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En 2004, tres psicólogos pusieron nombre a una experiencia que muchas personas reconocen, aunque hasta entonces resultara difícil definirla. En un artículo publicado en el Journal of Personality, Avi Assor y Guy Roth, de la Universidad Ben-Gurion del Negev, junto con Edward Deci, de la Universidad de Rochester, describieron la conocida como «consideración condicional parental»: un afecto que se ofrece cuando el niño alcanza determinadas expectativas y que se retira sutilmente cuando no las cumple.
Los investigadores observaron que los menores educados bajo este modelo tienden a actuar movidos por una presión interna más que por una verdadera elección, y pueden desarrollar un cierto resentimiento. No se trata de una teoría sobre la hospitalidad, pero sí de una referencia que puede resultar útil para entender al adulto que abre la puerta de su casa y empieza a disculparse por una cocina que su invitado ni siquiera ha visto todavía.
¿Por qué las madres se disculpan por tener la casa?
La explicación más sencilla es pensar que estas personas son tímidas con respecto a la limpieza, perfeccionistas o socialmente ansiosas. En algunos casos, sin duda puede ser así. Sin embargo, la disculpa preventiva presenta una característica que no termina de encajar con una simple preocupación por el orden y la limpieza, ya que aparece incluso cuando la casa está perfectamente recogida.
Si se observa con detenimiento, el patrón es muy claro desde la perspectiva psicológica: el anfitrión deja claro, de manera rápida y casi automática, que sabe que su casa podría estar mejor, que reconoce que debería haber prestado más atención al orden y a la limpieza y que, aun así, el visitante es bienvenido. En lugar de recibir a alguien desde la seguridad de tener algo que ofrecer, lo hace después de haber señalado primero aquello que considera insuficiente.
De dónde surge este patrón
Este patrón puede tener sus raíces en hogares donde recibir visitas se vivía más como una demostración que como un intercambio natural. La llegada de invitados podía significar sacar las mejores toallas, esconder determinados objetos, advertir que no se utilizara una silla concreta y convertir la cocina en un pequeño centro de operaciones. El mensaje que un niño termina interiorizando no es necesariamente que los invitados son bienvenidos, sino que su llegada representa una especie de examen que la familia puede aprobar o suspender.
Assor volvió sobre esta cuestión en 2012 junto con Karen Tal, en un estudio realizado con 153 adolescentes y publicado en el Journal of Adolescence. Los adolescentes que percibían que el afecto de sus madres dependía de sus logros mostraban una tendencia a pasar de una autoestima elevada después de un éxito a la autodevaluación y la vergüenza después de un fracaso.
Años después, aquel niño convertido en adulto puede encontrarse de pie en el pasillo de su propia casa, pagando todavía ese patrón aprendido en la infancia. El suelo puede estar limpio y la casa perfectamente preparada, pero la disculpa permanece. Es una costumbre construida alrededor de una regla que nunca terminó de desaparecer: no basta con invitar a alguien a casa. Antes hay que demostrar que uno se lo ha ganado y señalar, por adelantado, todo aquello que considera que podría no estar a la altura.
La función que cumplen las disculpas
No todas las disculpas cumplen la misma función. Changiz Mohiyeddini, profesor de medicina conductual y psicopatología en la Facultad de Medicina William Beaumont de la Universidad de Oakland, ha explicado en Psychology Today qué diferencia las disculpas reparadoras de aquellas que pueden resultar contraproducentes.
Una expresión de arrepentimiento aislada, sin reconocer el daño ni asumir responsabilidad, puede percibirse más como un recurso para mantener la armonía social que como una muestra auténtica de arrepentimiento. Algunas disculpas reconocen una herida. Otras buscan obtener algo a cambio. Y algunas apenas suponen un coste para quien las pronuncia. La disculpa preventiva pertenece a una categoría distinta, más próxima al pago que a la reparación: consiste en admitir una supuesta insuficiencia antes de que nadie haya señalado siquiera que existe.
El patrón se suele suavizar lentamente, mediante experiencias que demuestran que nadie está evaluando la casa. Un invitado que asegura sinceramente que todo está bien, un amigo que ignora los detalles o una pareja que señala la disculpa repetida pueden ayudar. Poco a poco, la persona descubre que quizá solo está pidiendo perdón por una cesta de ropa sucia. El hábito no desaparece: simplemente pierde peso.
En definitiva, disculparse por el estado de una casa antes incluso de que el invitado haya podido verla dice mucho menos sobre la limpieza que sobre la relación que una persona ha aprendido a mantener con sus propias expectativas. La casa puede estar recogida, la comida preparada y todo limpio y en orden, pero la necesidad de justificar cada detalle permanece porque no nació realmente en el salón ni en la cocina, sino que se aprendió mucho antes.
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