Mayo del 26, del ‘wokismo’ a la razón: ¡Reaccionemos!
Debemos reconocer, sin acritud, que la ideología woke no brotó de una exigencia espontánea de justicia. Más bien partió de una fábrica de veneno, construida paso a paso, con deliberación y refinamiento, en las alturas del mundo académico. Nació en París, se desarrolló en las universidades americanas y hoy erosiona desde dentro todo aquello que Occidente levantó con esfuerzo y razón.
Sus arquitectos fueron tres pensadores de primer orden: Foucault, Derrida y Deleuze. Brillantes, sí, y por eso mismo más responsables. Foucault enseñó que la verdad no es más que el disfraz cambiante del poder. Derrida declaró muerto al autor y disolvió el sentido estable de cualquier texto. Deleuze idealizó el movimiento y la ruptura, y miró con sospecha cualquier estructura estable o permanente.
Separadas, sus tesis podían parecer provocaciones de salón. Unidas y simplificadas al cruzar el Atlántico, se transformaron en un arma ideológica de gran alcance. En los campus de los ochenta encontraron un terreno fértil: el puritanismo secular de la culpa racial y la obsesión identitaria. La teoría francesa y el resentimiento estadounidense sellaron una alianza funesta. De ella surgió el wokismo.
Butler tomó de Foucault la idea de que el cuerpo y el sexo son pura performance. Said convirtió la historia occidental en un catálogo inagotable de crímenes coloniales. Crenshaw remató la construcción con la interseccionalidad: un sistema que ya no ve individuos, sino cruces de opresiones y privilegios. El resultado es una visión invertida del mundo: la realidad se vuelve narración, el mérito se denuncia como privilegio, la verdad como imposición y la excelencia como sospecha.
Esto no es progresismo. Es nihilismo vestido de moral. Representa el triunfo del subjetivismo colectivo: ya no es la existencia la que manda, sino la conciencia de los que se declaran víctimas. El individuo queda obligado a arrodillarse, a autocensurarse, a diluirse para no ofender al «otro». Convirtiendo el altruismo en instrumento de dominación total.
Mayo del 68 conservaba aún un impulso libertario: quería romper cadenas, liberar la palabra, desafiar la autoridad. Lo que vino después fue su caricatura siniestra. La rebeldía se tornó nueva ortodoxia. Los que soñaban con libertad acabaron fabricando comisarios culturales, burócratas de la diversidad y guardianes de la corrección que han hecho de la denuncia su modo de vida.
El problema de fondo no es la crítica a las injusticias —que toda sociedad democrática debe poder corregir—, sino la sustitución del debate racional por un clima moral permanente en el que todo se interpreta en términos de culpa y de pertenencia. Cuando el lenguaje público se llena de sospechas automáticas y de categorías rígidas, el espacio para el individuo se estrecha hasta asfixiar. Ya no se discuten ideas, sino identidades; ya no se evalúan argumentos, sino procedencias. Y en ese desplazamiento constante, la libertad va desapareciendo, sin necesidad de ser formalmente abolida. Defender la razón, el mérito y la responsabilidad personal no es nostalgia, sino una condición básica para que una sociedad plural no se convierta en un escenario de acusaciones perpetuas.
Frente a esta marea de deconstrucción solo cabe una respuesta coherente: afirmar sin vergüenza la realidad. Defender al individuo que piensa, crea y asume responsabilidad por sus actos. Recuperar el orgullo de la razón y la exigencia de la excelencia. Porque una civilización no se sostiene en la duda perpetua ni en la alegría de demolerlo todo. Se sostiene sobre personas que se atreven a decir lo que es verdad, lo que es bueno, lo que es grande y lo que merece ser defendido.
Occidente no renacerá con más arrepentimientos. Se salvará cuando los emprendedores, los trabajadores, los sensatos, recuperen el terreno que los parásitos y la sospecha han ocupado. Cuando el talento deje de pedir perdón por existir y la razón vuelva a ocupar el lugar que nunca debió perder.
El tiempo de la vergüenza ha terminado. ¡Demos un paso!
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