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Según la psicología, las personas que son demasiado amables tienen mayor riesgo de sufrir ansiedad

  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

La amabilidad se enseña desde la infancia como un valor positivo. Por ejemplo, se educa a escuchar a los demás, ceder ante el conflicto y no imponer los propios deseos. Pero cuando esa disposición supera ciertos límites y se convierte en un patrón sistemático de renuncia, el coste supera con creces el beneficio, pudiendo llegar a emociones como la ansiedad.

Y en este contexto, la psicología lleva años estudiando qué rasgos de personalidad elevan la predisposición a la ansiedad. Entre los perfiles que aparecen de forma recurrente en esa investigación, hay uno que suele pasar desapercibido precisamente porque se confunde con una virtud: la tendencia a anteponer el bienestar ajeno al propio de manera crónica.

Cuando la amabilidad se vuelve excesiva, la ansiedad encuentra terreno abonado

La psicología identifica el exceso de amabilidad como uno de los rasgos de personalidad que con mayor frecuencia se asocian al desarrollo de la ansiedad.

El patrón concreto es el siguiente: anteponer las necesidades de los demás a las propias y tener dificultades para decir «no», lo que genera una acumulación de responsabilidades emocionales que resulta insostenible a medio plazo.

Este mecanismo tiene nombre propio en psicología: sociotropy. El concepto, articulado por Aaron Beck, describe la tendencia a valorar en exceso la cercanía y la aprobación social como fuente de autoestima.

Las personas con alta sociotropy mantienen un estado de alerta permanente ante la posibilidad de decepcionar a quienes les rodean. Ese estado de alerta sostenido es, en esencia, ansiedad.

El estudio de Martínez, Senra, Fernández-Rey y Merino, publicado en la revista International Journal of Environmental Research and Public Health, confirma que la sociotropy actúa como factor de vulnerabilidad transdiagnóstico tanto para la depresión como para la ansiedad generalizada.

Dos estudios que avalan el vínculo entre la complacencia excesiva y la ansiedad

La investigación de Martínez et al. (2020), con 160 pacientes diagnosticados con trastorno de ansiedad generalizada, encontró una correlación estadísticamente significativa entre la sociotropy y los síntomas de ansiedad.

La relación entre ambas variables se mediaba, además, a través de la rumiación. Las personas más tendentes a complacer a los demás también presentaban mayor actividad de pensamiento repetitivo y pasivo, lo que amplificaba el malestar emocional.

Un segundo estudio, publicado en 2025 en la revista PsyCh Journal por Kuang, Li, Luo, Zhu y Ren, trabajó con una muestra de 2.203 estudiantes universitarios y confirmó que los participantes con mayor tendencia a la complacencia presentaban niveles de bienestar mental significativamente inferiores.

Las correlaciones con el neuroticismo, la evitación social, la soledad y el agotamiento emocional resultaron positivas y estadísticamente significativas.

Perfeccionismo e inestabilidad emocional, los otros dos factores de riesgo

La amabilidad excesiva no actúa en solitario. La psicóloga Ángela Fernández identifica otros dos rasgos, detallados a continuación, que también elevan la predisposición a la ansiedad:

Las personas con este rasgo experimentan con mayor frecuencia síntomas físicos como palpitaciones, sudoración o tensión muscular en situaciones que otros afrontan sin mayor dificultad.

Los dos rasgos comparten un denominador común, y es que generan un estado de alerta continuo. Ya sea por el miedo a no cumplir con los estándares propios, por el temor a decepcionar a los demás o por la incapacidad de gestionar la incertidumbre, el sistema nervioso raramente descansa.

Reconocer el patrón abre la puerta a reducir el malestar

La identificación de estos rasgos no tiene como fin etiquetar, sino ayudar a entender el origen de la ansiedad. La psicología propone intervenciones concretas: entrenar la flexibilidad mental, practicar la asertividad y establecer límites saludables son las vías más documentadas para reducir la carga emocional que alimenta el trastorno.

En el caso concreto del exceso de amabilidad, el trabajo central pasa por aprender a decir «no» sin interpretarlo como un fracaso relacional.

En estos contextos, la asertividad no equivale a egoísmo. Funciona como la capacidad de establecer límites que permiten mantener las relaciones sin vaciarse en el proceso. Cuando esa frontera se aprende a gestionar, la ansiedad pierde gran parte del terreno en el que habitualmente se asienta.