Lo que dicen, sí lo cumplen
Durante demasiado tiempo los españoles hemos asumido que los programas electorales son poco más que un folleto de campaña. Se redactan para ganar elecciones y se olvidan al día siguiente de llegar al poder. Prometer se ha convertido en una costumbre y cumplir, en una excepción. Quizá por eso una parte creciente de la sociedad ha dejado de preguntarse qué propone cada partido y ha empezado a fijarse en qué hace cuando gobiernan.
La política española atraviesa una profunda crisis de credibilidad. No porque falten discursos, sino porque sobran incumplimientos. Los ciudadanos escuchan hablar de regeneración mientras aumentan los cargos políticos, de bajar impuestos mientras crece la presión fiscal o de simplificar la administración mientras cada año se crean nuevas trabas burocráticas.
Ese es precisamente el contexto en el que conviene analizar la experiencia de VOX en los gobiernos autonómicos.
Más allá de que uno comparta o no su proyecto político, existe un hecho difícilmente discutible y es que allí donde los de Abascal han asumido responsabilidades de gobierno, han trasladado a la acción aquello que defendían en campaña. Aunque gobernar en coalición obliga a negociar y una comunidad autónoma no puede decidir sobre determinadas cuestiones donde sí tenía competencias, el patrón resulta llamativo.
Castilla y León, Aragón o Extremadura comenzaron a desarrollar medidas que hasta entonces parecían incompatibles con la gestión institucional, como planes de desregulación administrativa, reducción de burocracia, apoyo reforzado al sector primario, revisión de subvenciones consideradas ideológicas, impulso de políticas de familia, leyes de concordia o nuevas prioridades en determinadas políticas públicas, evolucionando así de un mero anuncio propagandístico a una demostración irrefutable del cumplimiento de la palabra. Ahora le llega el turno a Andalucía.
Durante años se ha repetido que determinadas propuestas eran «imposibles», que la realidad obligaba a todos los partidos a gobernar exactamente igual. Como si existiera un pensamiento único de la administración del que nadie pudiera salir.
Sin embargo, la experiencia demuestra que existen alternativas. Que cuando cambia la mayoría política, también cambian las prioridades, el destino del gasto público y la forma de entender la administración.
Eso es, precisamente, lo que debería ocurrir en una democracia.
La alternancia no consiste únicamente en cambiar los nombres de quienes ocupan los despachos. Consiste en cambiar las políticas públicas. Si un ciudadano vota una opción distinta, espera obtener un gobierno distinto. De lo contrario, las elecciones terminan siendo un simple relevo de gestores que administran exactamente el mismo modelo.
Quizá esa sea la principal aportación de VOX en los ejecutivos donde ha participado. Demostrar que el margen para hacer políticas diferentes existe y que muchas decisiones que parecían inamovibles dependían únicamente de voluntad política.
Naturalmente, habrá quien considere acertadas esas decisiones y quien las rechace frontalmente. Así funciona una sociedad plural. Pero el foco, en este caso, no está exclusivamente en si es posible gobernar de otra manera, sino en si la naturaleza política es capaz de despojarse de la tóxica desidia y peor corrupción. Y ese matiz es profundamente relevante para la democracia española, al romper con una de las grandes inercias de las últimas décadas y provocando que la idea de que todos los gobiernos acaban pareciéndose entre sí entre en barrena.
España necesita recuperar algo tan elemental como la confianza en que votar sirve para cambiar las cosas. No para cambiar un logotipo institucional, un eslogan o un equipo de comunicación, sino para modificar las políticas que afectan a la vida de los ciudadanos.
Cuando un partido llega al gobierno y empieza a ejecutar aquello que prometió dentro de sus competencias, envía un mensaje que trasciende sus propias siglas. La política todavía puede ser coherente y cumplidora con su deber, que no es otro que el servicio al pueblo.
Y quizá esa sea hoy la mayor revolución. No prometer más que los demás. Pero siempre cumplir más de lo que los ciudadanos habían llegado a esperar.
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