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José Saramago, premio Nobel de Literatura: «El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir»

  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

José Saramago fue, antes que escritor, un hombre de origen campesino que nunca renegó de sus raíces. Esa condición de clase lo acompañó toda la vida y se filtró en sus novelas, en sus declaraciones y, especialmente, en aquella tarde de diciembre en Estocolmo, cuando eligió hablar del hombre más sabio que había conocido.

Lo que siguió a esa frase no fue una anécdota ni una concesión al sentimentalismo. Fue una tesis sobre el conocimiento: que la sabiduría y la cultura son cosas distintas, y que la primera puede existir con plena intensidad sin que la segunda haya aparecido nunca.

Era analfabeto: ¿Quién fue el hombre más sabio que conoció José Saramago?

El escritor se refería a su abuelo materno, Jerónimo Meirinho, un pastor que criaba cerdos en Azinhaga, aldea de la provincia del Ribatejo, en Portugal. Lo que dijo se debe a que su familiar era analfabeto. Se levantaba antes del amanecer, sacaba los animales al campo y volvía al anochecer. No había leído un solo libro en su vida.

Sin embargo, según Saramago, era capaz de poner el universo en movimiento con apenas dos palabras. En las noches de verano, tendido bajo la higuera de su huerto, le contaba historias al nieto.

Leyendas, apariciones, sucesos del campo que había presenciado o que alguien le había transmitido. Bajo ese árbol, el futuro Premio Nobel aprendió algo que ninguna aula podría haberle enseñado.

La despedida que el anciano dio a su huerto antes de morir quedó grabada en la memoria del escritor. Jerónimo Meirinho recorrió sus árboles uno por uno, los abrazó y lloró, porque sabía que no los volvería a ver. Era, en palabras de Saramago, un hombre que sabía que los árboles también necesitan que se les diga adiós.

Saramango, un escritor que también conoció la pobreza de las letras

La historia de Saramago no era ajena a esa realidad. Nacido en 1922 en Azinhaga, hijo de una familia de labradores sin tierra, tuvo que abandonar los estudios a los quince años por razones económicas. Trabajó de cerrajero, luego en oficinas y editoriales, antes de convertirse en uno de los escritores en lengua portuguesa más reconocidos del siglo XX.

Esa trayectoria explica por qué la figura del abuelo analfabeto no era para él un objeto de lástima, sino un referente intelectual. Saramago conoció de primera mano la distancia entre la educación formal y la inteligencia, entre los títulos y el criterio.

Publicó su primera novela en 1947, pero no encontró su voz definitiva hasta los años 80, con obras como Memorial del Convento (1982) o El Evangelio según Jesucristo (1991). Esta última le costó la censura del gobierno portugués, y Saramago se instaló en Lanzarote, donde vivió hasta su muerte en 2010. El primer escritor portugués en recibir el Nobel nunca olvidó de dónde venía.

A veces, el hombre más sabio de la sala puede que no tenga cultura: ¿Por qué?

La tesis implícita en la frase de Saramago no es nueva. La filosofía occidental lleva siglos debatiendo la diferencia entre el saber libresco y la sabiduría vivida, y varios de sus grandes pensadores hubieran entendido sin dificultad por qué el hombre más sabio que conoció Saramago no sabía leer ni escribir.

Por ejemplo, Sócrates, filósofo griego del siglo V a. C., no dejó nada escrito. Toda su enseñanza fue oral, a través del diálogo. Su método, la mayéutica, partía de la idea de que el conocimiento verdadero no se transmite desde fuera: emerge del interior de cada persona.

Para Sócrates, saber de verdad no era acumular información, sino cuestionar lo que se cree saber. El analfabeto que reflexiona lo hace en los mismos términos que el erudito.

Por su parte, Aristóteles fue más lejos en la distinción entre tipos de conocimiento. Uno de ellos, la frónesis (sabiduría práctica), no se aprende en ningún libro. Se adquiere con la experiencia, con los años, con las decisiones tomadas en situaciones concretas.

Es, en esencia, el conocimiento del pastor, no el del académico. Según Aristóteles, esta forma de saber exige tiempo vivido, algo que ningún título puede sustituir.

Por último, Rousseau sostuvo que el estado natural del ser humano lleva consigo una bondad e intuición que la sociedad y sus instituciones tienden a corromper. El hombre sin educación formal no era para él un ser inferior, sino alguien que conserva intacta una forma de entender el mundo que los sistemas educativos, con frecuencia, terminan borrando.