El bulo de que el agua de los ríos «se tira» al mar: la pérdida de arena en las playas lo deja claro
La alcaldesa de Almería anuncia que va a solicitar un aporte extraordinario de arena
Andalucía perderá decenas de metros de playa en las próximas décadas
Los ríos transportan arena hasta las playas cuando desembocan en el mar
Los temporales de este invierno han supuesto un duro golpe para las playas de la ciudad de Almería. Hasta el punto de que la alcaldesa de la capital almeriense, María del Mar Vázquez, ha anunciado su intención de solicitar a la Dirección General de la Costa y el Mar aportes extraordinarios de arena.
La primera edil considera que es una medida necesaria a «escasas semanas» de la Semana Santa, momento en el que se espera una importante llegada de turistas nacionales y extranjeros. «Es verdad que normalmente no lo hacen, pero nosotros tenemos que seguir insistiendo porque es fundamental para Almería», recalca la regidora.
Entre las playas más afectadas se encuentran las de El Zapillo y Costacabana, dos de los espacios litorales más emblemáticos de Almería, caracterizados por una intensa actividad hostelera, residencial y de ocio.
Regresión de las playas
Pero hay que aclarar que lo ocurrido este invierno no es un episodio aislado. La regresión que están experimentando las playas en buena parte del litoral español es un fenómeno documentado desde hace décadas, y Andalucía es un claro ejemplo.
De hecho, según un estudio encargado por la Consejería regional de Sostenibilidad y Medio Ambiente, se pronostica una pérdida «de entre 5 y 25 metros de playa seca en el litoral andaluz de aquí al año 2050, siendo la Costa del Sol el tramo más afectado. A medida que se avanza en el tiempo, y en función del tipo de playa y su composición sedimentaria, este retroceso puede intensificarse de manera notable».
Ello es debido a varios factores, entre los que destaca el cambio climático. La subida progresiva del nivel del mar incrementa la vulnerabilidad del litoral, mientras que el aumento de la energía en el sistema atmosférico y oceánico favorece temporales más intensos. A ello se suma la ocupación histórica del frente costero y la construcción de infraestructuras que han alterado la dinámica natural de las playas.
Aporte de sedimentos
Otra de las causas principales de la pérdida de arena es la disminución del aporte de sedimentos que llega al mar procedente de la erosión natural en montañas y cuencas fluviales. Dichos sedimentos son transportados por ríos y ramblas hasta su desembocadura.
Cuando ese flujo sólido se reduce —por regulación de ríos, embalses o retenciones aguas arriba— el litoral pierde capacidad de reposición natural.
Comprender este fenómeno sirve para entender por qué están tan equivocados todos esos mensajes en redes sociales que califican como «desperdicio» el agua que los ríos «tiran al mar» y que defienden que el caudal debería almacenarse para consumo o regadío.
Desembocadura en el mar
Pero, como aprendimos de niños en la escuela, el agua que desemboca en el mar cumple funciones fundamentales. Además de transportar los sedimentos que terminan formando y regenerando la arena de las playas, ayuda a frenar la intrusión salina en los acuíferos costeros, algo especialmente relevante en zonas áridas como el sureste peninsular.
Ese empuje de agua dulce mantiene el equilibrio físico del litoral y protege recursos hídricos subterráneos de los que dependen municipios y cultivos.
Al mismo tiempo, los ríos liberan nutrientes y materia orgánica que sostienen la vida marina en estuarios y zonas costeras, base de cadenas tróficas complejas y de buena parte de la biodiversidad litoral.
Ciclo hidrológico
Ese movimiento sostiene además el ciclo hidrológico, un proceso continuo y dinámico. El agua que desemboca en el océano se evapora por efecto del sol, asciende a la atmósfera, se condensa formando nubes y, cuando las condiciones son las adecuadas, regresa en forma de lluvia o nieve sobre continentes y montañas.
Esas precipitaciones recargan acuíferos, alimentan manantiales y vuelven a dar origen a ríos y ramblas que terminan otra vez en el mar. Interrumpir ese flujo no sólo altera playas y costas, sino que también significa interferir en un sistema natural interconectado que regula el clima y sostiene la disponibilidad de agua dulce.
Todo esto no significa que los ríos deban considerarse intocables ni que los embalses carezcan de utilidad. Al contrario, desempeñan funciones clave: regulan caudales, garantizan el suministro en periodos de sequía y, ante lluvias intensas, ayudan a amortiguar avenidas y reducir riesgos. Pero esa gestión debe hacerse sin perder de vista el equilibrio del sistema en su conjunto.
Desequilibrio estructural
La solicitud de aportes extraordinarios de arena planteada por la alcaldesa almeriense puede ayudar a la ciudad a salvar la temporada turística en el corto plazo. Sin embargo, los organismos técnicos también advierten de que estas intervenciones no corrigen el desequilibrio estructural del sistema.
El propio IPCC —organismo científico de Naciones Unidas especializado en cambio climático— subraya que la elevación progresiva del nivel del mar va a intensificar la erosión, provocando que las soluciones basadas exclusivamente en la reposición periódica de arena sean cada vez menos eficaces y más costosas.
Coste económico
Esta última cuestión del coste económico es especialmente crítica. Las regeneraciones de playas implican dragados marinos, transporte de millones de metros cúbicos de arena y maquinaria pesada trabajando durante semanas.
Todos estos trabajos requieren inversiones con presupuestos millonarios. Por ejemplo, en el año 2022, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) aprobó un proyecto valorado en 1.150 millones de euros para regenerar 16 playas de la Comunidad Valenciana.
En otras palabras, aportar arena puede ser una medida inevitable frente a la inminencia de la temporada turística, pero es costosa y compleja técnicamente y no sustituye la necesidad de abordar las causas profundas del problema: la alteración de la dinámica sedimentaria, la sobreexplotación económica del litoral y el agravamiento de la emergencia climática.
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