Opinión
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¿Y si la víctima es Santiago Abascal?

En una democracia, la violencia contra un representante público tiene una dimensión que trasciende al agredido y debería activar unos mínimos criterios de relevancia periodística con independencia de las simpatías ideológicas. Pero, tras el fin de semana, permítanme que ponga en duda si se informa de la misma manera en función de quién sea el protagonista.

El pasado viernes, un hombre se abalanzó sobre Santiago Abascal, presidente de VOX, durante su visita a Tarragona. Le escupió y trató de golpearle, tal y como se recoge en las imágenes publicadas por OKDIARIO. Sus escoltas tuvieron que intervenir y el individuo fue posteriormente detenido por los Mossos d’Esquadra. No estamos, por tanto, ante una amenaza anónima en redes sociales ni ante un intercambio de insultos entre manifestantes y un político. Estamos ante un episodio de violencia física ocurrido durante un acto público y protagonizado por un dirigente político nacional.

La noticia, por tanto, existe independientemente de que el protagonista sea Abascal. Pero, como era de esperar, no todos los medios han concedido al episodio la misma relevancia ni han utilizado el mismo tono para contarlo. Algunos han informado expresamente del intento de agresión, otros lo han situado dentro de una crónica más amplia sobre las protestas que acompañaron la visita de Abascal y, en algunos de los principales medios nacionales, resulta difícil encontrar una información específica sobre el ataque. No pretendo afirmar que la noticia haya sido completamente silenciada, pero sí reflexionar sobre por qué un hecho objetivamente relevante puede convertirse, dependiendo del medio, en protagonista, elemento secundario o prácticamente una nota al margen. Si no hubiese sido Abascal, otro gallo cantaría.

Para entender la importancia de esta cuestión, basta con mirar hacia atrás y recordar lo ocurrido en Paiporta en noviembre de 2024, cuando Pedro Sánchez visitó la localidad valenciana después de la DANA. El presidente del Gobierno fue increpado, recibió insultos y se produjeron lanzamientos de objetos durante una visita que terminó marcada por los incidentes. Aquello ocupó durante días un espacio considerable en los medios de comunicación y generó un debate político de enorme intensidad sobre la violencia, la polarización y el respeto a las instituciones. Y era lógico que así fuera, pues cuando se produce una agresión o un ataque contra un presidente del Gobierno, el asunto no afecta únicamente al individuo, sino que adquiere una extraordinaria dimensión institucional.

Pero ese principio no puede funcionar solamente cuando la víctima ocupa La Moncloa. Si el respeto a las instituciones y la condena de la violencia son valores democráticos, deberían serlo también cuando quien recibe la agresión es el líder de un partido de la oposición, nos guste o no su discurso y sus propuestas.

Un medio de comunicación, poseedor de una delicada responsabilidad, tiene todo el derecho a establecer su línea editorial, a decidir qué considera prioritario y a distribuir su espacio conforme a sus propios criterios, pues la libertad de prensa incluye necesariamente esa capacidad de selección. Pero la honestidad periodística exige que esa selección no termine deformando la importancia de los acontecimientos en función de quién los protagoniza. Una cosa es no querer conceder protagonismo a un adversario político y otra muy distinta rebajar la relevancia de un hecho porque informar de, en este caso, Abascal, implica, inevitablemente, darle cancha.

Los de VOX son conscientes de cómo, amparados en la libertad de expresión, muchos medios se permiten criticar duramente a la formación política, cuestionar a Abascal y protestar contra sus ideas. Pero hasta ahí, son reglas del juego, y la democracia necesita precisamente ese espacio de discrepancia. Lo que no puede normalizar es que la violencia contra un adversario político, más concretamente contra Santiago Abascal, se convierta en un asunto de menor importancia por el simple hecho de ser él el agredido.

La violencia no tiene ideología y el periodismo tampoco debería tenerla cuando informa de ella, pues no es su misión proteger a amigos ni castigar a adversarios. Y la credibilidad no se demuestra contando únicamente aquello que encaja con su relato, sino teniendo la honestidad de contar también lo que lo contradice.

Cuando un medio minimiza una noticia para no dar protagonismo a quien considera su contrincante, ya no está ejerciendo de contrapoder, sino que está tomando partido. Y si es la ideología quien decide qué hechos merecen ser contados y cuáles deben quedar relegados, pierde la credibilidad el medio, pierde la democracia y pierde España.