Noventa minutos de España: la roja frente al separatismo
Hay países que nacen de una batalla; otros, de un tratado; algunos, de una casualidad geográfica. España, en cambio, lleva quinientos años sobreviviendo a los españoles. Tal vez por eso sigue viva. A Bismarck —sea verdad o no que la pronunciara— se le atribuye aquella sentencia que ya pertenece más al patrimonio de la literatura que al de la Historia: «España es el país más fuerte del mundo; los españoles llevan siglos intentando destruirla y todavía no lo han conseguido». No importa demasiado la autoría. Hay apócrifos cuya veracidad moral resulta infinitamente superior a la exactitud documental.
Dentro de unas horas, millones de ciudadanos volverán a protagonizar el más curioso de los milagros civiles. Sin decretos. Sin BOE. Sin mediadores internacionales. Sin verificadores suizos. Sin mesas de negociación. Bastará un balón rodando sobre el césped para que un país entero vuelva a reconocerse en el espejo de una camiseta roja. Ese fenómeno, que la política es incapaz de explicar, el fútbol lo resuelve con la sencillez de los grandes símbolos: nadie pregunta de qué autonomía procede el delantero antes de celebrar un gol. Nadie exige un referéndum para sacar un córner. Nadie reclama una frontera en la frontal del área.
Y ahí comienza la gran paradoja del nacionalismo y del propio Sánchez
Durante décadas nos explicaron que España era un concepto discutible, una anomalía histórica, un Estado construido contra la voluntad de quienes habitaban sus periferias. Nos dijeron que la nación era una imposición; que la bandera era poco menos que un trapo heredado del franquismo; que el himno resultaba incómodo y que el sentimiento nacional pertenecía a una reliquia del pasado. Sin embargo, llega una final del Mundial y el relato empieza a resquebrajarse con la misma facilidad con la que se rompe un cristal demasiado fino.
¿Por qué conviene formular una pregunta tan sencilla como devastadora? ¿Con quién irán los independentistas la tarde-noche del domingo?
¿Con la Roja?
¿O con una selección catalana que no existe? ¿Con una selección vasca que tampoco existe? La realidad posee una crueldad exquisita: jamás negocia con los relatos.
Rufián, Junqueras, Puigdemont, Pradales y ese largo etcétera de perdedores del Estado español que nunca verán una España troceada, ¿de qué colores vestirán este domingo? Al 99% de los españoles no les importa un carajo. Y el uno por ciento restante sólo parece importarle a Sánchez. El mismo presidente que gobierna con el respaldo de Bildu, y quienes vuelven a echarse a la calle, si es que las abandonaron, esta vez —dicen— para boicotear el Mundial, ante la calculada mirada de soslayo del PNV.
Pero volvamos con Pedro Sánchez. Al parecer, no supo hasta este viernes que debía viajar a Estados Unidos para acompañar a la selección. ¿Y por qué ese repentino interés? Pues porque también acudirá el presidente Trump y, claro, puede haber foto. El nivel de mezquindad política del presidente español llegó al punto de forzar su agenda con una visita a Argelia para evitar asistir al partido. Hasta que en Moncloa repararon en Trump y en el coste de la ausencia.
!Ay independentistas del procés!, fueron presentados como una epopeya democrática y ni eso fue oportuno. El tiempo, ese juez incorruptible que nunca concede entrevistas, lo ha reducido a su verdadera dimensión: urnas de plástico, censos improvisados, declaraciones unilaterales suspendidas a los pocos segundos de ser proclamadas, promesas de reconocimiento internacional que jamás llegaron y una república que nunca abandonó el territorio de la retórica. Mucha liturgia. Mucha escenografía. Mucho humo. Muy poca historia. Y ahora de repente, mucha roja, señores. País Vasco y Cataluña, llenas de color rojo redentor.
La Historia —esa disciplina que castiga con severidad a los impostores— enseña una lección constante: las naciones no nacen de una comparecencia de prensa ni de un eslogan estampado en una pancarta. Se edifican durante siglos; sedimentan generaciones, derrotas, victorias, comercio, lengua, cultura, mestizaje, memoria compartida. Como escribió Ortega y Gasset, «la nación es un proyecto sugestivo de vida en común».
Chesterton escribió que «el verdadero soldado lucha no porque odie lo que tiene delante, sino porque ama lo que deja detrás». Quizá ahí resida la diferencia esencial. El patriotismo no necesita fabricar enemigos para justificar su existencia. Esta selección, que contra Francia firmó uno de los partidos más memorables vistos en una selección española, une al país. Esa es la esencia que debe quedar en la retina, España es y será una, no catorce.
Dentro de unas horas rodará el balón. Habrá abrazos en Bilbao y en Sevilla; en Girona y en Cáceres; en León, en Almería y Vigo. Miles de catalanes celebrarán un gol marcado por un andaluz; miles de madrileños aplaudirán un pase de un vasco. Nadie preguntará la lengua materna del portero. Nadie exigirá certificados de identidad antes de cantar un gol, señores independentistas, señor Sánchez.
Porque, al final, el fútbol posee una virtud que la política ha extraviado hace tiempo: desenmascara las ficciones.
Y cuando el árbitro señale el centro del campo, cuando once jugadores vestidos de rojo representen a cuarenta y ocho millones de ciudadanos, volverá a demostrarse una verdad tan antigua como incómoda: España no necesita que la inventen cada legislatura.
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