Posguerra

El laborioso oficio fundamental en la posguerra española: pocos saben que es uno de los más antiguos del mundo

Posguerra
Cestero trabajando. Foto: ilustración propia.
  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Durante la posguerra española, la escasez de materiales manufacturados obligó a recuperar oficios que en el momento ya empezaban a quedar relegados. Para enfrentar con garra a este duro panorama, el campo, los mercados semanales y las ferias rurales se llenaron de artesanos que trabajaban con lo que el monte ofrecía.

Uno de los más extendidos por toda la geografía peninsular fue también uno de los más antiguos. La posguerra lo convirtió en recurso de supervivencia, pero sus raíces se pierden mucho más atrás: en la Edad Media, en Roma, en la prehistoria.

Así es el oficio de la posguerra que tiene miles de años de historia

La cestería figura entre las actividades manuales más antiguas de la humanidad. Restos arqueológicos de cestos tejidos aparecen en prácticamente todas las culturas del planeta, desde Egipto hasta América del Norte, donde una civilización prehistórica recibió precisamente el nombre de «cultura de los cesteros», en la región del río San Juan.

En España, el oficio se estructuró como gremio durante la Edad Media. Los cesteros se dividían por especialidades: unos fabricaban solo canastas para el pan, otros grandes recipientes para la vendimia, otros cestos para quesos.

Sevilla conserva en su trazado urbano la calle que albergó el barrio de la Cestería, ligado al tráfico del Guadalquivir.

Durante la posguerra, el cestero se convirtió en figura habitual de los pueblos. No tenía tienda fija: recorría las aldeas con su caja de herramientas al hombro, reparando cestos rotos o fabricando nuevos por encargo en el propio domicilio.

En cada aldea había por lo menos uno, y en algunas localidades el oficio impregnaba a familias enteras durante generaciones.

Del castaño al cesto: ¿Cómo trabajaban los cesteros la materia prima?

El mimbre es el material más asociado a la cestería, pero no el único. El castaño, el avellano, el junco, la paja y hasta la rafia conforman un repertorio amplio que los artesanos adaptaban según la zona y el uso final del producto.

Por ejemplo, en Montemayor del Río, un pequeño municipio de Salamanca de poco más de 200 habitantes, la tradición del castaño arranca en la Edad Media y no se ha extinguido.

Hoy quedan nueve cesteros activos en el pueblo, lo que lo convierte, según sus propios artesanos, en el mayor núcleo de cesteros de castaño de España. David Luengo, uno de ellos, representa la cuarta generación de su familia en el oficio.

El proceso empieza en el monte, no en el taller. El cestero cuida sus propios árboles, los limpia, controla su crecimiento y corta la madera en el momento exacto. La tronca se divide en cuatro partes (el llamado cuarteo) para obtener las fibras largas con las que luego se teje el cesto. Solo después arranca la parte artesanal propiamente dicha.

La técnica del trenzado: sin máquinas, sin atajos

El tejido de un cesto sigue una lógica parecida a la de cualquier tela: montantes verticales que forman el armazón, mimbres finos pasados en horizontal de forma alterna. La base se teje primero, redonda u ovalada según el molde. Luego los laterales crecen hasta llegar a la altura deseada, donde los tallos verticales se doblan hacia dentro para formar el reborde.

El asa se construye con mimbre más grueso, enrollado y trenzado sobre sí mismo para aguantar el peso. No hay atajos ni mecanismos automáticos: la velocidad de producción depende exclusivamente de la destreza de las manos.

Esa imposibilidad de mecanización plena es precisamente lo que hace al oficio resistente en un mercado que vuelve a valorar lo hecho a mano. Luengo lo explica sin rodeos: «Cuando la gente viene al taller y ve el proceso, entiende por qué cuesta lo que cuesta. La laboriosidad del trabajo lo justifica todo».

La extinción de los cesteros tras la posguerra, con un relevo que no llega

La posguerra mantuvo vivo al cestero por necesidad económica. Llegaron los plásticos, los supermercados, los envases industriales, y el oficio perdió peso.

En los años 80 y 90 quedaron muy pocos. Sin embargo, en la última década ha rebrotado el interés por la artesanía natural, impulsado en parte por la conciencia medioambiental y el rechazo al plástico de un solo uso.

En Galicia, ayuntamientos rurales han organizado cursos de cestería para transmitir la técnica. En ferias de artesanía de todo el país, los cestos compiten con objetos de diseño a precios que antes habrían parecido imposibles.

Diseñadores españoles e internacionales incorporan piezas tejidas a mano en colecciones de moda, decoración y accesorios.

Para concluir, cabe aclarar que el verdadero problema sigue sin resolverse: en Montemayor del Río, los nueve cesteros que quedan tienen una media de edad que ninguno de ellos oculta. «El relevo está complicado», admite Luengo. «Es un oficio que no tiene tirón entre los jóvenes». En España, el número de cesteros de castaño profesionales no supera el centenar.

Lo último en Curiosidades

Últimas noticias