Eugene O’Neill habla de sí en ‘Largo viaje hacia la noche’
Lo presenciado sobre el escenario en Inca es un ejemplo de teatro clásico, con los intérpretes jugando papel preferente y a cara descubierta
Llegó el momento y se llenó el aforo del Teatre Principal de Inca de gentes del lugar y muchas otras llegadas del resto de la isla. El motivo era asistir a la función única de Largo viaje hacia la noche, la obra maestra que nos dejó Eugene O’Neill, a título póstumo, por deseo expreso en su testamento y apenas tres años después de su muerte, en 1953, llegaba a los escenarios el legado autobiográfico que le valió el Pulitzer en 1957, el cuarto ganado por derecho propio en su prodigiosa carrera de dramaturgo.
Curioso, cómo un hombre atormentado llega con su trabajo a ganar cuatro premios Pulitzer y, además, el Nobel de Literatura en 1936.
Cualquier espectador podía observar, sentado en su butaca, estar asistiendo a una pulcra representación encuadrable en el teatro realista, que, a pesar de ser reconocido O’Neill entonces como su introductor en Norteamérica, ya lo había explorado en 1920 con su obra Más allá del horizonte, donde retrata el choque entre los sueños y la dura realidad del campo, adelantando dos décadas a la película de John Ford, Las uvas de la ira, adaptación de la novela homónima de John Steinbeck publicada en 1939.
El teatro realista dio sus primeros pasos en Europa en 1870, como reactivo a las maneras acomodaticias del post-romanticismo, siguiéndole el verismo en la ópera, con Puccini como principal referente. En Norteamérica faltaba la depresión de 1929 para activar una corriente equiparable en el teatro, si bien sería tres décadas después cuando fueron a fijarse en Eugene O’Neill.
De hecho, el dramaturgo neoyorquino ambienta El largo viaje en 1912 y no por casualidad. Eligió específicamente ese año, porque en él ocurrieron los hechos reales que marcarían trágicamente su vida: el último año que la familia O’Neill estuvo físicamente unida en su casa de verano, situada en New London, Connectitut, y punto de inflexión de su trayectoria personal cuando le diagnosticaron tuberculosis a los 24 años de edad y la crisis de adicción a la morfina de su madre, cuyo doloroso declive está descrito en la obra teatral donde confluyen la estructura temporal de la trama –un día en la vida de los O’Neill– y la caída psicológica y emocional, como metáfora del descenso progresivo de los personajes hacia la oscuridad, los fantasmas de la vida familiar que no pudieron superar.
Se entiende que O’Neill dejase dicho que la obra no podía ser publicada hasta años después de su muerte.
Vuelvo al espectador sentado en la butaca, consciente de asistir a una obra en la que se aborda el realismo de manera cruda, exasperante, y todo ello, narrado con desoladora naturalidad. De ahí, además, que, tratándose de la familia Tyrone en la ficción, se adopte el nombre propio de los O’Neill en la trama: James (el padre), Mary (la madre), Jamie (el hermano mayor) y Edmund (él mismo, aunque adoptando el nombre de su hermano fallecido de sarampión). Una vida trastornada desde el comienzo y descrita en toda su crudeza durante un día en la vida de. Todo es real y sin concesiones. Entonces se entiende que Eugene O’Neill quisiera dejarla para después de su muerte. Es importante reseñarlo porque, aun desconociendo el origen de la trama, el espectador es consciente de asistir al monumental drama familiar.
Aunque a fecha de hoy lo que verdaderamente cuenta es lo sucedido sobre las tablas, con Carlos Hipólito en el papel del padre, Mapi Sagaseta como la madre y los hermanos, Jamie (Álex Villazán) y Edmund (Nicolás Illoro). Brillantes, sobrios en excentricidades, esos 120 minutos de teatro realista en tiempos de metáforas reclamando gestos de excelencia.
El hecho de asistir a una función única no es casual, porque respondía a la circunstancia de rodar la obra hasta su estreno formal en los Teatros de la Abadía en Madrid. El Principal de Palma no podía al estar preparándose el estreno de la ópera Faust de Gounod. Así que Miquel Àngel Raió se ha marcado un tanto muy relevante, que bien merece ser reconocido.
Lo presenciado sobre el escenario en Inca es un ejemplo de teatro clásico, con los intérpretes jugando papel preferente y a cara descubierta. Además, esta función encerraba un pasado emocional, desde ese momento en que Carlos Hipólito, interpretando el papel del padre en esta nueva versión, en 1988 dirigido por Miguel Narros, interpretó el papel de Edmund Tyrone, es decir, el propio O’Neill en su juventud.
Mientras, en el patio de butacas se encontraba Ernesto Caballero, un joven estudiante de arte dramático que ahora le ha dirigido en El largo viaje hacia la noche. Inmensos cómplices. Dos horas en escena que emocionaron al público presente al identificar la buena química entre los cuatro intérpretes y con O’Neill hablando de sí.
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