La incomprensible política española
Hay momentos en los que uno se pregunta seriamente si la política española responde a la lógica o si, por el contrario, se ha instalado definitivamente en el terreno del absurdo. A veces incluso resulta difícil entenderse a uno mismo; cuánto más tratar de comprender el comportamiento colectivo de millones de votantes. Sin embargo, basta observar lo que ocurre en nuestro país para concluir que España vive desde hace tiempo en una especie de anomalía política permanente.
Resulta verdaderamente difícil comprender el comportamiento de una parte del electorado socialista. A los votantes del PSOE parece darles exactamente igual que su líder haya demostrado en innumerables ocasiones una relación más que flexible con la verdad, que haya pactado con quienes fueron herederos políticos del terrorismo o con quienes intentaron quebrar la unidad de España, que su Gobierno esté rodeado de sospechas y escándalos de corrupción o que incluso su propio entorno familiar se haya visto envuelto en procedimientos judiciales.
Nada de esto parece alterar su fidelidad electoral. Los hechos lo demuestran: en las últimas elecciones de Castilla y León, pese a perder los comicios, el PSOE incluso consiguió mejorar su representación respecto a la convocatoria anterior. Ante esta realidad, invocar la reflexión o la autocrítica en ese electorado parece, sencillamente, un ejercicio inútil.
Se suele decir que la razón es lo más repartido del mundo porque todos creemos tenerla. Y, por supuesto, yo tampoco soy una excepción. Pero observando el otro lado del espectro político, aparece otra paradoja que tampoco resulta fácil de explicar.
Muchos votantes del Partido Popular reclaman a Vox un apoyo prácticamente incondicional al PP para desalojar a Pedro Sánchez del Gobierno. Sin embargo, rara vez se detienen a reflexionar sobre si el propio Partido Popular debería revisar algunas de las políticas que el bipartidismo ha venido aplicando durante las últimas décadas.
Porque la realidad es que el Partido Popular parece resistirse a introducir cambios sustanciales. Mantiene su adhesión a la Agenda 2030, evita revisar determinadas políticas sobre violencia de género cuya eficacia es, como mínimo, discutible, se muestra reacio a derogar la Ley de Memoria Democrática y apenas plantea modificaciones de fondo en ámbitos tan estratégicos como la política energética o la política agraria.
Frente a ello, Vox —al margen de los problemas internos que atraviesa— mantiene un discurso coherente con sus postulados y ha reiterado en numerosas ocasiones su voluntad de pactar con el Partido Popular para desalojar al PSOE del poder.
Pero ese apoyo no puede convertirse en un simple cheque en blanco para perpetuar exactamente las mismas políticas, apenas maquilladas, sin afrontar los problemas estructurales que afectan a España.
La cuestión, en realidad, es bastante sencilla de entender. España necesita un cambio político real, no una simple alternancia estética en el poder. Sin embargo, lo que demasiadas veces parece imponerse no es el interés general, sino el cálculo de partido, la comodidad del sistema y el miedo a alterar un statu quo que lleva décadas funcionando para quienes viven de él.
Y así, mientras unos votantes permanecen inmunes a cualquier escándalo y otros exigen cambios que sus propios partidos se resisten a acometer, la política española continúa atrapada en el mismo bucle de siempre: promesas de regeneración que terminan convirtiéndose, una vez más, en la vieja y conocida decepción. ¿Qué es lo que no entendemos o no queremos entender?
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