La digitocracia populista
Pablo Iglesias y sus acólitos quieren dejarlo todo atado y bien atado de cara al próximo congreso de Podemos. De ahí que no duden en recurrir a las purgas masivas si con ello logran sacar a los disidentes del partido. La última prueba del modus operandi de esta dictadura de facto la encontramos en Extremadura, donde ex miembros de la formación aseguran que 30 simpatizantes de Íñigo Errejón han sido expulsados sin motivo por el Comité de Garantías a tan sólo dos semanas de Vistalegre II. La guerra fratricida entre Iglesias y Errejón sume en la intranquilidad desde hace meses a los partidarios del actual secretario general. Muchos de ellos, sin ocupación profesional más allá de la mera actividad política, viven obsesionados con mantener su preponderancia interna aunque sea a costa de traicionar los principios fundacionales de limpieza orgánica y democracia participativa.
Esos preceptos teóricos fueron marca para la nueva política. Sin embargo, y tras ser enarbolados hasta el hartazgo en una interminable perorata discursiva, han quedado como meras promesas del ya lejano 15 de mayo de 2011. Un movimiento del que Podemos se adueñó hasta constituirse como partido en enero de 2014. El resultado no ha podido ser más desastroso para sus votantes, que asisten con estupor a una lucha interna retransmitida por las redes sociales en tiempo real. Demostración de que más allá de las palabras tan sólo había un discurso de cartón piedra con un objetivo más viejo que el propio mundo: hacerse con el poder cayera quien cayera. Con Iglesias en la sombra, y Juan Carlos Monedero haciendo el trabajo de propaganda en los medios como teórico —y falso— outsider, Pablo Echenique es la mano ejecutora del aparato podemita. El secretario de Organización lleva su digitocracia populista hasta equipararla con algunos de los peores tics del antiguo régimen soviético. Vistalegre II significará la disputa entre dos corrientes irreconciliables pero, con esta imagen, puede desembocar en la muerte de un partido.
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