Un retrato de maltrato que parece transparente: así es el debut de Lucía Solla con ‘Comerás Flores’
Un retrato de violencia y maltrato psicológico que muestra una relación desigual entre Marina y Jaime, una recién licenciada y un hombre triunfador.
¿Sabrías reconocer un maltrato psicológico?
Lucía Solla (Marín, 1989) debuta con Comerás flores (Libros del Asteroide). Una novela donde retrata la relación absolutamente tóxica y de maltrato que Marina (25 años) vive con Jaime, un guapo egocéntrico y narcisista 20 años mayor que ella. Retrata la autora en este relato, que se lee en un pispás por lo bien escrito que está, el calvario en el que a veces nos adentramos de forma inconsciente cuando comenzamos un romance con otra persona.
Marina acaba de perder a su padre, tiene una madre (una madre normal, de las de siempre), una perra que se llama Frida, y dos hermanos, un chico y una chica. Cada uno con su vida y Marina con la suya, la que construye día a día, y la que también se destruye con los ataques de violencia (no verbal) de un hombre aparentemente triunfador, que esconde a un ser que ejerce una violencia transparente sin piedad. Porque el maltrato que no se ve cala en nuestro interior como una niebla baja al lado de un río y lo oxida hasta hacerlo inservible.
Al comienzo todo parece una historia más. Chico conoce a chica, se gustan y tienen amoríos, sin más. Pero no, para nada, hay más, mucho más. Solla expresa en Comerás flores unas emociones y unos sentimientos intangibles complicados de describir, por eso, si en algún momento has conocido a un Jaime como este Jaime, te sonará muchas cosas de las que hace y cómo las hace. Es el retrato vivo de una relación desigual donde una Marina joven y deslumbrada se deja arrastrar a una vida que termina no queriendo y de la que no sabe –ni sabe si quiere– salir. Y que la destruye.
Amistad que reconstruye
Es una novela donde hay manipulación, violencia invisible que no se percibe, pero que está ahí, que no toda la violencia sobre otra persona es un bofetón. Ansiedad, lágrimas y también hay amor incondicional, y hay amistad, mucha amistad, de esa que te deja equivocarte y que también te deja volver, que te arropa y que te reconstruye cuando ya vives fuera de esa casa preciosa que era una cárcel y te mudas a una mucho –muchísimo– más fea, aunque tengas que buscar durante los primeros días el sitio donde has guardado el café.
A medida que avanzas página a página de Comerás flores, lo único que piensas es: «Menudo cabrón el Jaime este». Sé que no es un análisis muy concienzudo, pero os aseguro que es justo lo que vais a pensar cuando lo leáis.
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