De “Pedro el guapo” a presidente demacrado: la decadencia de Sánchez seis años después de su investidura
El cambio físico del presidente es hoy la imagen más clara de una legislatura vivida bajo presión
“El rostro sí recuerda el estrés”, advierte el doctor Jesús Esquide
Cuando Pedro Sánchez fue investido presidente del Gobierno, lo hizo envuelto en un aura de cambio y regeneración política. Su acceso al poder se produjo un día después de que, el 1 de junio de 2018, prosperara en el Congreso la moción de censura que desalojó de La Moncloa a Mariano Rajoy, un hecho histórico en la democracia española que proyectó la imagen de un líder firme, seguro de sí mismo y físicamente en plenitud.
Aquel Sánchez ofrecía una estampa muy distinta a la actual. Complexión atlética, rostro terso, mirada firme y una presencia cuidada que reforzaba su perfil político. Era, para muchos, el símbolo de una nueva etapa que aspiraba a dejar atrás los escándalos del pasado y a abrir un tiempo de estabilidad institucional.

Pedro Sánchez, junto al Felipe VI, en el Palacio de la Zarzuela tras su designación como presidente del Gobierno, en junio de 2018. (Foto: Gtres)
Seis años después, la comparación resulta inevitable. El presidente aparece hoy más delgado, con menos pelo, canas visibles, ojeras pronunciadas y un gesto serio que transmite agotamiento. No se trata únicamente del paso del tiempo, sino de un desgaste progresivo que parece ir de la mano de la presión constante inherente al cargo.
Pedro Sánchez y un mandato bajo presión
Desde los primeros meses en el poder, con polémicas tempranas como el uso del Falcon, hasta la convocatoria de elecciones en 2019 tras no lograr aprobar los Presupuestos Generales del Estado, la trayectoria de Pedro ha estado lejos de ser tranquila. A ello se sumó la repetición electoral de noviembre y el giro político que culminó en un Gobierno de coalición con Podemos, pese a haber asegurado durante la campaña que no pactaría porque «no dormiría tranquilo». A partir de ese momento, la legislatura avanzó entre negociaciones extremas, apoyos frágiles y un clima político cada vez más crispado.




Pedro Sánchez, durante la sesión de investidura en el Congreso de los Diputados, en Madrid, el 2 de junio de 2018. (Foto: Gtres)
En paralelo, las causas judiciales que rodean a su partido, a antiguos colaboradores clave -con nombres como Santos Cerdán, José Luis Ábalos y Koldo García, los dos últimos hoy en prisión- y a su entorno familiar, incluida su esposa Begoña Gómez, han añadido una presión constante al presidente. Cada iniciativa legislativa se ha convertido en una carrera de obstáculos y el horizonte político de 2026 se presenta, según reconocen incluso en su propio entorno, como igual o más complejo que los años anteriores.
El estrés del poder y sus efectos visibles en el rostro
Ese contexto de presión política constante, de conflictos encadenados y de desgaste emocional sostenido en el tiempo no solo tiene consecuencias en el plano institucional, sino que, según los expertos, acaba manifestándose de forma clara en el cuerpo y, de manera especialmente visible, en el rostro. El doctor Jesús Esquide, especialista en Medicina Antienvejecimiento de la clínica Longevytum, explica que «las emociones negativas repetidas activan de forma continuada los sistemas de estrés, aumentando la inflamación y la tensión muscular facial, y con el tiempo esa activación deja huella en la piel, el tono muscular y la expresión».




Pedro Sánchez se reúne con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, en Madrid, el miércoles 10 de diciembre de 2025. (Foto: Gtres)
Lejos de tratarse únicamente de una cuestión genética o de descanso, el especialista subraya que «el rostro sí recuerda el estrés y el cansancio acumulados; el sueño y la genética importan, pero el estrés crónico modifica la microcirculación, el colágeno y la expresión facial». Esa huella, añade, suele comenzar por la mirada, porque «la pérdida de brillo en los ojos, los párpados más caídos y la menor movilidad facial suelen ser los primeros signos, antes incluso de que lo reflejen la piel o el gesto general».
Las arrugas y los cambios de expresión tampoco son, según Esquide, un simple efecto del paso del tiempo. «No es un mito que las arrugas de expresión cuenten la historia emocional de una persona”, afirma, ya que «reflejan patrones musculares repetidos, muchos de ellos ligados a emociones mantenidas como la preocupación o la tensión». En este sentido, advierte de que «la preocupación, la tristeza y la ansiedad envejecen más que emociones puntuales intensas, porque permanecen activas durante largos periodos».




Pedro Sánchez, en una de las imágenes más comentadas durante los incendios forestales. (Foto: Redes Sociales)
El adelgazamiento visible en el rostro es otro de los signos más reveladores. Cuando la pérdida de peso se produce por disgustos y no por una dieta consciente, «se pierde grasa facial de forma rápida, disminuye la tonicidad y la piel se ve más apagada; es una perdida de peso asociado a desgaste, no a salud». Esto ocurre, explica el especialista, porque «el rostro tiene una alta vascularización y poca reserva grasa, por lo que los cambios metabólicos y hormonales se manifiestan ahí antes que en otras zonas del cuerpo».




Pedro Sánchez en un acto. (Foto: Gtres)
Además, el cuerpo sometido a una tensión emocional constante paga un precio elevado. «La sobrecarga emocional prolongada eleva el gasto energético basal y favorece el catabolismo, lo que acelera el desgaste físico y facial», señala el experto, quien alerta de señales como el cansancio persistente, la pérdida de masa muscular, las alteraciones del sueño, una mayor fragilidad emocional y un envejecimiento acelerado del aspecto general.