El arriesgado oficio de la posguerra española que subsistía en Madrid y Valencia: hoy solo lo vemos en las películas
Era el chocolate de los pobres: ahora este alimento de la posguerra se vende a precio de oro
El ingenioso oficio que fue esencial para sobrevivir en la posguerra
Durante la posguerra se veían por todas partes, pero hoy casi nadie practica este habilidoso oficio
Durante la posguerra, cuando el país trataba de recomponer su economía con recursos limitados, pervivieron oficios que hoy resultan bastante difíciles de imaginar. Algunos se desarrollaban lejos de fábricas y despachos, en entornos naturales regidos por el riesgo y la precariedad.
Eran trabajos estacionales, duros y mal pagados, pero imprescindibles para el abastecimiento y la reconstrucción. En ríos, montes y caminos se mantuvieron actividades heredadas de siglos anteriores, sostenidas por la necesidad y el conocimiento tradicional, hasta que la modernización acabó por hacerlas desaparecer.
¿Cuál fue el arriesgado oficio de la posguerra popularizado en Madrid y Valencia?
En la posguerra española, el transporte de madera siguió realizándose en algunos territorios mediante métodos preindustriales. Uno de los más singulares fue el de los gancheros, trabajadores encargados de conducir troncos sueltos río abajo aprovechando la corriente.
Esta actividad, documentada desde el siglo XVI, se mantuvo activa durante décadas y todavía tuvo presencia en los años posteriores a la Guerra Civil, cuando la escasez de medios obligaba a recurrir a soluciones tradicionales.
El eje principal de esta práctica fue el río Tajo, donde durante siglos se transportaron maderadas desde el curso alto hasta zonas de destino como Aranjuez, punto clave para el suministro de madera que después llegaba a áreas urbanas, incluidas Madrid y su entorno.
En plena posguerra, el oficio sobrevivía como complemento económico para familias rurales con ingresos agrícolas muy limitados.
¿Cómo era la organización de los gancheros en tiempos de posguerra?
La ganchería exigía una estructura precisa. Al frente se situaba el llamado maestro de río, responsable de coordinar a decenas (e incluso cientos) de hombres. La maderada se dividía en tres grupos: la delantera, encargada de abrir paso; el centro, que evitaba atascos de troncos; y la zaga, dedicada a desmontar las estructuras provisionales creadas río arriba.
Todo el trabajo se realizaba con una única herramienta, el bichero, una pértiga larga con gancho metálico.
Durante la posguerra, este conocimiento se transmitía de forma oral, de padres a hijos, sin manuales ni formación reglada. La pericia individual era clave para evitar accidentes en un entorno marcado por crecidas repentinas, frío extremo en invierno y caudales irregulares.
El riesgo formaba parte del oficio y explicaba la elevada siniestralidad asociada a estas expediciones fluviales.
De la necesidad a la desaparición del oficio: ¿Qué ocurrió con los gancheros?
El transporte fluvial de madera no fue exclusivo del Tajo. También se practicó en otros ríos españoles como el Turia, el Segre o el Gállego, con especial relevancia en zonas de Valencia y del Pirineo.
Sin embargo, en la posguerra el avance progresivo del transporte por carretera comenzó a relegar estas prácticas. A finales de los años cuarenta, la generalización de los camiones marcó el principio del fin para los gancheros.
La desaparición definitiva llegó en la década de los sesenta, cuando el desarrollo económico hizo inviables estos métodos lentos y peligrosos. A partir de entonces, el oficio quedó relegado al recuerdo, a la memoria familiar y a algunas recreaciones festivas que surgieron como forma de homenaje a quienes lo ejercieron en condiciones extremas.
Los gancheros en la memoria cultural y el cine
El interés por este oficio resurgió gracias a la literatura y al cine. En 1961, José Luis Sampedro publicó ‘El río que nos lleva’, una novela ambientada en las últimas maderadas del Tajo, donde retrató con realismo la vida de los gancheros en un contexto cercano a la posguerra.
La obra fue llevada al cine en 1989 por Antonio del Real, contribuyendo a fijar en el imaginario colectivo una actividad ya extinguida.
Con el paso del tiempo, esta tradición fue reconocida institucionalmente. En 2021, los gancheros del Alto Tajo fueron declarados Bien de Interés Cultural como bien inmaterial, y en 2022 la tradición del transporte fluvial de madera obtuvo el reconocimiento de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Hoy, lo que en la posguerra fue un trabajo necesario y peligroso solo pervive en museos, fiestas locales y en películas que recrean una España marcada por la supervivencia y la escasez.
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