Una parte del barcelonismo de redes ha recibido con un entusiasmo desmedido e incomprensible la noticia de que José María Enríquez Negreira podría librarse de ser juzgado debido a su deterioro cognitivo. Sin embargo, este escenario médico, lejos de suponer un salvavidas legal o un archivo automático de la causa para el Fútbol Club Barcelona, deja al club catalán en una situación procesal idéntica y sin la posibilidad de cambiar la versión que el ex vicepresidente de los árbitros ofreció a la Agencia Tributaria.
Según un informe médico forense del Instituto de Medicina Forense de Barcelona, los especialistas concluyen que el ex colegiado no presenta actualmente las capacidades volitivas y cognitivas necesarias para comprender el alcance del procedimiento judicial. El empeoramiento es evidente respecto a la exploración realizada en enero de 2024, determinando que padece un deterioro mayor de tipo mixto vascular subcortical, traumatismo craneoencefálico y una posible enfermedad de Alzheimer.
Ante esta realidad médica, la jueza Alejandra Gil, deberá decidir si acuerda el sobreseimiento de la causa por razones de salud. Ahora bien, es fundamental matizar lo que esto significa jurídicamente: el archivo se produciría única y exclusivamente para Enríquez Negreira. En absoluto implica el carpetazo del caso para el resto de los investigados. La actividad del Fútbol Club Barcelona, los pagos millonarios sostenidos en el tiempo y la presunta alteración de la neutralidad deportiva siguen siendo exactamente los mismos, con la diferencia de que la entidad azulgrana sí mantiene intacta su capacidad jurídica para defenderse, ser procesada y, llegado el caso, ser juzgada.
Existe un sector del entorno culé que ha interpretado esta noticia como una victoria, una suerte de amnistía encubierta, lo cual carece por completo de rigor legal. De hecho, si analizamos la estrategia de defensa con cierta perspectiva, la incapacidad de Negreira despoja al Barcelona de un arma que podría haber sido valiosa: la oportunidad de que el ex vicepresidente matizara o cambiara su versión en sede judicial.
Honestamente creo que habría servido de poco, pero podría embarrarse algo más el terreno de juego judicial. No olvidemos que las únicas manifestaciones que constan de Negreira son las que prestó ante la Inspección de Hacienda en el año 2022. El ex árbitro manifestó que él entendía que los pagos del Barcelona se producían para asegurar que no se produjeran decisiones en contra de el Barcelona, que todo fuese neutral. Asimismo, reconoció que participaba en la evaluación de los colegiados y que no existían informes escritos que justificaran semejantes desembolsos económicos. Esas declaraciones previas, junto a pruebas documentales tan demoledoras como los burofaxes, seguirán teniendo el peso que los jueces instructores y los futuros tribunales determinen, sin opción alguna de rectificación.
Más allá del estricto análisis técnico y penal, conviene plantear una reflexión de índole moral y ética. Resulta llamativo que la hipotética salvación de un club histórico pretenda fundamentarse, por parte de una parte de su afición, en la incapacidad mental de uno de los principales investigados. Si yo fuera aficionado del Barcelona y creyera firmemente en la limpieza de mi institución, aspiraría a que el club demostrara su inocencia mediante argumentos sólidos en un juicio oral, desmontando las tesis de la acusación. Celebrar que la causa pueda diluirse por los problemas de salud de un anciano no parece un motivo de orgullo ni de satisfacción, sino más bien la constatación de un profundo temor a la verdad judicial. El proceso contra el club, contra los expresidentes y dirigentes investigados y contra el propio hijo de Negreira continuará su curso inevitable de instrucción.