Fernando Giráldez: «Velázquez pintó para tu cerebro, no para tus ojos»
“El arte engaña a los sentidos”
“Hay una inquietante razón por la que no puedes dejar de mirar El Jardín de las Delicias”
Todos hemos sentido alguna vez esa extraña emoción al plantarnos frente a un cuadro. No sabemos exactamente qué ocurre, pero algo nos atrapa. Nos detenemos, miramos más de lo que pensábamos mirar, y sentimos que hay algo vivo dentro de una imagen que, en realidad, no es más que pigmento sobre un lienzo. ¿Qué sucede en nuestro cerebro cuando contemplamos una obra de arte? Ésa es la pregunta que recorre el libro Un neurocientífico en el Museo del Prado, del investigador Fernando Giráldez, doctor en Medicina por la Universidad de Valladolid y uno de los especialistas españoles más reconocidos en el campo de las neurociencias.
Formado también en instituciones como la University of Cambridge y el King’s College de Londres, Giráldez ha desarrollado una larga carrera científica centrada en la embriología y la función de los órganos sensoriales. Ha sido profesor en la Universidad de Valladolid y en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, ha publicado más de un centenar de artículos y capítulos en revistas científicas internacionales, y ha participado en numerosos congresos y paneles de evaluación científica. Pero desde hace años su trabajo se ha adentrado en un territorio especialmente fascinante: el punto de encuentro entre la ciencia, el arte y la filosofía.
Según explica Giráldez, la pintura no funciona porque copie la realidad, sino porque sabe cómo engañar a nuestro cerebro. «La pintura y el arte en general es un señuelo, un engaño para los sentidos», explica. Un engaño extraordinariamente sofisticado que activa en nuestro cerebro mecanismos muy similares a los que se activan cuando observamos el mundo real. Los grandes pintores descubrieron intuitivamente algo que la neurociencia tardaría siglos en explicar: que no vemos el mundo tal cual es, sino que lo reconstruimos mentalmente. Nuestro cerebro recibe imágenes planas en la retina y, a partir de ellas, construye profundidad, volumen, movimiento o distancia. Lo hace mediante reglas automáticas que aprendemos desde la infancia. Los artistas, sin conocer la neurofisiología de la visión, aprendieron a utilizar esas mismas reglas. «Los pintores fueron neurocientíficos por intuición», resume Giráldez.
Pintar lo que percibimos, no lo que existe
Renacimiento fue clave: en él se produjo uno de los grandes cambios de la historia del arte. Hasta entonces, muchos artistas trataban de representar las cosas tal como son. Pero los grandes maestros renacentistas empezaron a comprender algo distinto: lo importante no es cómo es el mundo, sino cómo lo percibimos. Un ejemplo fascinante es el famoso sfumato de Leonardo da Vinci. Leonardo observó que en la naturaleza no existen líneas claras que delimiten los objetos. No vemos contornos rígidos; vemos transiciones de luz y sombra. Por eso comenzó a difuminar los bordes en sus pinturas. “En la naturaleza no hay líneas. El cerebro no ve líneas, ve luces y sombras”, explica Giráldez. Ese pequeño cambio produjo una revolución visual. Las figuras comenzaron a parecer más reales, más naturales, más vivas.
El arte de pintar mal para que lo veamos bien
Algo similar ocurrió con pintores como Tiziano o Velázquez. Si uno se acerca mucho a algunos de sus cuadros, apenas distingue manchas de color. Pero al alejarse unos metros ocurre algo extraordinario: el cerebro reconstruye la escena y aparece una imagen perfectamente definida. La paradoja es que, en cierto sentido, el pintor ha tenido que pintar “mal” para que nosotros lo veamos bien. “Si tú realmente ves el mundo borroso y sin contornos, yo voy a pintar borroso y sin contornos”, explica Giráldez. “Y tu cerebro lo interpretará como algo natural”. Es lo que sucede, por ejemplo, al contemplar Las Meninas de Velázquez. De cerca vemos pinceladas; de lejos, una habitación llena de vida.
Por qué el azul crea profundidad
Otro de los trucos que descubrieron los pintores tiene que ver con el color. Leonardo da Vinci observó que los objetos lejanos tienden a verse azulados y más difusos. La ciencia moderna ha explicado después por qué: la luz azul se dispersa más en la atmósfera. El resultado es lo que hoy llamamos perspectiva atmosférica. Los artistas aprendieron a utilizar ese efecto para crear profundidad. Al pintar fondos azulados y brumosos, el cerebro interpreta automáticamente que esas zonas están más lejos. «Te voy a pintar los fondos azulados y brumosos y tú, al mirarlos, los vas a echar para atrás», explica Giráldez.
Cuando el arte provoca emociones físicas
Pero la pintura no sóllo engaña a nuestra percepción espacial. También puede activar nuestras emociones más profundas. Un ejemplo clásico es el contraste entre las versiones de Saturno devorando a su hijo pintadas por Rubens y por Goya. Ambas representan una escena brutal, pero el impacto emocional es muy distinto. El motivo tiene que ver con cómo funciona la empatía en nuestro cerebro. Al observar el dolor o el gesto de otro cuerpo, se activan mecanismos neuronales que nos permiten sentir de forma vicaria lo que vemos. El arte, en ese sentido, no solo se contempla: se experimenta.
La propuesta de Giráldez es, en el fondo, una invitación a mirar el arte de otra manera; como un laboratorio extraordinario de percepción humana. Los grandes maestros del Prado pintaban escenas, pero también, sin saberlo, estaban explorando cómo funciona nuestro cerebro. Y quizás por eso sus cuadros siguen produciendo hoy el mismo efecto que hace siglos. Porque, como recuerda Giráldez, las obras no están pintadas para ser exactas, sino para funcionar dentro de nuestra mente. «Está pintado para tu cerebro, no para la exactitud».
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