Religión

Juan es seminarista y desvela cómo es un día en su vida: «La primera actividad que tenemos es comunidad y es a las 7:00 de la mañana»

Un joven seminarista de Madrid cuenta su experiencia y cuál es su día a día

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Blanca Espada

Ser seminarista no es sólo estudiar para ser sacerdote. Es, sobre todo, una forma de vida marcada por la rutina, la convivencia y la reflexión personal. Juan lo sabe bien. Es uno de los 1.066 seminaristas que han cursado este año su formación en España y acaba de terminar cuarto de Teología en el seminario de Getafe, en Madrid, donde combina estudio, oración y vida en comunidad.

Su día a día ha despertado curiosidad en muchos, especialmente después de su paso por el programa «La Tarde» de Telemadrid con Christian Gálvez. Allí explicó con detalle cómo es una jornada normal dentro del seminario, desmontando algunas ideas preconcebidas y mostrando una rutina que, en algunos aspectos, no es tan distinta a la de cualquier estudiante. Aunque su camino es vocacional y tiene un componente espiritual evidente, su horario está bastante estructurado. Clases, estudio, momentos de descanso y también tiempo para compartir con sus compañeros forman parte de un día que empieza temprano y termina con una última oración antes de ponerse a dormir.

Juan es seminarista y desvela cómo es un día en su vida

La jornada de Juan arranca pronto. Muy pronto. «La primera actividad que tenemos en comunidad es la eucaristía, que es lo más importante. Y es a las 7:00 de la mañana», explica. No se trata sólo de una costumbre, sino del eje o de una primera rutina sobre la que gira el resto del día. Después de la misa, y tras haber participado en ayunas para poder comulgar, llega el momento del desayuno. Es breve, casi rápido, porque el tiempo apremia. De hecho, a las 8:10, aproximadamente, salen desde el Cerro de los Ángeles, donde se encuentra el seminario de Getafe, rumbo a Madrid.

Allí, en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, ubicada en la zona de Las Vistillas, reciben las clases junto a seminaristas de otras diócesis. El trayecto forma parte también de la rutina diaria y marca el paso de la vida en comunidad al ambiente académico.

 

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Clases por la mañana y vida en comunidad al volver

La mañana transcurre en las aulas ya que no deja de ser una formación. El joven explicó en su testimonio televisivo: «Tenemos clases desde las 9:00 hasta las 13:00 o las 14:00, dependiendo del día». Filosofía y teología ocupan la mayor parte de ese tiempo, en una formación que no sólo busca conocimientos, sino también prepararles para su futura labor pastoral.

Al terminar las clases, regresan al seminario. Es entonces cuando llega uno de los momentos más esperados del día: la comida en comunidad ya que no es sólo una pausa para comer, sino que es también un espacio para compartir y desconectar un poco.

Después, aparece un pequeño respiro. «Tenemos un rato de descanso en el que solemos jugar al fútbol», explica. Puede parecer un detalle menor, pero para ellos tiene importancia si bien no deja de ser una forma de liberar tensión, de relacionarse y de mantener ese ambiente de convivencia que define su día a día.

Tarde de estudio, oración y recogimiento

La tarde vuelve a estar marcada por el estudio. Durante unas tres horas, los seminaristas retoman los libros y continúan con su formación. Es una parte exigente, pero necesaria dentro de su preparación. Más adelante llega uno de los momentos más personales del día. «Tenemos una hora de oración en silencio», explica Juan. Aunque están juntos en la capilla, cada uno vive ese rato de manera individual. Es un tiempo de introspección, lejos del ruido y de la actividad constante.

Después de esa oración personal, rezan juntos las vísperas, una oración comunitaria dentro de la Liturgia de las Horas. A continuación, llega la cena y, con ella, un ambiente más relajado en el que pueden conversar, leer o simplemente descansar.

El final del día y una rutina que se repite

La jornada termina a las 22:30 con el rezo de completas, la última oración del día. A partir de ahí, cada uno se retira cuando quiere, aunque el ritmo del día siguiente obliga a no alargar demasiado la noche. Este esquema se repite prácticamente a diario durante el curso. Con el paso de los años, además del estudio, los seminaristas incorporan labores pastorales en parroquias, colegios, hospitales o incluso cárceles, lo que completa su formación.

Más allá de los horarios, Juan también ha compartido qué le llevó a dar este paso. «Desde pequeño veía en los sacerdotes algo especial, una alegría que me llamó la atención», explica. Esa impresión inicial fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en una vocación que hoy marca su vida. Su testimonio deja ver que, detrás de la rutina, hay una decisión personal profunda. Y también que, aunque su día esté muy organizado, no deja de ser el de un joven que estudia, convive y busca su camino.

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