No es sólo por democracia y derechos: en Irán también protestan por razones ambientales
Buena parte del terreno de Irán se está hundiendo progresivamente
El país persa se enfrenta a una dura sequía
Más de la mitad de las enfermedades que sufre la población de Irán son atribuibles a riesgos ambientales
Las protestas que están sacudiendo Irán estos días suelen explicarse en clave política: represión, falta de libertades, corrupción galopante, desigualdades sociales… Ese marco es real, pero incompleto. Existe otro factor estructural que atraviesa el país desde hace años y que tiene que ver con una severa crisis ambiental.
Como resultado de la misma han aparecido problemas que amenazan a millones de personas, como la escasez de agua, el hundimiento del terreno o una contaminación atmosférica totalmente descontrolada. Este profundo deterioro del entorno actúa como un potente amplificador del malestar social reinante en el país persa.
La situación que vive la república islámica también es un claro aviso para navegantes: Irán lleva décadas priorizando sus intereses geopolíticos e ideológicos mientras ignora las señales de alerta que le está lanzando su propia tierra. Ningún país que actúe de esta manera puede aspirar a la estabilidad ni a la prosperidad sin pagar antes un precio demasiado elevado.
Hundimiento
Irán se hunde no sólo políticamente, sino también geológicamente. Este hundimiento del país es resultado de una gestión hídrica puesta al servicio de una expansión agrícola desbocada que amenaza con dejar a la población sin agua.
Según Fanack Water, plataforma independiente especializada en recursos hídricos en Oriente Medio y Norte de África, «se estima que el país extrae 57.000 millones de metros cúbicos al año, casi el 9% del total mundial. Décadas de sobreexplotación han llevado a más de 300 de los 609 acuíferos de Irán a una situación crítica. En Teherán, los embalses están casi vacíos y la capital se enfrenta a un posible racionamiento en los próximos meses».
Grietas y daños críticos
El vaciamiento de los acuíferos es el responsable de esta tasa de hundimiento del terreno que en algunos lugares llega hasta los 30 centímetros por año, fenómeno que está provocando el agrietamiento de viviendas y daños críticos en vías férreas, carreteras y aeropuertos.
El problema afecta actualmente a unas 14 millones de personas, que suponen más de una quinta parte de la población. La situación es preocupante hasta el punto de que ya se está empezando a hablar de trasladar la capital desde Teherán hacia la región costera de Makram.
Sequía y cambio climático
Pero la falta de agua no es únicamente consecuencia del bombeo excesivo del recurso. El cambio climático también está impactando con fuerza sobre Irán, y una de sus manifestaciones más visibles es la drástica reducción de las precipitaciones.
Durante 2025, las lluvias se redujeron un 96% en comparación con el año anterior, dando lugar a una situación que ya se está definiendo como bancarrota hídrica.
Paralelamente, las temperaturas están alcanzando valores extremos en una región que de por sí registra veranos muy severos, lo que intensifica la evaporación y reduce la disponibilidad real de agua tanto superficial como subterránea.
Temperaturas récord
El 29 de agosto de 2024, una estación meteorológica cercana al aeropuerto de Qeshm Dayrestan, en el sur del país, registró 82,2 °C, una cifra que, de ser cierta —su validez sigue siendo objeto de debate científico— supondría el índice de temperatura más alto jamás documentado.
Más allá de este asombroso registro, los análisis coinciden en una tendencia clara: la región del Mediterráneo oriental y Oriente Medio se está calentando casi el doble de rápido que la media mundial, según el espacio de divulgación científica Global Climate Risks.
Esta combinación de explotación sistemática de los acuíferos, desplome de las precipitaciones y episodios de calor extremo cada vez más frecuentes acelera la pérdida de agua disponible, reduce la capacidad de recarga natural, degrada los suelos y compromete tanto el abastecimiento urbano como la viabilidad de amplias zonas agrícolas, sometidas a un estrés hídrico permanente.
Contaminación atmosférica
La contaminación atmosférica es otro de los elementos clave de este cóctel de daños ambientales al que se enfrenta cotidianamente Irán.
La falta de modernización del sistema energético y las decisiones en materia de combustibles han llevado a un uso creciente de fuel pesado y mazut —un residuo del refinado del petróleo especialmente denso y contaminante— en centrales eléctricas, lo que incrementa de forma notable las emisiones de dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno y partículas finas.
Tráfico y enfermedades
A este problema se suman las emisiones del tráfico —en un país con un parque automovilístico numeroso y envejecido, con abundancia de vehículos diésel antiguos— así como las procedentes de instalaciones industriales situadas en áreas metropolitanas.
El escenario se completa con las frecuentes tormentas de polvo procedentes de regiones desérticas, que están ganando extensión en un territorio progresivamente más árido y degradado.
Como resultado de todo lo anterior, «la República Islámica de Irán enfrenta graves problemas en cuanto a la calidad del aire», asegura la Organización Mundial de la Salud (OMS). «Aproximadamente el 11% de todas las muertes y el 52% de la carga total de enfermedades en el país son atribuibles a factores de riesgo ambientales”, añade el mismo organismo.
Desestabilización
La crisis ambiental iraní muestra hasta qué punto la degradación del territorio puede contribuir a la desestabilización. La escasez de agua, el hundimiento del suelo, la sequía prolongada y la contaminación del aire no actúan de forma independiente: se refuerzan entre sí y afectan de manera directa a la economía, la salud pública y la cohesión social.
Las protestas que recorren el país no pueden desligarse de esta realidad. Cuando el acceso al agua se vuelve incierto, el aire deja de ser respirable y el territorio pierde su capacidad de sostener la vida, el descontento encuentra nuevas razones para emerger.
En Irán, la crisis ambiental no es sólo una consecuencia del modelo actual: es también uno de los factores que están acelerando su colapso.
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