Internacional
Trump en China

Trump y Xi Jinping debaten el futuro decisivo del siglo XXI y dejan a Europa fuera del tablero

Durante décadas, Washington actuó como si el ascenso chino fuera una anomalía temporal

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Esto ya son palabras mayores, un asunto de una seriedad verdaderamente histórica. En la visita a China no hemos visto al Trump fanfarrón y lengüilargo que habla del príncipe saudí Mohammed bin Salmán obligado a «besarle el trasero» y amenaza alegremente con borrar a Irán de la faz de la tierra. Porque Trump puede ver a casi todo el mundo como a sus inferiores, pero no a China. China, entiende, no es meramente un rival; es la potencia emergente frente a la hegemonía menguante norteamericana, una situación que, históricamente, casi siempre ha acabado en tiros.

Y eso se percibía en cada gesto de esta cumbre extraordinaria en Pekín, donde Trump llegó acompañado por un séquito de grandes empresarios norteamericanos —de Elon Musk a Tim Cook o Jensen Huang— para reunirse con Xi Jinping en un momento que ambos países parecen considerar decisivo. Pero, siendo importante la presencia de estos mandarines globales de la industria, el apartado comercial no es el plato fuerte. Lo verdaderamente trascendental que debería salir de esta visita es cómo gestionar la relación entre la potencia dominante del último siglo y la potencia emergente que aspira abiertamente a sustituirla como centro de gravedad del mundo.

Sobrevolando toda la visita aparecía una expresión que obsesiona desde hace años a estrategas y académicos de ambos países: la «trampa de Tucídides». El viejo mecanismo histórico por el cual una potencia emergente y otra dominante terminan chocando de forma casi inevitable. Xi mencionó explícitamente el concepto durante las conversaciones, insistiendo en que China y Estados Unidos deben evitar esa deriva. Y quizá ahí esté la verdadera noticia de esta cumbre: por primera vez, una potencia hegemónica en declive relativo y otra emergente parecen plenamente conscientes del peligro histórico y tratan deliberadamente de evitarlo. La diferencia respecto a otros momentos históricos es que Atenas y Esparta no podían destruir el planeta varias veces.

Durante décadas, Washington actuó como si el ascenso chino fuera una anomalía temporal o una simple etapa previa a la occidentalización definitiva del país. Desde Nixon y Kissinger hasta la entrada china en la OMC, el consenso dominante en Occidente fue que el capitalismo acabaría convirtiendo inevitablemente a China en una democracia liberal homologable a Europa o Estados Unidos, cayendo fatalmente en su órbita.

Pero China nunca tuvo su caída del muro. Al contrario. Pekín observó el colapso soviético como una advertencia, no como un modelo. China utilizó el capitalismo como herramienta nacional sin convertirlo en ideología explícita. Absorbió inversión extranjera, tecnología y acceso a mercados globales mientras mantenía intacto el control político del Partido Comunista. Mientras Europa desmantelaba industria y convertía buena parte de su economía en servicios y burocracia, Pekín construía la mayor maquinaria manufacturera de la historia humana.

Hoy China representa cerca del 30% de toda la producción manufacturera mundial, más que Estados Unidos, Alemania, Japón y Corea del Sur juntos. Controla buena parte del refinado mundial de tierras raras, domina cadenas críticas de suministro y construye barcos a un ritmo que deja a Occidente en cifras casi decorativas. Algunos análisis del propio Pentágono admiten ya que la capacidad industrial naval china supera ampliamente a la norteamericana. Estados Unidos sigue siendo militarmente superior y tecnológicamente formidable, pero ya no puede seguir actuando con China como si fuera poco menos que una subcontrata industrial.

Trump comprendió antes que muchos en Washington este punto. Millones de norteamericanos percibían intuitivamente que la globalización estaba vaciando industrialmente Estados Unidos mientras enriquecía a China. Trump convirtió esa intuición en doctrina política: aranceles, guerra tecnológica, presión sobre las cadenas de suministro y reconstrucción manufacturera.

Pero incluso Trump parece haber comprendido que China ya no es un actor al que se pueda intimidar con gestos teatrales o golpes de efecto mediáticos. Porque China no se achanta ni pierde los nervios. Xi gobierna una civilización-Estado de 1.400 millones de habitantes, potencia nuclear, gigante industrial y aspirante explícito a reorganizar el equilibrio global del siglo XXI. Deng Xiaoping aconsejaba «ocultar capacidades y esperar el momento». Xi actúa como si el momento hubiera llegado.

La presencia de Musk, Cook o Huang añadía además un matiz revelador a la visita. No acompañaban simplemente al presidente de Estados Unidos: representaban sectores enteros de la economía mundial cuya supervivencia depende de algún tipo de entendimiento entre Washington y Pekín. Tesla fabrica en Shanghái buena parte de sus vehículos; Apple sigue dependiendo enormemente de las cadenas industriales chinas; Nvidia necesita navegar cuidadosamente entre las restricciones tecnológicas impuestas por Washington y el gigantesco mercado chino. La guerra fría del siglo XXI no enfrenta dos bloques económicamente separados, sino dos gigantes peligrosamente entrelazados.

Y en el centro de toda esta tensión aparece inevitablemente Taiwán. No solo por razones militares o nacionalistas, sino porque la isla produce más del 60% de los semiconductores avanzados del planeta y más del 90% de los chips más sofisticados, esenciales para inteligencia artificial, telecomunicaciones, armamento y computación avanzada. La cuestión taiwanesa ya no es simplemente un conflicto regional: es uno de los puntos neurálgicos de la economía mundial contemporánea.

Y quizá lo más significativo de toda la visita fuera precisamente el tono. Nadie habló seriamente de democratizar China ni de integrarla plenamente en un orden liberal universal. La conversación parecía moverse ya en otro plano: coexistencia, equilibrio, gestión de rivalidades, delimitación de esferas de influencia. Casi una Yalta comercial y tecnológica.

Mientras tanto, Europa contempla la escena con creciente irrelevancia estratégica. Bruselas regula, legisla y moraliza mientras Washington y Pekín discuten sobre inteligencia artificial, semiconductores, Irán, Taiwán, comercio mundial y control de rutas marítimas. La conversación decisiva del siglo XXI empieza a producirse sin europeos en la sala.

Pero la cuestión central sigue siendo otra: si dos gigantes conscientes del peligro histórico pueden realmente escapar a él.

Porque las transiciones entre potencias dominantes y emergentes rara vez terminaron pacíficamente. La Historia no ofrece demasiados precedentes tranquilizadores. Y quizá por eso resultaba tan llamativo ver a Trump —el político más histriónico y jactancioso que ha producido Estados Unidos en décadas— hablando esta vez casi con cautela. Hasta Trump es capaz de ponerse serio, casi diría que modesto, cuando la Historia deja de ser un reality show.