España en llamas
Una reciente tormenta de verano ha dejado una densa capa de pinocha, jaugo para los lugareños, sobre el suelo calcinado de muchos parajes del abulense valle del río Tiétar. Es como una nevada anticipada, parda y triste, pero es la señal de que algo comienza.
En algunos lugares crece de nuevo, como en secreto, temeroso de ser descubierto en medio de la desolación, un brote de roble. Un canto de vida y esperanza después del incendio del pasado mes de julio.
Hace cuarenta y cuatro años ardió también el pinar entre Piedralaves, La Adrada, Sotillo y Casillas. Aquel incendio fue de abajo a arriba, al contrario que esta vez, que el fuego bajó de las cumbres, empujado por viento del norte, después de subir del otro lado de la sierra, de Burgohondo y Navaluenga.
El bosque ha quedado como una tela de camuflaje para una guerra de momento perdida: unas áreas negras totalmente calcinadas; otras pardas, donde el pino, el roble o el castaño ha soportado la quema de la base de sus troncos o de sus ramas más bajas; y otras verdes donde el fuego pasó de largo o apenas quemó la superficie.
Ahora, vuelta a empezar, pero para muchos paisanos, para mí también seguramente, sólo habrá la oportunidad de ver este comienzo. Quedará para los más jóvenes la suerte de ver el valle reverdecido de nuevo, como lo hizo en estos nueve lustros pasados.
Hablo de esto con nuestro amigo Carmelo Saguar, que desde niño ha vivido de, por y para el pinar de La Adrada, primero ayudando a su padre, luego por su cuenta. En su memoria se cruzan historias del maquis con anécdotas de cazadores furtivos, como aquel guardia civil cuyo hijo se hizo todo un chef conejil, de tanto ver a su madre cocinar las piezas que requisaba su padre a los que las abatían clandestinamente.
El bosque era un inmenso rebaño de árboles que servía de alimento a la mayoría de las familias del valle. Con el piñón, la resina, la madera, la seta, la castaña o la ardilla. Carmelo dice que estas últimas saben a piñón. Las cocinaban en un refugio en El Ciburnal, en lo alto de la sierra, donde su padre pasaba días y noches vigilando el bosque como si fuera ganado.
El pinar, a su manera, era trashumante. No cambiaba de sitio, pero todo en él cambiaba con las estaciones. Como lo hacían el cuidado y el interés de los paisanos al albur de lo que aprovechaban de él en cada momento.
Carmelo parece que se conociera cada pino del valle. De uno se acuerda bien porque, subido a la copa para cortar ramas, se le fue en un descuido la motosierra y le segó prácticamente el antebrazo izquierdo. Cuando bajó del pino, las dos personas que le acompañaban se desmayaron al unísono al verle con la articulación colgando sangrientamente de un pingajo de carne. Carmelo tuvo que hacerse él solo un torniquete para cortar la hemorragia y después reanimar a los dos desfallecidos para que le bajaran con el coche al puesto de socorro.
Pero por el pino que Carmelo muestra un respeto reverencial, como si fuera un antepasado suyo, es por el Pino Aprisquillo, al que llaman “El abuelo”, de más de 43,5 metros de altura y con más de 350 años. Es decir, ya era un pimpollo en el tiempo que veía morir a nuestro genial pintor Diego Velázquez.
Este magnífico ejemplar de pinus nigra ha sobrevivido ya a varios incendios. Carmelo reacciona con vehemencia, orgulloso de esta joya del Tiétar, cuando le decimos que menos mal que se ha salvado. «Pero ¿cómo no se va a salvar? ¡Si es El abuelo!», dice con convicción.
Carmelo estuvo en el incendio de hace cuarenta años. Tampoco lo olvidará jamás. Salvó la vida a una cuadrilla entera cuando ya estaban rodeados por el fuego. Con apenas tiempo montó un pequeño contrafuego en torno a la fuente de Matarrecia, donde empaparon sus camisetas para, puestas en la boca, combatir el humo, hasta que pasó el fuego. Lo cuenta sin darse importancia. Hizo lo que tenía que hacer.
Como lo hacen en estos días catastróficos que lamentablemente se suceden cada verano en España todos los que luchan contra el fuego en primera línea. Podremos discutir sobre lo que se pudo hacer mejor o no en cada incendio, también en el del valle del Tiétar, para sacar para el futuro las lecciones que sean útiles y necesarias.
Pero lo que es indiscutible es la absoluta entrega de quienes se juegan la vida combatiendo las llamas cara a cara, desde tierra y desde el aire, incluidos los voluntarios: hombres y mujeres, armados con motosierras, hachas y azadas, dispuestos a todo para frenar el fuego en el monte y en sus pueblos, que ahora se movilizan también en el valle del Tiétar para su reconstrucción.
Sin olvidar a los responsables de cada municipio, al pie del cañón, sin dormir, para defender a sus vecinos y sus pueblos, como los ediles de La Adrada, Pilar Martínez; Piedralaves, Germán Ulloa; y Sotillo, Juan Pablo Martín; o los alcaldes de mis pueblos adscritos en Madrid, Villa del Prado y Pelayos de la Presa, Belén Rodríguez Sardinero y Antonio Sin, respectivamente, con quienes he mantenido contacto en estos días de infierno.
Es muy duro ver la devastación de parajes únicos del hermosísimo valle del Tiétar, lugares donde es posible encontrarte con ciervos, zorros, nutrias, cigüeñas negras, águilas imperiales o galápagos leprosos. Todo volverá a ser como antes, suele decirse, pero será mejor que no vuelva a serlo del todo, porque será la prueba de que esta vez hemos aprendido la lección.
Hablo como un profano, una persona que simplemente ama estos paisajes, afectados por los tiempos de incertidumbre que atraviesan el mundo rural y sus modos de vida.
Si asumimos que son lugares cada vez más frágiles y a la vez más valiosos, debemos cuidarlos como tales, igual que unos jardines en el centro de una urbe, asumiendo a la vez su adecuada explotación e incluso su reconfiguración, especialmente en el caso de la reforestación, para disminuir los factores de la devastación.
Nuestros bosques deben ser atendidos como lo que son: grandes espacios de vida entre ciudades y pueblos. Quizás con esa perspectiva podamos hacer más eficaces las políticas e inversiones medioambientales para prevenir catástrofes ecológicas como las que estamos viviendo cada verano en esta España en llamas.
Me despido de Carmelo Saguar a la salida de la cafetería del popular complejo recreativo de La Cabaña, entre La Adrada y Piedralaves, frente a la quesería que hace uno de los mejores quesos de cabra del mundo, el Montenebro.
Ante la vista de la sierra herida, Carmelo se detiene en silencio. Su mirada sabia parece acariciar el pinar con ternura, como a un animal que respirara doliente con el lomo alcanzado por el fuego. Y es como si el bosque yaciente le devolviera la mirada con respeto y gratitud.
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