Un estudio dice que los niños que contaban baldosas o escalones para pasar el tiempo desarrollaron una habilidad clave que el resto de personas no tiene
La psicología sugiere que los niños nacidos entre 1959 y 1970 no se volvieron fuertes debido a una mejor crianza, sino porque aprendieron a controlar esta emoción concreta
La psicología sugiere que las personas que tuvieron una infancia difícil de adultos se disculpan a menudo o son demasiado generosos
Uno de los hábitos que más compartimos las personas se desarrolla en la infancia. Un hábito que en primera instancia parece muy inocente, pero que, según un estudio de la revista científica Frontiers in Psychology, tiene un significado más profundo.
Contar baldosas, escalones o postes públicos funciona como una técnica natural de atención plena y control ejecutivo. Aunque mucha gente en redes sociales ha exagerado el porqué de este hábito, afirmando que otorga «una habilidad única que nadie más tiene», la ciencia matiza que la realidad es otra. Este hábito sólo potencia la concentración a largo plazo.
¿Qué dice la ciencia de que contemos baldosas de niños?
El estudio de la revista se centra en el análisis de cómo influyen las tareas de conteo sencillas en el cerebro humano. Al igual que la técnica natural de atención plena (mindfulness) utiliza la respiración como eje central, los niños que cuentan baldosas o farolas utilizan un estímulo de su entorno para regresar al momento presente sin instrucciones formales previas.
En cuanto al control ejecutivo, seguir secuencias numéricas monótonas en momentos de aburrimiento activa y fortalece las regiones cerebrales encargadas de aislar los estímulos irrelevantes, mejorando la concentración en general.
Los niños, al focalizar toda su atención en el conteo físico, el cerebro apaga temporalmente el ruido ambiental y los pensamientos intrusivos o ansiosos.
Las nuevas generaciones no tienen esta habilidad por el móvil.
Para que se desarrolle esta habilidad, hay que tener en cuenta que es necesario un factor que pasa desapercibido, pero que lo estamos perdiendo todos: el aburrimiento.
La nueva sociedad digital en la que nos encontramos puede suponer un peligro para la población, pero sobre todo para los más pequeños. Los niños están perdiendo la oportunidad de desarrollar de forma natural esta capacidad de concentración, ya que los nuevos estímulos digitales sustituyen el esfuerzo mental propio por un entrenamiento pasivo.
Los móviles y tablets, acompañados de los nuevos formatos de consumo digital, están acostumbrando a nuestros pequeños a cambios constantes y el mundo real les resulta aburrido (estudiar, leer, jugar). Los niños, al no ser capaces de gestionar el aburrimiento, se vuelven impacientes y pierden la creatividad que nace del aburrimiento.
Este problema no sólo afecta a los más pequeños, también a los adultos. La diferencia pasa porque un adulto puede entender el problema al que se enfrenta y cómo tratarlo, y un niño no es consciente, obviamente, de que está desarrollando un hábito que no es beneficioso.
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