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Los expertos en psicología afirman que las personas que hablan poco en grupos grandes no es que no estén interesadas, sino que tienden a observar su entorno antes de hablar

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Una investigación publicada en el Journal of Personality and Social Psychology reveló que las conversaciones en grupo siguen patrones mucho más complejos de lo que podríamos imaginar. En grupos ficticios formados por seis personas, los investigadores hallaron que los intercambios individuales suponían cerca de la mitad de las intervenciones. A medida que aumenta el tamaño del grupo, también surgen más factores que alteran la dinámica, como gestos, expresiones faciales, interrupciones, cambios de tema, bromas y diferentes formas de comunicarse al mismo tiempo. Para algunas personas, esperar y observar antes de intervenir constituye una manera natural de procesar toda esa información.

Esta forma de comportarse puede estar relacionada con la introversión, un rasgo que a menudo se interpreta erróneamente. Al contrario de la imagen de una persona antisocial, los introvertidos no necesariamente rechazan el contacto con los demás, sino que suelen relacionarse de una manera diferente. Un estudio publicado en 2025 en el Journal of Personality apunta a que determinadas formas de introversión tienden a observar y analizar el contexto social antes de participar. Otra investigación de 2017 define este rasgo de la personalidad mediante características como la «inhibición social, preferencia por la soledad y autosuficiencia».

La razón por la que algunas personas hablan poco en grupos grandes

Hablar poco dentro de un grupo numeroso no significa necesariamente estar desconectado de lo que sucede. De hecho, quienes participan menos en una conversación pueden estar prestando atención a detalles que otros pasan por alto al concentrarse en responder rápidamente.  Por eso, cuando esa persona decide intervenir más adelante o se encuentra en un ambiente tranquilo, puede aportar una interpretación muy precisa de lo que ha ocurrido.

El contexto también puede marcar una gran diferencia. En una conversación entre dos personas, mediante mensajes escritos o en un entorno más tranquilo, quienes suelen hablar poco en grupos grandes pueden comunicarse con mucha mayor naturalidad. Por ello, el silencio no debería considerarse automáticamente algo negativo. La sociedad actual tiende a valorar la inmediatez, pero tomarse un momento para pensar antes de hablar también puede ser una fortaleza.

Introversión

En esta misma línea, los psicólogos Virginia Thomas y Paul A. Nelson plantearon en un estudio publicado en el Journal of Personality analizar la introversión como un rasgo de personalidad complejo, que también puede presentar características positivas, en lugar de entenderla únicamente como lo contrario de la extraversión o como una falta de sociabilidad. A través de la escala STAR, identificaron distintas facetas dentro de este rasgo: la «introversión social», relacionada con la preferencia por relaciones más selectivas y grupos reducidos frente a las grandes multitudes; la «introversión de pensamiento» (Thinking), vinculada a una intensa vida interior y a la introspección; y la «introversión restringida» (Restrained), propia de personas reflexivas y serias que prefieren analizar las situaciones.

Neurobiología

Este fenómeno, que habitualmente se analiza desde el campo de la psicología, también encuentra respaldo en investigaciones relacionadas con la neurobiología. Ya en 1999, un estudio dirigido por Debra L. Johnson y publicado en la American Journal of Psychiatry utilizó tomografías por emisión de positrones (PET) para analizar la actividad cerebral de personas introvertidas y extrovertidas mientras se encontraban en reposo.

Los resultados mostraron que la introversión podía relacionarse con un mayor flujo sanguíneo en determinadas zonas de los lóbulos frontales, incluida la corteza frontal lateral, así como en el tálamo anterior. Según los investigadores, «la actividad en estas regiones frontales media la recuperación de la memoria y la planificación, reflejando el enfoque interno de los procesos cognitivos en los introvertidos». En otras palabras, cuando una persona permanece callada durante una conversación grupal, su cerebro puede estar ocupado «recordando eventos de su pasado, haciendo planes para el futuro o resolviendo problemas».

Además, el estudio detectó una actividad más elevada en el área de Broca, una región relacionada con el lenguaje y el habla interna. Este hallazgo apuntaba a que las personas introvertidas pueden mantener un «monólogo interno» o una forma de habla reflexiva incluso cuando no reciben estímulos externos.

La tendencia a buscar momentos de soledad después de una intensa interacción social también puede estar relacionada con estas características. Y existen diferencias que, además de observarse en la actividad cerebral, parecen tener un componente químico. Otro estudio publicado en Social Cognitive and Affective Neuroscience, realizado por investigadores alemanes, encontró concentraciones significativamente mayores del neurotransmisor excitatorio glutamato en la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC) de los introvertidos frente a los extrovertidos.

Pero ¿qué implica realmente esta diferencia? La DLPFC desempeña un papel importante en el control cognitivo de pensamientos y conductas. Por ello, los investigadores plantearon que una mayor presencia de glutamato podría estar relacionada con una participación más intensa en procesos como la planificación o la resolución de problemas. Esta actividad contribuiría a que algunas personas más reservadas analicen con detenimiento lo que ocurre a su alrededor, observen las dinámicas del grupo y procesen la información disponible antes de intervenir o emitir una opinión precipitada.