, sino también una profunda sensación de vulnerabilidad que, según explica, no desaparece con el paso del tiempo.
La mujer recuerda que no fue consciente de lo ocurrido hasta meses después de la detención del hombre. Fue una amiga quien le alertó de la existencia de la investigación. A partir de ahí, decidió acudir a la policía, sin imaginar el golpe emocional que estaba a punto de recibir. «Cuando me enseñaron mis imágenes, me quedé estupefacta», relata. En ese instante, asegura, entendió la magnitud real de lo ocurrido.
El impacto psicológico fue inmediato y devastador. «En ese momento sólo pensaba en mi hija, en si la habían grabado también», explica con angustia. La menor, de 11 años, no aparece entre las víctimas identificadas, lo que supuso un alivio dentro del horror, aunque no logró borrar el miedo que desde entonces acompaña a la familia. «Me siento humillada, triste y con mucho miedo por lo que pueda pasar», confiesa.
Uno de los aspectos más inquietantes del caso es la simplicidad del método utilizado. La cámara estaba oculta dentro de una botella de plástico, colocada de forma estratégica en el baño femenino del bar. «La había visto mil veces, pero nunca imaginé que era una cámara», dice la víctima, todavía sorprendida por la normalidad del objeto que escondía la intrusión.
El testimonio también revela momentos especialmente duros vividos en dependencias policiales. «Me consta que una madre vio a su hija menor en las imágenes y salió llorando», relata, describiendo escenas que evidencian la dimensión emocional del caso y el dolor compartido entre las afectadas.
Pero hay un detalle que añade aún más crudeza al relato. Según la víctima, el acusado no era un desconocido para ella. «Me conocía perfectamente. Sabía que me estaba grabando», afirma con rotundidad. Y lo más perturbador, según su versión, es la aparente normalidad con la que actuaba después: «Cuando salía del baño, me sonreía como si nada». Su testimonio termina con una frase cargada de impotencia: «Te lo repito: sólo siento asco y mucha impotencia».
El caso del baño de los horrores en Palma no solo ha dejado una condena judicial y una investigación compleja, sino también una herida social difícil de cerrar. Más allá de las cifras —más de 400 mujeres afectadas, 26 identificadas y cuatro menores entre ellas— queda un sentimiento común entre las víctimas: la pérdida de la seguridad en los lugares más cotidianos.
Un caso que ha reabierto el debate sobre la protección de la privacidad, la vulneración de la intimidad en espacios públicos y la necesidad de reforzar los controles para evitar que situaciones similares puedan repetirse. Porque detrás de cada cifra hay una historia, y detrás de cada historia, un daño que no siempre encuentra reparación.
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