Zapatero: de leonés a leonés
Zapatero vuelve. Siempre vuelve. Como vuelven las derrotas mal cerradas, como el humo frío de los ministerios vacíos, como esa izquierda de moqueta y canapé que confundió la Historia con una rueda de prensa. Y ahora vuelve, no en un Falcon ni en una cumbre bolivariana, sino entre autos judiciales, registros de la UCO y despachos abiertos por la Guardia Civil a pocos metros de Ferraz, esa sede socialista que ya parece más un decorado de serie negra que una casa del pueblo.
Pero quiero hablar de Zapatero, al que, como leonés que soy, conocí —claro está— en León, cuando no era más que un secretario provincial del PSOE, un hombre que aún no había gobernado nada ni manejado un solo presupuesto, y que terminó administrando el dinero y el destino de todos los españoles. Esta semana viajaba para participar en un foro internacional en un viaje de prensa cuando un compañero, sabedor de mi leonesismo, dio de lleno con el titular de esta columna. Me dijo, entre cafés y aeropuertos: «Esta semana la tienes hecha. Zapatero: de leonés a leonés». Y ahí apareció, limpia y exacta, la idea. Porque quienes somos de esa tierra nos duele que quien tan poco hizo por ella termine proyectando ahora tanta sombra sobre su nombre. Ya se verá si algún día hay sentencia o no, hasta dónde llega todo esto o si queda en humo político y judicial. Así que, gracias por el titular, compañero y buen amigo.
La ironía tiene estas cosas: el hombre que llegó al poder entre las sombras del 11-M y gobernó España como quien preside un seminario de autoayuda termina siendo el primer expresidente imputado por presuntos casos de corrupción. Y no por una multa de tráfico ni por un primo en un ayuntamiento remoto. No. Según las informaciones publicadas estos días, la Audiencia Nacional le atribuye presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias, falsedad documental y blanqueo de capitales en el llamado caso Plus Ultra. Cuatro delitos. Cuatro estaciones de un viacrucis político que está bajo investigación.
La UCO ha registrado su despacho, sociedades vinculadas a su entorno y empresas relacionadas con sus hijas. Todo muy familiar, muy doméstico, muy progresista de salón. A unos pasos de Ferraz. Esa misma Ferraz donde durante años se repartieron cargos, consignas y lecciones morales a media España mientras los ciudadanos normales hacían cuentas para pagar la hipoteca y llenar el depósito.
Zapatero fue siempre un político de niebla. Nunca explicó nada del todo porque gobernaba desde la vaguedad sonriente, desde el talante como anestesia nacional. Negó la crisis económica mientras España se hundía en el paro y en el ladrillo podrido. Aquel presidente que decía que teníamos «el sistema financiero más sólido del mundo» y de «brotes verdes» dejó un país casi intervenido, arruinado y anestesiado con el famoso Plan E, aquella lluvia obscena de millones públicos convertidos en parques absurdos, aceras levantadas y rotondas metafísicas para alcaldes sin imaginación.
Resucitó además la Guerra Civil desde el BOE, removiendo huesos y trincheras porque la izquierda española necesita muertos para sobrevivir políticamente. España llevaba décadas intentando cerrar aquella herida y llegó él, con su sectarismo sonriente, para convertir el pasado en una máquina electoral.
Y mientras tanto, el leonesismo sentimental. El hombre criado entre cuencas mineras, conocedor de la importancia estratégica del carbón, fue también quien aceleró el cierre de minas y enterró buena parte de la soberanía energética española en nombre de una modernidad de PowerPoint. Hoy Europa redescubre la importancia de la autonomía energética mientras España importa dependencia. Todavía recuerdo cuando se levantaban contra él sus compañeros de partido en la cuenca de Villablino y cortaba cabezas sin perdón, o cuando llevaba a Alfonso Guerra a la explanada de Rodiezmo –Villamanín– en el inicio del curso político del año, para más bien, hacer reír a los mineros de León y Asturias con su sátira y él sólo sonreía, como siempre.
Luego vino su romance con los regímenes bolivarianos. Venezuela. Siempre Venezuela. Zapatero aparecía allí como un observador internacional de una democracia imaginaria, certificando elecciones imposibles en un país donde votar se parece más a sobrevivir que a elegir. Uno nunca supo cuántas urnas vio realmente el expresidente español ni cuántas libertades dejó de mirar para no incomodar a sus amigos caribeños. Ahora, sigue la necesidad y no hay medicamentos, expresidente. Desde España los envían, cómo y cuándo pueden, familiares heridos por la impotencia, señor Zapatero. Y ahí no acaba todo; ahora Pedro Sánchez, por cierto, ha cerrado la vía rápida para que los venezolanos puedan regularizarse por el procedimiento exprés a partir de junio.
Pero volviendo al caso, Plus Ultra y las conexiones venezolanas amenazan con convertir aquellas amistades ideológicas en problemas judiciales muy serios. Qué extraño destino el de cierta izquierda española: empieza cantando La Internacional y acaba explicando transferencias, consultorías y sociedades opacas.
Y, sin embargo, nada de esto nace de la nada. Zapatero fue el arquitecto emocional del sanchismo antes de Sánchez. Negoció con ETA, abrió la puerta al chantaje territorial y legitimó una política basada en pactar con quienes quieren destruir el Estado desde dentro. Los mismos socios que hoy sostienen a Pedro Sánchez son herederos directos de aquella España líquida y culpable diseñada por él.
Hay políticos que dejan leyes. Otros dejan monumentos. Zapatero deja sumarios, fracturas y una extraña sensación de karma histórico. Porque quizá el problema nunca fue sólo lo que hizo, sino la superioridad moral con la que lo hizo. Esa sonrisa permanente de quien se creía moralmente invulnerable mientras deshacía el país pieza a pieza.
Dicen que el karma no existe. Pero si uno mira la foto de la UCO entrando en un despacho a metros de Ferraz mientras el viejo gurú del progresismo televisivo intenta explicar Plus Ultra y Venezuela, cuesta no pensar que la Historia, a veces, también escribe columnas satíricas.