Iñaki Gabilondo, sobre la vejez: «Cuando ya tienes una edad, ya tienes el piso pagado, ya los hijos son mayores, ya tienes los reconocimientos que has podido tener, ¿qué motor puedes tener?»
Iñaki Gabilondo es uno de los periodistas más conocidos de su generación
La familia ocupa un papel importante en su día a día y nunca ha olvidado sus orígenes
Siempre ha sido muy discreto a la hora de hablar de su vida personal
Iñaki Gabilondo lleva más de medio siglo vinculado al periodismo y se ha convertido en una de las voces más famosas de la radio. A sus 83 años, el periodista contempla su trayectoria con la perspectiva que proporciona el paso del tiempo y habla con una serenidad poco habitual sobre la vejez, la muerte, el amor y la necesidad de encontrar nuevos motivos para seguir disfrutando de la vida.
En una conversación en el pódcast El sentido de la birra, Gabilondo repasa algunos de los asuntos que más le han acompañado durante los últimos años y reconoce que siempre ha sido consciente de que la existencia tiene un límite. Una certeza que, lejos de provocarle angustia, le ha ayudado a dar más valor a otras experiencias.
«Yo sé que hay un número limitado de botellas de vino que voy a beber, un número limitado de veces que voy a hacer el amor, un número limitado de veces que voy a ir a París. Yo tengo conciencia de que la vida vas consumiéndola», explica.
El tiempo se acaba
Para el periodista, asumir que la vida no es infinita cambia necesariamente la manera de relacionarse con ella. Una comida, un viaje, una conversación o un encuentro adquieren una dimensión diferente cuando se entiende que no habrá un número ilimitado de oportunidades para repetirlos.
«¿Cómo puede la gente disfrutar si no se acuerda de eso?», se pregunta durante la conversación. Iñaki Gabilondo considera que esa conciencia de la fugacidad del tiempo no tiene por qué conducir a una visión pesimista. Al contrario, puede convertirse en una forma de apreciar con mayor intensidad aquello que sucede en el presente.
Esa incertidumbre, lejos de paralizarle, parece haber sido uno de los motores de su manera de entender la existencia. Saber que el tiempo es limitado convierte cada experiencia en algo irrepetible y obliga, de alguna manera, a decidir qué merece realmente la pena.
Con la llegada de la vejez, sin embargo, también cambian las circunstancias. Algunas de las responsabilidades que durante décadas marcaron el rumbo de una persona desaparecen o pierden parte de su peso. Los hijos crecen, las obligaciones económicas pueden quedar atrás y los reconocimientos profesionales dejan de constituir un objetivo.
Gabilondo lo resume con una pregunta especialmente reveladora: «Cuando ya tienes una edad, ya tienes el piso pagado, ya los hijos son mayores, ya tienes los reconocimientos que has podido tener, ¿qué motor puedes tener?».
Una vida marcada por la radio
Esa forma de observar el mundo tiene también mucho que ver con sus orígenes. Gabilondo pertenece a una generación para la que la radio no era simplemente un medio de comunicación, sino prácticamente la principal ventana hacia el exterior.
«Para quienes nacieron cuando yo nací, la radio era todo. No había televisión, por supuesto. La tele apareció en mi vida cuando yo estaba en la universidad», recuerda. Durante aquellos primeros años, el aparato de radio permitía conocer lo que ocurría más allá del entorno familiar y del lugar en el que se vivía. «Entonces, la radio era todo. Y la radio era el exterior, el mundo exterior», añade.
Su asignatura pendiente
Hay una vocación que también pudo haber marcado su vida. Durante su infancia, Iñaki demostró unas condiciones especialmente destacadas para la música, sobre todo para el solfeo.
«Tenía un don grande para el solfeo, sacaba unas notas extraordinarias, saqué matrículas siempre», recuerda. Aquella facilidad llegó a hacerle imaginar un futuro diferente, aunque finalmente el periodismo terminó imponiéndose.
Décadas después, reconoce que esa decisión dejó una pequeña herida abierta. «La gran nostalgia y la gran tristeza que tengo es no haber podido desarrollar una actividad profesional o vital con la música», admite.
La música, no obstante, nunca desapareció de su vida. Continúa formando parte de ese espacio personal que le permite disfrutar de momentos de tranquilidad y reflexión. De hecho, cuando se le pregunta qué profesión elegiría en una hipotética segunda vida, responde con claridad: «En mi siguiente reencarnación me gustaría ser músico».
El miedo a la muerte y el amor por Lola
Hablar del paso del tiempo conduce inevitablemente a hablar de la muerte. Gabilondo lo hace sin dramatismo y desde la aceptación de una realidad que, según explica, siempre ha tenido presente. «He tenido siempre bastante clara la realidad de nuestro paso, viaje, tránsito, desgaste», reconoce.
Pero esa naturalidad no significa que la muerte no le produzca temor. Lo que verdaderamente le angustia no es tanto el hecho de morir como la posibilidad de separarse de la persona con la que comparte su vida.
«Lo que más me angustia de morirme es separarme de Lola. Estoy muy felizmente casado. Es una suerte increíble. Y no te digo a estas edades. Es un regalo», confiesa.
Sus palabras reflejan hasta qué punto el amor continúa ocupando un lugar central en su vida. Después de décadas de trayectoria profesional y de haber alcanzado numerosos reconocimientos, es precisamente el vínculo personal el que identifica como uno de sus mayores motivos de felicidad.
Al mismo tiempo, Gabilondo reivindica la capacidad de estar sólo. La lectura, la música y el pensamiento le permiten disfrutar de un mundo interior que considera especialmente importante a estas alturas de su vida.
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