La OMS, el purgatorio de Mónica García
Hay ambiciones que se parecen demasiado a una sobredosis. Al principio producen euforia, después alteran la percepción de la realidad y finalmente obligan a buscar un antídoto. A Mónica García le ha ocurrido algo parecido con la OMS. Durante meses parecía que la ministra de Sanidad hubiera descubierto que el despacho de Madrid le quedaba pequeño y que el mundo entero estaba esperando su llegada con las puertas abiertas. Pero la política, como la medicina, tiene sus pruebas diagnósticas. Y el resultado acaba de conocerse: Pedro Sánchez ha presentado a la doctora María Neira como candidata para dirigir la Organización Mundial de la Salud. No a Mónica García. A María Neira.
Conviene detenerse en el detalle porque en política los detalles son a menudo el cadáver que aparece en la autopsia. Cuando un Gobierno tiene una ministra de Sanidad y, llegado el momento de elegir quién debe representar a España para dirigir el organismo sanitario más importante del planeta –aunque no comparto sus postulados casi siempre–, escoge a una doctora con dos décadas de trayectoria en la propia OMS, la fotografía es bastante elocuente.
Mónica García se queda, por tanto, en la sanidad española, vágame Dios. Y quizá ahí esté el problema. Porque mientras la ministra parecía mirar hacia la OMS, la sanidad pública española seguía haciendo lo que hacen los enfermos cuando el médico se entretiene demasiado con la historia clínica: esperar.
Esperan los pacientes. Esperan los profesionales. Esperan las soluciones. Y en Ceuta, los sindicatos sanitarios y organizaciones de pacientes han llegado a pedir públicamente la dimisión de la ministra ante la situación asistencial denunciada en la ciudad. Es difícil vender liderazgo sanitario internacional cuando dentro de España hay profesionales que denuncian que su propio sistema sanitario necesita una intervención urgente.
Ceuta es, en este sentido, una metáfora extraordinaria. Un territorio español situado a pocos kilómetros de África y a años luz, al parecer, de las prioridades del Ministerio de Sanidad y de España. Allí no hay grandes cumbres internacionales, ni organismos multilaterales, ni fotografías con banderas. Hay médicos, pacientes, hospitales y problemas concretos. Es decir, exactamente aquello que debería ocupar el centro del radar de una ministra de Sanidad.
Porque gobernar la sanidad no consiste en salir a la rueda de prensa con cara de preocupación, pronunciar cuatro veces la palabra «evidencia» y esperar que el problema se resuelva por saturación semántica. Amén de llevar puesta con toda la cara el chaleco de Sanidad Exterior de España cuando no tienen ni recursos ni personal.
Y ahí es donde la retórica tropieza con la realidad. Mónica García llegó al Ministerio con el prestigio añadido de haber sido una voz especialmente combativa desde la oposición madrileña, es decir, médica y madre. Pero gobernar tiene una pequeña perversidad: obliga a pasar de denunciar los problemas a resolverlos. El micrófono cambia de sitio. Ya no se habla desde la grada. Se responde desde el banquillo. Y cada protesta deja de ser una oportunidad para señalar al adversario y se convierte en una pregunta dirigida al propio ministro.
Quizá por eso resulta tan revelador el episodio de la OMS. Porque una cosa es aspirar a dirigir una organización internacional y otra demostrar primero que se domina el complejo mecanismo de la sanidad nacional. Una cosa es hablar de salud global y otra conseguir que Ceuta no parezca el paciente olvidado de la planta.
Una cosa es ser médico en el 12 de Octubre de Madrid y cuyos compañeros no quieren saber nada de ella, por cierto, se rumorea, claro, y otra cosa es asistir ante la mayor huelga de sanidad de la historia de este país: eso tras seis ministros del ramo en 7 años de sanchismo.
Mientras tanto, Yolanda Díaz también mira hacia el exterior. El Gobierno la ha propuesto para dirigir la Organización Internacional del Trabajo. Y aquí aparece una de esas ironías que la política española produce sin necesidad de ayuda de ningún columnista: dos ministras del mismo Gobierno, dos organismos internacionales y dos carreras buscando una salida internacional.
Que cada cual haga sus cálculos. Lo que parece difícil de discutir es que la operación tiene un aroma inequívocamente político. Porque cuando los miembros de un gobierno empiezan a mirar hacia los organismos internacionales, uno termina preguntándose si están buscando cambiar el mundo o simplemente cambiar de despacho. Yo, conociéndolas, veo lo segundo.
Y no hace falta atribuir conspiraciones para advertir la contradicción. Basta observar los movimientos. María Neira va a la carrera por la OMS. Yolanda Díaz va hacia la OIT. Y Mónica García se queda en Sanidad y luego dice que va como premio de consolación a la Comunidad de Madrid, previo exterminio político de sus propios compañeros, porque ella se ha autoelegido como candidata y punto en boca. Ella es ella. Ella es Mónica, médica y madre.
Y mientras todo esto sucede, Madrid continúa siendo el gran enemigo imaginario de la izquierda que no da con la tecla. Pero ¿cómo van a dar en la tecla si sus dos ministros -Óscar López, el de Paradores, y García- se postulan para cambiar el sillón cuando Sánchez abandone por fin sus vacaciones en La Mareta? Pero, para más desvergüenza política, vemos que llega a España, en vuelo en primera clase para el Congreso, Irene Montero, la de la ley que excarcela violadores y demás familia, y cambia como de cromos el puesto a Ione Belarra, que, al parecer, se va también a la Comunidad de Madrid. La santísima trinidad, lo pongo en minúsculas porque serán ateos.