Año nuevo, vida vieja
Cuando un equipo que llega en posiciones de descenso tras 17 partidos de liga, solo ha ganado uno fuera de casa ha encajado 33 goles, un promedio de dos por encuentro, de repente te parece el Milan de Arrigo Sachi o el mismísimo Barça, es que su oponente algo estará haciendo mal. Cuando su extremo derecho se luce como un Yamine Lamal cualquiera sin serlo, es cuestión de sondear al lateral que le marca. Cuando no generas nada en un centro del campo al cuidado de dos jugones como Morlanes y Sergi Darder, es que sobran uno de ellos o los dos a la vez. Cuando el rival te ha estudiado mejor y te impide la ya de por si difícil salida de balón y te obliga a buscar a pelotazos la cabeza de tu único delantero si no te lo ha robado antes, deberías dejar de hacer lo mismo si es que quieres que algo cambie. Pero sobre todo, cuando el vicecolista de la categoría te ha bailado el chotis durante 25 minutos sin que hayas olido la pelota, no solamente pierdes el crédito, sino que tu equipo roza la indignidad.
Y no, Jagoba, no. El Girona no es como el Elche porque el ritmo que le imprime a su juego es bastante más rápido y porque si Eder Sarabia hubiera convencido a sus jugadores como ha hecho Michel a los suyos, no estaríamos hablando de sensaciones, sino de un desastre mayor. Vean el dato de los corners botados en cada portería y sabrán qué equipo salió en busca del triunfo y cuál saltó al campo para especular con él. Por no entrar en detalles.
Al Mallorca basta con apretarle un poco, con presión adelantada, sentido de la anticipación e intensidad para ponerle contra las cuerdas. Carece de recursos, exclusivamente limitados a la rapidez e inspiración de Jan Virgili o la cabeza de Muriqi, torpe e impreciso con los pies. Se lo saben hasta en Madagascar y ni en el banquillo, como tampoco en la oficina, se dan por enterados. Mientras el Girona empezó y terminó con la lección bien aprendida, los locales no habían pasado de la primera página de gramática. De las matemáticas ya ni hablamos. Sus pases imprecisos, su colocación desordenada, su sacrificio menor, sus llegadas tardías, sus dudas constantes dibujan el perfil de una escuadra a la deriva, muy justa de artillería y con la retaguardia de cristal, guardameta incluido.
El guión de la película era tan patético y evidente, que la ocasión de Samu malograda por Gazzaniga y el tanto anulado al japonés por un pelo de su flequillo, se compensan con el cabezazo de Witsel al travesaño a portal vacío. Tres anécdotas para empezar el año igual que hace 365 días tras los cuales ya conocemos la historia y quien no se la ha aprendido está condenado a repetirla.
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