El desconocido oficio de la posguerra española que permitió sobrevivir a miles de familias rurales
El laborioso oficio que se veía a diario en España durante la posguerra
La triste costumbre de la posguerra española que ya nadie haceLa triste costumbre de la posguerra española que ya nadie hace
Era uno de los oficios más sucios de la posguerra española
La España de la posguerra fue un país de ingenio forzado. Ante la escasez de medios y la imposibilidad de acceder al mercado, los pueblos rurales echaron mano de sistemas de organización colectiva que venían funcionando desde mucho antes de la guerra civil. Tradiciones heredadas de la Edad Media e incluso del legado árabe resurgieron con fuerza para hacer frente a la miseria.
Uno de esos sistemas estaba ligado a los animales de tracción, el motor real de la economía rural de la posguerra. Sin caballos, mulas y burros bien alimentados no había campo que trabajar ni cosecha posible. Para garantizarlo, los pueblos recurrieron a un oficio comunal casi desconocido hoy, que cada mañana comenzaba con el sonido de una corneta.
¿Cuál fue uno de los oficios que sostuvo la economía rural en la posguerra española?
El oficio que nos compete en esta ocasión es el del dulero, el encargado de reunir cada mañana a los animales de trabajo de sus vecinos (caballos, mulas y burros) y llevarlos a pastar a los terrenos comunales del pueblo, conocidos como dulas.
Mientras los labradores atendían sus campos, este trabajador cuidaba de las bestias de carga, las mantenía alimentadas y las devolvía al pueblo al final del día. Era, en esencia, una guardería comunitaria para animales de tiro.
El sistema funcionaba con una señal inconfundible: el dulero recorría las calles del pueblo tocando una corneta. Era lo que se conocía como «tocar a dula».
Con ese aviso, los vecinos sacaban a sus animales y los dejaban bajo su custodia. El sueldo del dulero lo pagaban en especie todos los propietarios de animales, a tanto por cabeza.
Un oficio con raíces árabes que sobrevivió siglos de historia rural
La palabra dula viene del árabe dawlah, que significa turno o ronda, y hace referencia a la costumbre de reunir los pequeños rebaños y bestias de carga de distintas familias en un único grupo para ser apacentados por un solo hombre.
El sistema se extendió por toda la península durante la Edad Media y quedó regulado en ordenanzas municipales de varias localidades: la de Tafalla, en Navarra, data de entre 1480 y 1509; la de Carcastillo, del año 1578.
Durante siglos, la dula funcionó como un mecanismo de economía colectiva que aliviaba la carga de los labradores. En la posguerra, con el campo esquilmado y el dinero casi inexistente, ese sistema ancestral cobró una nueva dimensión.
Los animales de tracción eran el único motor disponible y mantenerlos bien alimentados no era un lujo: era una condición de supervivencia para cientos de familias.
La jornada del dulero en la posguerra: entre la corneta al alba y el atardecer
El trabajo del dulero comenzaba al amanecer y terminaba cuando el sol caía. A su cargo quedaban no solo los animales más dóciles, sino también los más difíciles de manejar: los burros.
Y es que claro, los asnos eran los más traviesos de la guardería, capaces de alterar la calma de caballos y mulas con sus travesuras y de poner a prueba la paciencia del propio dulero.
No era una labor que se realizase durante todo el año. En las épocas de mayor actividad agrícola (siembra, cosecha, vendimia) hombres y animales trabajaban sin descanso y la dula quedaba en suspenso. El dulero actuaba, por tanto, en los periodos de relativa calma, cuando las bestias podían disfrutar de un día de pasto comunal lejos de las labores del campo.
Cómo la llegada del tractor borró en pocas décadas al oficio de los duleros
La mecanización del campo español durante los años 60 y 70 fue el golpe definitivo para el oficio. Cuando los tractores sustituyeron a las mulas y los burros en las labores agrícolas, la tracción animal dejó de ser el eje de la economía rural. Sin animales de trabajo que cuidar, la dula perdió su razón de ser.
En algunos municipios de la sierra de Madrid, de Navarra, de Aragón o de La Alcarria, todavía pervive el recuerdo de este sistema en la memoria de los mayores.
La última generación que creció escuchando la corneta del dulero al alba suma ya más de ochenta años.
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