La Torre de Collserola y su historia
La Torre de Collserola y su historia: por qué se construyó, quién la diseñó y cómo se convirtió en un icono del skyline de Barcelona.
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El edificio más bonito de todo el mundo
Caleido, la séptima torre más alta de España
Si has mirado alguna vez Barcelona desde la distancia seguro que has visto esa silueta fina, altísima, casi como un alfiler clavado en la montaña. Está en el Tibidabo, dominando el perfil de la ciudad con una presencia discreta pero imposible de ignorar. Es la Torre de Collserola.
Lo curioso es que no nació para ser bonita. No nació para ser turística. Ni siquiera nació con intención de convertirse en símbolo. Se construyó por pura necesidad. Pero a veces las cosas hechas por necesidad acaban formando parte de la identidad de un lugar. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Una ciudad que quería cambiarlo todo
A finales de los años 80, Barcelona estaba en plena metamorfosis. No era solo una cuestión de obras y reformas urbanas. Había una sensación colectiva de que la ciudad estaba a punto de dar un salto importante. Los Juegos Olímpicos de 1992 no eran solo deporte; eran una carta de presentación ante el mundo.
Y claro, eso implicaba algo fundamental: comunicación. Televisión. Retransmisiones en directo. Señales limpias, sin interferencias. Millones de personas en todo el planeta mirando hacia Barcelona.
El problema era que las antenas estaban dispersas por diferentes puntos del Tibidabo y alrededores. No era el sistema más eficiente. Y para un evento de esa magnitud, hacía falta algo más serio.
Así surgió la idea: concentrar las telecomunicaciones en una gran torre que garantizara cobertura total. Pero Barcelona no iba a conformarse con una estructura fea y puramente funcional. Si se iba a levantar algo tan visible, tenía que tener personalidad.
El arquitecto que pensó en algo diferente
El proyecto se encargó al arquitecto británico Norman Foster, conocido por su estilo tecnológico y elegante. Foster no propuso un bloque pesado ni una torre maciza. Apostó por algo más ligero, más estilizado, casi minimalista.
La torre alcanza los 288 metros de altura, pero no se siente pesada. Al contrario: parece esbelta, como si flotara ligeramente sobre la montaña. Tiene un mástil central y una plataforma suspendida mediante cables tensores, lo que le da esa imagen tan particular.
Construcción exprés para los Juegos
Las obras comenzaron en 1990. El reloj corría. Todo tenía que estar listo para el verano del 92. La ciudad entera vivía en modo transformación: el litoral se remodelaba, se abrían nuevas avenidas, se rehabilitaban barrios.
En medio de todo eso, la torre iba creciendo en la montaña de Collserola. Al principio, hubo debate. ¿Era buena idea levantar una estructura tan alta en un entorno natural protegido? ¿Rompería el equilibrio visual de la sierra?
Las dudas eran lógicas. Collserola es el pulmón verde de Barcelona. Pero también es cierto que la alternativa era mantener múltiples antenas dispersas. Centralizar en una sola estructura reducía el impacto acumulado.
Cuando finalmente se inauguró, justo antes de los Juegos Olímpicos, cumplió su función sin hacer ruido. Las retransmisiones funcionaron. El mundo vio Barcelona. Y la torre, sin buscar protagonismo, hizo su trabajo.
De antena técnica a icono inesperado
Lo interesante vino después. Una vez pasado el frenesí olímpico, la Torre de Collserola no desapareció del imaginario. Al contrario, empezó a formar parte del paisaje cotidiano.
Barcelona no es una ciudad de rascacielos extremos. Su perfil combina mar, montaña y arquitectura histórica. En ese contexto, la torre introdujo una nota contemporánea muy marcada.
Desde la distancia, sobre todo al atardecer, su silueta se recorta contra el cielo con una elegancia casi silenciosa. No compite con la Sagrada Familia. No intenta eclipsar nada. Simplemente está ahí.
Subir y ver Barcelona desde otra perspectiva
Quizá no todo el mundo lo sabe, pero la torre tiene un mirador público. No es una atracción masiva ni un lugar abarrotado. Es más bien una experiencia tranquila.
Subir hasta allí arriba cambia la manera en que percibes la ciudad. Desde esa altura, el trazado cuadriculado del Eixample parece un dibujo perfecto. El mar se extiende como una línea azul infinita. Los barrios se conectan como piezas de un puzle urbano.
Hay algo casi meditativo en esa vista. No es solo “qué bonito”. Es entender la escala de Barcelona. Y es curioso pensar que una infraestructura técnica pueda regalar uno de los mejores miradores de la ciudad.
Parte del ADN visual de Barcelona
Con el paso de los años, la torre dejó de ser “la antena nueva” para convertirse simplemente en “la torre”. Está en fotografías panorámicas, en fondos de pantalla, en recuerdos de quien sube al Tibidabo.
Por la noche, iluminada de manera discreta, adquiere una presencia casi poética. No necesita colores estridentes. Su forma habla por sí sola.
Hoy resulta difícil imaginar el perfil del Tibidabo sin esa aguja apuntando al cielo.
Más que telecomunicaciones
Sí, su función principal sigue siendo transmitir señales de radio y televisión. Sigue siendo una pieza esencial en la infraestructura de comunicaciones del área metropolitana. Pero también representa algo más profundo: un momento en que Barcelona decidió reinventarse.
Los Juegos Olímpicos fueron el catalizador, pero la transformación fue más amplia. La ciudad apostó por la arquitectura como declaración de intenciones. La Torre de Collserola forma parte de ese relato.
No es monumental en el sentido clásico. No tiene esculturas ni ornamentación. Su belleza está en la simplicidad y en la coherencia.
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