El pueblo del País Vasco donde veraneaba la realeza española: playas, casco histórico y uno de los puertos más bonitos del Cantábrico
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Visitar los pueblos del País Vasco durante el verano, puede ser uno de los mejores planes, sobre todo cuando existen algunos que han sido enclave en el pasado de la realeza, que además tienen playas, un casco histórico que no perderse, y un puerto que es de los más bonitos del Cantábrico.
El pueblo en cuestión no es otro que Lekeitio en Vizcaya, y que a finales del siglo XIX y principios del XX, fue destino de la realeza y parte de la aristocracia donde pasaban largas temporadas. La reina Isabel II o la emperatriz Zita de Austria estuvieron aquí, atraídas por un entorno más discreto que otros puntos del norte que con el tiempo se harían más conocidos. Hoy todo eso queda en segundo plano pero Lekeitio sigue funcionando como un lugar que merece la pena descubrir, con un puerto que marca el ritmo, y un ambiente que hace que muchos regresen siempre que pueden.
El pueblo del País Vasco donde veraneaba la realeza española
En Lekeitio no todo es llegar y tumbarse en la arena como otros pueblos costeros. En su caso, destaca la playa de Isuntza que es la más cercana al núcleo del pueblo pero también permite pasear con vistas al puerto. Otra opción también es la playa de Karraspio, al otro lado, que ofrece una panorámica más abierta. Pero el detalle que marca la diferencia es la isla de San Nicolás también conocida como Garraitz. A ella se puede llegar a pie cuando baja la marea, a través de una lengua de arena que desaparece horas después.
Pero junto a las playas e isla que destacan en Lekeitio, el pueblo en sí es todo un espectáculo. Puede que haya cambiado desde que la realeza veraneaba aquí, pero no se ha convertido en un destino artificial. Sigue teniendo ese punto de pueblo que vive de cara al mar, donde el puerto, las plazas y las calles del casco antiguo siguen siendo el centro de todo. Es el motivo por el que no ha dejado de atraer a turistas y visitantes ya que más allá de la historia, lo que queda es un lugar que se recorre fácil, que no necesita demasiadas explicaciones y al que es sencillo volver.
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Un casco histórico que es de obligada visita
El centro de Lekeitio no es de esos que obligan a seguir una ruta marcada. Basta con entrar en sus calles para ir encontrando plazas pequeñas, fachadas con historia y algún que otro edificio que rompe la línea de casas marineras. Entre ellos aparecen palacios como los de Uriarte, Oxangoiti, Uribarri o Abaroa, repartidos sin hacer demasiado ruido por el casco antiguo.
La referencia más clara es la Basílica de la Asunción de Santa María. Desde fuera ya impone, pero dentro guarda uno de esos detalles que no siempre se esperan: un retablo gótico cubierto de oro que ocupa casi todo el espacio. Muy cerca, la plaza de la Independencia funciona como punto de paso, con bares y comercios donde se nota que el pueblo sigue teniendo vida más allá del turismo.
El puerto, uno de los más bellos del Cantábrico
Lekeitio creció mirando al mar, y eso sigue presente en su puerto aunque ahora haya más visitantes que pescadores. A lo largo del muelle se mezclan barcas, redes y gente paseando sin prisa. No es un puerto pensado para impresionar, pero sí para quedarse un rato mirando. Desde ahí también se ve bien la silueta del pueblo, con las casas apretadas y el mar marcando el ritmo de todo. Y muy cerca encontramos la ermita de San Juan Talako que ofrece una de las mejores vistas de la costa vizcaína, con una panorámica que resume bien el carácter del lugar.
Un destino ligado a la realeza y la historia
A finales del siglo XIX, Lekeitio empezó a atraer a la realeza y a la aristocracia, que buscaban destinos más tranquilos en el norte. La reina Isabel II o Alfonso XII pasaron temporadas en la zona, y más tarde lo haría la emperatriz Zita de Austria durante su exilio, alojada en el antiguo Palacio Uribarren. Este pasado dejó huella en el desarrollo del municipio y en la construcción de edificios que hoy forman parte de su patrimonio. Aunque ese turismo aristocrático ya no existe como tal, sigue formando parte de la historia del pueblo.
Tradiciones que siguen vivas
Lekeitio mantiene un calendario festivo muy ligado a sus raíces. Las fiestas de San Antolín, del 1 al 8 de septiembre, reúnen a miles de personas, especialmente el día de los gansos. Otra de las tradiciones más singulares es la Kaxarranka, un baile en el que un dantzari actúa sobre un arcón sostenido por marineros, en una escena que resume la conexión entre cultura y mar que define al municipio.
En definitiva, Lekeitio es un destino que combina naturaleza, historia y tradición sin perder su identidad. No es un lugar de grandes artificios, pero tampoco lo necesita. Entre su puerto, su casco histórico, sus playas y esa isla que aparece y desaparece con la marea, el pueblo ofrece una experiencia diferente en la costa vasca. Un lugar que, como ocurrió hace más de un siglo, sigue atrayendo a quienes buscan un verano distinto.
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