Nadie lo esperaba, pero la ciencia encuentra registros químicos en los caparazones de las tortugas marinas
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Las tortugas marinas esconden un secreto bajo sus escamas. Un equipo internacional de investigación ha descubierto que los caparazones de estos reptiles funcionan como auténticas cápsulas del tiempo biológicas.
Estos registros químicos permiten a los científicos reconstruir décadas de historia oceánica, revelando cómo el cambio climático y las perturbaciones ambientales afectan a la salud de estas especies amenazadas de forma totalmente inesperada.
El caparazón de las tortugas se convierte en un archivo histórico del cambio oceánico
La estructura externa de las tortugas, formada por placas endurecidas de queratina llamadas escamas, guarda un registro permanente de su vida. Al igual que ocurre con el cabello o las uñas humanas, este tejido crece de forma continua y acumula información sobre la dieta y el entorno del animal durante su formación.
Bethan Linscott y Amy Wallace, líderes del estudio publicado en la revista Marine Biology, explican que estas placas retienen señales químicas que permanecen inertes con el paso de los años.
Los investigadores analizaron muestras de 24 ejemplares de tortuga boba (Caretta caretta) y tortuga verde (Chelonia mydas) varados en las costas de Florida. Mediante el uso de un torno de precisión, extrajeron capas ultrafinas de apenas 50 micras de espesor.
Cada una de estas secciones representa, de media, un periodo de entre siete y nueve meses en la vida del animal. Este nivel de detalle permite a los científicos observar cambios en la fisiología de la tortuga que hasta ahora resultaban invisibles para los métodos de observación directa en mar abierto.
Cómo almacenan las tortugas marinas la historia del clima en su queratina
Para datar con precisión cada capa, el equipo utilizó una técnica propia de la arqueología: la datación por radiocarbono. En concreto, aprovecharon el denominado «pulso de las bombas» (bomb pulse) derivado de las pruebas nucleares realizadas a mediados del siglo XX.
Este fenómeno generó un pico de carbono-14 en la atmósfera que posteriormente se trasladó a los océanos, sirviendo hoy como un trazador ambiental infalible para validar la edad de tejidos biológicos.
A través de modelos estadísticos bayesianos, el estudio determinó la velocidad exacta de crecimiento de las escamas. Los datos revelan que la formación de queratina no es constante, sino que fluctúa según las condiciones externas.
En las tortugas verdes juveniles, por ejemplo, el crecimiento es significativamente más lento durante su etapa en el océano abierto en comparación con su fase en hábitats costeros, debido probablemente a la menor disponibilidad de nutrientes en alta mar.
El estrés ambiental provocado por las mareas rojas y el sargazo
Uno de los hallazgos más impactantes del estudio es la sincronización de periodos de crecimiento lento en numerosos individuos entre los años 2015 y 2018.
Estas fechas coinciden con eventos ambientales extremos en el Golfo de México y el Atlántico, como las intensas floraciones de algas nocivas conocidas como «mareas rojas» y la llegada masiva de sargazo a las costas.
Las mareas rojas de la bacteria Karenia brevis liberan potentes neurotoxinas que afectan a la capacidad de alimentación y sumersión de las tortugas. Por otro lado, las acumulaciones masivas de sargazo degradan la calidad del agua y crean barreras físicas que impiden el movimiento normal de la fauna.
Los registros químicos en los caparazones muestran que, tras estos episodios de estrés, la mayoría de estos reptiles no recuperaron sus tasas de crecimiento previas, lo que sugiere daños fisiológicos a largo plazo.
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