Hez de paloma en el regidor

La paloma que defecó en Almeida revive la ordenanza municipal: multa de 1.500 euros por alimentarlas

El alcalde de Madrid pide, tras el "incidente", que no se dé de comer a las palomas

Las palomas son portadoras de más de 40 enfermedades transmisibles, entre ellas la psitacosis, la salmonelosis, la histoplasmosis y la criptococosis

  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, aprovechó este jueves la rueda de prensa posterior a la Junta de Gobierno —celebrada en el distrito de Vicálvaro— para recordar a los madrileños que dar de comer a las palomas no sólo está prohibido, y revive en la ciudadanía la ordenanza municipal que establece que puede acarrear una multa de hasta 1.500 euros.

El aviso llegó un día después de que el propio Almeida sufriera en primera persona el efecto más inmediato de la alta concentración de estas aves en la capital.

El miércoles, durante un acto en homenaje a los periodistas fallecidos en defensa de la libertad de expresión, una paloma sobrevoló al regidor en pleno discurso y le dejó su huella en la cabeza recién pasada por la peluquería. «No podía pasar otra cosa que una paloma tuviera la feliz ocurrencia en este momento de aterrizar sobre el corte de pelo que me hice ayer, además», dijo entre risas. Lejos de contrariarse, convirtió el incidente en broma: «Dicen que esto trae buena suerte.»

Multa de hasta 1.500 euros

El incidente de Almeida revive así la ordenanza municipal de Madrid que prohíbe expresamente alimentar a las palomas en la vía pública, parques y jardines, e incluso de forma indirecta cuando se depositan restos de comida en balcones, terrazas o tejados.

Las sanciones por infringir esta norma se sitúan habitualmente en torno a los 1.500 euros, cantidad que puede aumentar en caso de reincidencia o conducta reiterada. La prohibición persigue controlar la proliferación de estas aves y evitar los problemas de insalubridad y los daños que generan en los edificios.

Almeida fue claro en su mensaje: «Está prohibido dar de comer a las palomas.» Y añadió que, pese a que muchos vecinos lo hacen «de manera bien intencionada», la consecuencia directa de ese gesto es la creación de focos de alta concentración en determinadas plazas y barrios. Madrid Salud, el organismo municipal de salud pública, descartó que exista una plaga generalizada en la ciudad, aunque sí identificó puntos críticos relacionados con la alimentación humana.

Sin plaga, pero con focos

El regidor madrileño resumió la situación con su característica ironía: «Todos sabemos el efecto corrosivo que tienen las palomas, yo el primero». La frase, arrancada entre risas en la rueda de prensa, encierra un problema real que va mucho más allá de los trajes manchados o los cortes de pelo arruinados. La alta densidad de palomas en determinadas zonas urbanas arrastra consecuencias sanitarias y patrimoniales de primer orden.

Sus excrementos contienen nitratos, sulfatos y ácido úrico —compuestos altamente corrosivos— que deterioran fachadas, cornisas, mobiliario urbano y estructuras metálicas.

La piedra caliza, el hormigón y la pintura de edificios históricos son especialmente vulnerables, y la degradación puede ser progresiva e irreversible si no se actúa a tiempo. La mezcla de heces con humedad ambiental favorece el crecimiento de hongos y bacterias que aceleran el deterioro de los revestimientos.

Riesgo sanitario y material

Las palomas son portadoras de más de 40 enfermedades transmisibles, entre ellas la psitacosis, la salmonelosis, la histoplasmosis y la criptococosis. La inhalación del polvo procedente de sus excrementos secos es uno de los principales vectores de contagio, especialmente para personas con afecciones respiratorias o sistemas inmunitarios debilitados.

A estos riesgos se suma la atracción de otras plagas: la presencia masiva de estas aves favorece la proliferación de ratas y cucarachas en las zonas donde se acumula el alimento que los ciudadanos les ofrecen.

Sus nidos, habituales en cornisas, canalones y conductos de ventilación, obstruyen desagües y provocan filtraciones. Los costes de limpieza y reparación de las áreas afectadas son elevados para ayuntamientos y comunidades de vecinos, y se multiplican cuando el problema no se ataja de forma temprana. Las aceras y zonas peatonales salpicadas de heces representan, además, un riesgo físico inmediato por el peligro de resbalones.

El pan, el principal culpable

La experiencia de otras ciudades europeas confirma que reducir el suministro de alimento es la medida más eficaz para controlar las poblaciones de palomas sin recurrir a métodos letales.

Barcelona llegó a contabilizar cerca de 100.000 palomas en su casco urbano antes de implantar un plan que combinaba la restricción de la alimentación con palomares disuasorios y control de la reproducción. Madrid, con focos detectados en plazas y barrios concretos, afronta el mismo desafío.

Una lección con huella

La paloma que el miércoles eligió la cabeza de Almeida como destino final ha puesto, sin pretenderlo, el foco sobre una normativa que muchos madrileños desconocen o ignoran.

Alimentar a las palomas puede salir muy caro —hasta 1.500 euros— y tiene consecuencias colectivas que van desde la degradación del patrimonio hasta los riesgos para la salud pública. El alcalde ya tiene su propia anécdota para ilustrarlo en cualquier rueda de prensa.