Arnaldo Otegi, el que faltaba
“El día que apareció Miguel Angel Blanco muerto, yo estaba en la playa de Zarautz. Me pillo allí con mi familia” Estas palabras de Arnaldo Otegi al periodista Jordi Évole son el ejemplo más palpable de la catadura moral del personaje. Miguel Ángel Blanco no apareció muerto, fue torturado y ejecutado por ETA. Tampoco fue sorpresa el momento del hallazgo del cadáver, los etarras habían dado un plazo, como chantaje al Estado, que cumplieron escrupulosamente. Es cierto que Otegi, en esa entrevista, también describe aquello como “una catástrofe humana, social y política”. ¿Qué hacía él mientras esa catástrofe se producía? Nada, disfrutar del mar, de la playa y de los suyos.
Desde ciertos sectores se ha tratado de dibujar a Otegi como una de las personas que más ha hecho por el fin del terrorismo. De ahí que sujetos como Pablo Iglesias hayan cometido la infamia de calificarlo como un “hombre de paz”. Otegui ha pasado en innumerables ocasiones por la cárcel, por enaltecimiento del terrorismo y por secuestro. Se demostró su participación en el comando que secuestró a Luis Abaitua y, en otros tres -el de Javier Rupérez, Gabriel Cisneros y Javier Artiach-, no pudieron identificarle. Blanqueador parlamentario de los asesinatos más viles, no ha condenado nunca (ni condenará) el terror etarra.
Decir que el final de ETA llega gracias, entre otros, a este personaje es absurdo. El ataque terrorista del 11 de septiembre contra el World Trade Center puso el punto y final a muchas cosas. Hasta ese momento, en el ámbito internacional, había terroristas y semiterroristas, asesinos y libertadores –acuérdense del Movimiento Vasco de Liberación-, pero el ataque a las Torres Gemelas zanjó ese perverso trazo fino. Ya no se podía poner un coche bomba y hacer saltar por los aires los cuerpos sin vida de gente inocente sin que el mundo entero convulsionase. Ahí acaba ETA. Una banda terrorista que además estaba muy debilitada por la lucha de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, de los tribunales de Justicia y, sobre todo, gracias a la generosidad de las víctimas. Y, por lo que respecta a sus anhelos políticos, la vía catalana ya había ganado mucha fuerza.
A toda persona de bien, la visión de Otegui sentado en un escaño le revuelve el estómago, pero eso es el Estado de Derecho y la democracia. Ahora bien, que el presidente del gobierno y sus acólitos mendiguen el voto de los herederos políticos de ETA en la Diputación Permanente es demasiado hasta para Pedro Sánchez. Y ver a Otegi jactarse de ello, humillante para todos los españoles. Pedro Sánchez no tiene escrúpulos, ¿cuántas ignominias más engrosarán su campaña?
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