Opinión

De verdad en nombre de España… ¡Y a cambio de nada!

No es fácil añadir algo más a lo que ya se ha dicho para calificar la hoja de ruta del sanchismo. Y así, en una macabra coincidencia, todos los observadores que no forman parte de su engranaje mediático señalan que, de facto, nos ha conducido al final del régimen democrático que se inició con la aprobación de la Constitución de 1978.

La voladura afecta a los dos pilares: la democracia formalmente considerada y el propio texto constitucional. En cuanto a la primera, desde la objetividad académica se ha concluido que la democracia se ha pervertido al transgredir los principios que primero la inspiran y después la mantienen; no son otros que el imperio de la ley y la separación de poderes. Y, respecto al texto constitucional, se ha tomado la vía de la reinterpretación constructiva para dar la vuelta como un calcetín a algunos de sus postulados básicos, afectando no sólo a los que determinan la organización territorial y las competencias de los poderes e instituciones del Estado, sino a los derechos de los españoles consagrados en el Título Preliminar y en el Título I.

Ante el hecho fáctico de un cambio de régimen que no forma parte de ningún mandato, la mayoría de los españoles que, con independencia de su ideología, se sienten demócratas y se identifican con el proyecto común, deberían comprometerse activamente con la defensa de ambas, la democracia y la Constitución.

Para casi todos los ciudadanos son escasas las oportunidades de realizar actuaciones influyentes sobre la terrible deriva del país, pero ya decía Napoleón a todos los que formaban parte de la Grande Armée, desde sus 26 maréchaux al más humilde de sus soldats, que tenían que ser conscientes de que formaban parte de un crucial momento de la historia. De la misma forma, los españoles, como ya hicieron nuestros mayores en la transición, tenemos que volver a ser protagonistas de nuestro tiempo y cada uno, en la medida de sus posibilidades, debe hacer apostolado de la democracia y del estado de derecho.

Pero es a los políticos a quienes les toca aprovechar su mayor campo de actuación y ocupar todo el frente de ataque, jugando, si es necesario, más cerca de las líneas. Todos andamos mirando a Núnez Feijóo, que tiene que decidir cómo quiere que quede escrito su papel en los libros de historia. Hasta ahora seguramente ha hecho lo que podía hacer: ganar (insuficientemente) las elecciones e intentar investirse, pero a partir de ahora tiene que cargarse de audacia e intentar salirse del papel de mal perdedor que le han asignado.

Ante la gravedad de lo que se nos viene encima, ahora mismo tendría que plantearse con toda seriedad la posibilidad de abstenerse en la votación de investidura de Pedro Sánchez. Pero abstenerse sin condiciones, o mejor dicho, con la única condición de que Sánchez se desamarre del proyecto de los golpistas, letal para nuestra nación, al que se encuentra abarloado.

Esa decisión, por muy firme y contundente que sea, se quedará en un mero gesto, ya que el candidato la despachará con desprecio, pero traería a medio plazo efectos relevantes: por un lado, radiografiar a un Pedro Sánchez intrínsecamente unido a los proyectos antidemocráticos y antinacionales, y no por necesidad, sino como la opción preferida frente a la de investirse y gobernar sin los gravosos peajes que le imponen los golpistas y sediciosos, e incluso los comunistas con activas aspiraciones republicanas; y por otro, engrandecer la figura del propio Feijóo, que generosa y patrióticamente pone por delante del suyo el interés y el proyecto de España y de su actual régimen constitucional.

Y no vale la pena detenerse mucho en pensar en cómo se articularían las mayorías y los apoyos de un futuro gobierno así soportado, ya que las probabilidades de que Sánchez acepte la oferta de Feijóo serían menores a cero. Solamente referir que, aunque con esta fórmula se renunciaría temporalmente a frenar otros males del sanchismo, al menos se detendrían los estragos letales de la claudicación ante los enemigos de España.

Además, esta acción generosa por parte de Feijóo desenmascararía la superchería de un personaje menor, inmerecidamente ensalzado, como es García Page. Éste, renunciando a su integridad, ha optado por hacer justo lo contrario, y ha decidido que los intereses de su partido, por muy errados que sean, están por delante de los de su país. «Emiliano, eres peor que el resto de socialistas, que podrían alegar buena fe; a sabiendas no hay equivocación sino prevaricación, y no hay forma de mirar de frente a la conciencia».