La psicología lo avala: las personas que lloran en una discusión no son más sensibles que el resto, sólo activan un mecanismo de defensa
El cuerpo responde de manera automática frente a la discusión y por eso algunas personas lloran
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Cuando se produce una discusión, esta no siempre termina como uno espera, ya que a veces en mitad de esa conversación tensa puede que alguien se ponga a llorar. Esas lágrimas no son de tristeza, aunque en parte pueden serlo, sino que en realidad, la psicología ha explicado que se deben a una respuesta automática del cuerpo, ya que se activa un mecanismo de defensa.
Visto desde fuera resulta fácil interpretar que el llanto de una persona en mitad de una discusión, puede ser una señal de fragilidad, que esa persona es más sensible o que las palabras del otro le han afectado especialmente. Esa asociación, sin embargo, deja fuera una parte importante de lo que sucede en esos momentos: mientras discutimos, el cuerpo también está reaccionando. Debemos entender que el llanto no sólo se reserva a la tristeza, sino que podemos llorar también de alegría, de impotencia, o cuando se produce demasiada tensión y estrés.
La psicología explica que las personas que lloran en una discusión activan un mecanismo de defensa
Aunque una discusión se produzca hablando, sus efectos no se quedan únicamente en las palabras. A medida que aumenta la tensión también pueden aparecer cambios físicos: el corazón late más deprisa, los músculos se tensan, cambia la forma de respirar y mantener la claridad necesaria para ordenar lo que queremos decir puede resultar más difícil. El organismo ha entrado en un estado de alerta ante una situación que percibe como problemática, aunque sepamos perfectamente que no existe un peligro físico. Un enfrentamiento con la pareja, una discusión familiar o una conversación complicada en el trabajo pueden ser suficientes para provocar esa reacción.
Las lágrimas pueden formar parte de esa respuesta cuando la carga emocional aumenta. No es necesario estar triste para que ocurra ni todas las personas reaccionan de la misma manera. En un momento de rabia o frustración, por ejemplo, alguien puede notar que empieza a llorar precisamente cuando más firme quiere mostrarse. Intentará respirar, continuar hablando o disimularlo para que el otro no interprete las lágrimas de una forma equivocada, pero no siempre conseguirá detenerlas. Esa dificultad para frenarlas es precisamente una de las razones por las que no conviene entender el llanto como una conducta elegida o como una prueba de que se ha perdido por completo el control.
Llorar no significa que una persona sea más sensible
Dos personas pueden participar en la misma discusión y mostrar reacciones completamente diferentes. Una rompe a llorar mientras la otra permanece aparentemente tranquila; alguien puede necesitar guardar silencio y otra persona preferir salir de la habitación durante unos minutos. También es posible que el nerviosismo se manifieste hablando más deprisa, elevando el tono de voz o teniendo dificultades para encontrar las palabras adecuadas. Ninguna de estas respuestas permite saber, por sí sola, quién está viviendo el conflicto con mayor intensidad.
El problema surge cuando las lágrimas se interpretan automáticamente como tristeza y ésta, a su vez, como fragilidad. El llanto puede aparecer asociado a emociones muy distintas y una discusión es precisamente uno de esos momentos en los que resulta fácil pasar del enfado a la impotencia o acumular varias sensaciones al mismo tiempo. Por eso, que alguien llore no significa necesariamente que sea más sensible que quien consigue mantener la compostura. Puede tratarse simplemente de una manera diferente de responder ante el estrés y de liberar parte de la tensión que se ha ido acumulando durante el enfrentamiento.
Por qué cuesta tanto contener las lágrimas durante una discusión
Probablemente, una de las situaciones más incómodas para quien tiende a llorar al discutir sea darse cuenta de que está a punto de hacerlo y no conseguir evitarlo. Además, puede suceder precisamente cuando menos desea mostrar esa reacción: durante una conversación de trabajo, frente a alguien con quien no quiere sentirse vulnerable o mientras intenta defender una opinión con seguridad. En ese momento es habitual concentrarse en frenar las lágrimas, pero la voluntad no siempre resulta suficiente cuando el cuerpo ya se encuentra sometido a un nivel elevado de tensión.
Reconocer lo que sucede antes de llegar a ese punto puede ayudar a gestionar mejor la situación. Una respiración cada vez más rápida, el aumento de la tensión física o la dificultad para ordenar las ideas pueden servir como señales de que la conversación está empezando a desbordarnos. Si es posible, hacer una pausa, respirar con más calma o alejarse unos minutos permite reducir la intensidad antes de retomar el diálogo. No se trata de abandonar la discusión ni de dar la razón a la otra persona, sino de evitar continuar cuando el nivel de tensión impide conversar con normalidad.
Las lágrimas, por tanto, no deberían convertirse en una especie de prueba para decidir quién es fuerte y quién no lo es. Llorar durante una discusión puede resultar incómodo y difícil de controlar, pero no demuestra por sí mismo una mayor sensibilidad. En determinados momentos, es simplemente una de las respuestas que aparecen cuando el estrés y las emociones alcanzan una intensidad que el cuerpo necesita gestionar.
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