Bolleras al vapor
¡Cómo quema la estrella de David en las saunas inclusivas! En el corazón del Eixample barcelonés, un evento llamado Bolleras al vapor prometía vapor, sororidad y liberación LGTBI. Lo que ofreció fue un ejercicio de purificación ideológica al viejo estilo: dos mujeres judías, una de ellas con un sencillo colgante con la Estrella de David, fueron vetadas a la entrada. «¿Eres sionista?», le preguntaron. La respuesta implícita era clara: ese símbolo, milenario emblema del pueblo judío, se había convertido, para las organizadoras, en prueba de su complicidad con un supuesto «genocidio». Bienvenidas las lesbianas, siempre que no sean indisimuladamente judías.
La escena, grabada y difundida por las víctimas, tiene el grotesco encanto de la hipocresía elevada a performance. Imaginen el cuadro: un espacio autoproclamado de diversidad y lucha contra la opresión que, en nombre de la justicia social, reproduce el más clásico mecanismo de exclusión antisemita: la prueba de fuego identitaria. Llevas la estrella → eres sionista → no entras. Como si el judaísmo fuera una ideología malintencionada. Como si pedir a un judío que se arranque el símbolo de su pueblo para ser aceptado no fuera exactamente el tipo de humillación que los progres dicen combatir cuando lo sufren otros colectivos.
Entre las organizadoras figura Irene Cruz Gómez, profesora de Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona. Una académica que, supuestamente, enseña a analizar estructuras de poder, discriminación y exclusión. La ironía se vuelve casi insoportable: una experta en desigualdades vetando a otras mujeres por su identidad étnico-religiosa en un evento queer. Ahora se pide a la UAB que abra expediente. Es dudoso que ocurra. En ciertos círculos universitarios españoles, el antisemitismo disfruta de una curiosa inmunidad: se camufla de antisionismo, se envuelve en la bandera palestina y se justifica como resistencia. Mientras tanto, los crímenes sexuales sistemáticos del 7 de octubre —violaciones, mutilaciones o secuestros con abuso prolongado documentados exhaustivamente por la Comisión Civil— siguen siendo minimizados, negados o directamente ignorados por buena parte de esa misma izquierda militante.
El contraste es brutal. Mientras se catalogan con detalle espeluznante las atrocidades cometidas por Hamás, con crímenes que incluyen violaciones colectivas y torturas sexuales como arma de guerra, ciertas activistas barcelonesas reservan su indignación para un colgante. La misma ideología que ve opresión en un símbolo judío no encuentra espacio en su imaginario para las mujeres israelíes arrastradas, violadas y exhibidas el 7 de octubre. La solidaridad feminista, al parecer, tiene fronteras étnicas muy precisas. Este incidente no es aislado. Es un síntoma de una deriva más profunda. El antisemitismo contemporáneo ha encontrado en la izquierda descolonial un vehículo inesperadamente cómodo. Ya no hace falta quemar sinagogas (aunque también ocurre); basta con normalizar la exclusión de judíos de espacios progresistas, equiparar a Israel con el nazismo y tratar el sionismo (el movimiento de autodeterminación judío) como pecado original. Los documentos confiscados a Hamás revelan que el 7 de octubre no fue un arrebato, sino la fase inicial de un plan más amplio para eliminar a Israel.
En este contexto, el veto en la sauna adquiere un significado ominoso. No es mera descortesía; es la aplicación práctica de una ideología que deshumaniza al judío. Primero se le despoja de su derecho a llevar sus símbolos sin ser interrogado. Luego se le exige lealtad política para acceder a espacios públicos. Mañana, ¿quién sabe? La historia enseña que los pogromos ideológicos comienzan con pequeños vetos y terminan en algo mucho peor. La respuesta de la sauna Thermas fue correcta: condenar el antisemitismo y prohibir futuros eventos del colectivo organizador. Pero el problema no se resuelve con un comunicado. Está enquistado en universidades, ONGs, redes sociales y parte de nuestra cultura política. Y hay que tener valentía intelectual para llamar antisemitismo al antisemitismo, aunque venga disfrazado de arcoíris. También para recordar que los judíos no necesitan permiso moral de nadie para existir como pueblo, con sus símbolos y su Estado.
Mientras tanto, en Barcelona, la Estrella de David, símbolo de supervivencia tras milenios de persecuciones, molesta en una sauna queer. Sería cómico si no fuera trágico. Revela hasta qué punto ciertos sectores han sustituido la lucha contra la discriminación real por un puritanismo identitario selectivo. Y mientras debaten si un colgante es admisible, los testimonios del 7 de octubre siguen clamando en el vacío de su indiferencia. La sociedad que tolera esto sin alarmarse está más enferma de lo que cree. El antisemitismo no es un vicio menor; es el termómetro de la salud moral de una cultura. Y el termómetro, en Barcelona y en muchos lugares, marca una fiebre preocupante.
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