Opinión
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Ester, Carmen y el doble rasero

La casita de Bad Bunny ha servido para confirmar que en España el privilegio sólo molesta según quién lo disfrute. Uno entra allí a bailar dos canciones y sale convertido en examen de selectividad moral. Le ha pasado a Ester Expósito, a quien una parte de las redes miró como si hubiera cometido alta traición cultural por aparecer en el espacio reservado a famosos durante el concierto del puertorriqueño en Madrid. En cambio, cuando apareció Carmen Machi, la reacción fue otra: aplauso, ternura, memes cariñosos y ese «¡qué grande!» que en España funciona como certificado de inmunidad.

La pregunta no es si Ester puede ir a un concierto. Naturalmente que puede. La pregunta interesante es por qué nos molesta tanto verla a ella en la casita pero nos encanta ver a Carmen Machi en el mismo sitio. Mismo artista, mismo escenario, mismo privilegio. Distinta sentencia popular.

La respuesta tiene poco que ver con Bad Bunny y mucho con nosotros. A Ester Expósito la hemos colocado en el cajón de las celebrities jóvenes, guapas, internacionales, de alfombra roja y fotografía estudiada. No importa que sea actriz ni que tenga carrera: para una parte del público representa esa España de posado perfecto, belleza viral y éxito precoz que despierta una mezcla de fascinación y dentera. Si está en un espacio VIP, confirma lo que muchos ya querían pensar: que el mundo está montado para los mismos de siempre, aunque esos mismos tengan 26 años, millones de seguidores y cara de campaña de perfume.

Carmen Machi juega en otra liga sentimental. No porque tenga menos fama, sino porque su fama nos parece ganada en el barro noble de la televisión, el teatro, el oficio y la risa compartida. Carmen no aparece como una intrusa en la fiesta del pueblo, sino como una tía nuestra que se ha colado en el palco y encima lo está disfrutando. Es curioso… también es famosa, también está en el lugar reservado, también forma parte de la élite cultural. Pero a ella le concedemos algo que negamos a otras, naturalidad.

Ahí está la doble vara. Aplaudimos el privilegio cuando nos cae simpático y lo denunciamos cuando nos irrita. Nos indigna la casita si la ocupa una actriz asociada al brillo, la moda y las redes; nos parece deliciosa si la ocupa una intérprete que asociamos a la cercanía, a Aída, al costumbrismo y a una España menos impostada. No juzgamos el hecho, juzgamos el personaje que hemos fabricado alrededor de cada una.

La casita de Bad Bunny ha retratado algo más incómodo que a sus invitados: ha retratado nuestra hipocresía. Nos gusta hablar contra las castas, pero tenemos nuestras castas preferidas. Nos molesta el elitismo, salvo cuando el elitista nos cae bien. Criticamos el postureo, salvo cuando el postureo viene con gracia, tablas y una sonrisa que reconocemos desde el sofá.

Por eso, el caso Ester-Carmen no va de música urbana, ni de reguetón, ni de moral pública. Va de simpatías, prejuicios y licencias sociales. Ester Expósito no fue más culpable por bailar allí, ni Carmen Machi más inocente por hacerlo con más salero. La diferencia la pusimos nosotros, que seguimos repartiendo indulgencias según el carisma, la edad y la biografía televisiva.

Al final, la casita no retrató a Ester ni consagró a Carmen. Nos retrató a nosotros, que aplaudimos el privilegio cuando nos cae simpático y lo criticamos cuando lo disfruta alguien que ya habíamos decidido juzgar.