La Balanguera, oportunismo en do mayor
Hay canciones que parecen inofensivas hasta que uno decide escucharlas con atención. La Balanguera lleva décadas instalada en ese territorio cómodo de lo sentimental: una melodía suave, una metáfora amable sobre el paso del tiempo y ese aire de tradición que casi nadie se atreve a cuestionar en voz alta. Pero basta afinar el oído para descubrir que, más que una nana colectiva, estamos ante una partitura marcada por el oportunismo.
Porque la historia de La Balanguera no es la de una resistencia heroica ni la de un símbolo perseguido hasta la clandestinidad. Es, más bien, la de una adaptación constante. Durante el franquismo, ese periodo que hoy se invoca con indignación automática, la canción no fue erradicada con el celo que algunos quieren hacer creer. Hubo tolerancia, espacios de difusión y, sobre todo, una convivencia lo suficientemente cómoda como para que no desapareciera del todo del paisaje cultural.
Y ahí es donde empieza a desafinar el relato actual. Porque quienes hoy elevan la canción a la categoría de emblema identitario de lo catalán insular, casi como si fuera el latido histórico de Mallorca, parecen olvidar —o prefieren olvidar— esa etapa de convivencia. No encaja bien en el discurso. Resulta incómodo reconocer que ciertos entornos culturales supieron moverse con notable soltura dentro de un régimen al que ahora presentan como antagónico.
La palabra clave es connivencia. No hace falta dramatizarla ni convertirla en conspiración: basta con observar. Ayer, prudencia y adaptación para sobrevivir. Hoy, entusiasmo y solemnidad para marcar territorio ideológico. El hilo no es la resistencia, sino la capacidad del catalanismo de acomodarse al poder de cada momento.
Y mientras tanto, se impulsa una conmemoración que pretende pasar por espontánea. Se organizan actos clientelares, se invoca una identidad inventada, se apela a la emoción colectiva con ese tono dulzón que convierte cualquier discrepancia en sospecha. Si no te conmueve, parece que fallas como ciudadano. Si no participas, quedas fuera del relato.
Pero lo cierto es que La Balanguera no es ese símbolo puro que ahora se quiere consagrar. Es un producto cultural que ha sido reinterpretado según convenía: tolerado cuando no molestaba, elevado cuando resultaba útil. Y en ese recorrido hay más cálculo que épica.
Lo preocupante no es la canción —que, en su origen, tiene una belleza indiscutible—, sino el uso que se hace de ella. Esa insistencia en convertirla en marcador ideológico, en herramienta de identificación colectiva ocebista, en una especie de himno emocional que no admite matices. Porque ahí es donde la cultura deja de ser un espacio compartido y pasa a ser un instrumento.
Al final, la imagen de la tejedora que da sentido a la letra adquiere un matiz casi irónico. No porque la metáfora falle, sino porque el hilo que se nos presenta como tradición continua está lleno de nudos, empalmes y remiendos. No es un tejido limpio: es un collage de adaptaciones.
Y quizá lo más honesto sería reconocerlo. Admitir que los símbolos no son eternos ni inocentes, que cambian, se moldean y se utilizan. Lo demás —esa solemnidad impostada, esa emoción dirigida— suena menos a música y más a una partitura escrita al dictado de cada época.
En do mayor, sí. Pero con demasiadas notas fuera de lugar.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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