La ropa interior de Brigitte Bardot se convierte en objeto de deseo: casi un millón de euros por sus recuerdos más íntimos
La subasta de los objetos personales de Brigitte Bardot ha recaudado cerca de un millón de euros
Entre los 285 lotes había ropa interior, camisones, sombreros y muebles
Alrededor de 3.000 personas se registraron para participar en una puja celebrada en París

Brigitte Bardot sigue convirtiendo en oro todo lo que toca, incluso después de su muerte. La mítica actriz francesa, fallecida en diciembre de 2025 a los 91 años, ha vuelto a ser protagonista de una subasta que ha despertado tanto fascinación como polémica. Este lunes, 21 de septiembre, la casa Millon puso a la venta en el Hôtel Drouot de París 285 objetos personales que pertenecieron a la estrella y que procedían de sus viviendas en Francia. El resultado ha superado todas las expectativas: 953.531 euros, casi veinte veces más que los 50.000 euros en los que inicialmente se había tasado el conjunto. Un éxito económico que, sin embargo, ha abierto una batalla en torno a los límites de la intimidad y a qué debe hacerse con los recuerdos personales de una de las grandes leyendas del cine francés.
Entre los objetos que han cambiado de manos había piezas que explican las distintas vidas de Bardot: la actriz, el icono de estilo, la mujer que convirtió Saint-Tropez en uno de los lugares más deseados del mundo y, posteriormente, la activista dedicada a la defensa de los animales. Sombreros de paja, gafas de sol, camisones, muebles, vajilla, guitarras, zapatillas de ballet, un tutú negro e incluso ropa interior formaban parte de los lotes. También salió a subasta un autorretrato de Bardot, que alcanzó casi 40.000 euros, mientras que la máquina de escribir que utilizó para redactar sus memorias se vendió por 4.634 euros. La fascinación por la estrella quedó especialmente patente con algunos objetos cotidianos cuyo valor se disparó únicamente por haber pertenecido a ella.

Es el caso de dos collares de perro que llevaban placas identificativas con el nombre de Bardot y el número de teléfono de su legendaria villa La Madrague, en Saint-Tropez. Su valoración inicial era de apenas 30 euros por el conjunto, pero terminaron adjudicándose por 9.400 euros a una compradora rusa. Dos guitarras que habían sido tasadas entre 300 y 500 euros alcanzaron respectivamente los 8.600 y los 11.900 euros. Incluso tres peluches con forma de cría de foca, vinculados al animal que se convirtió en uno de los grandes símbolos de la lucha animalista de Bardot, llegaron a los 2.200 euros.
La magnitud de la puja demuestra que el interés por Bardot permanece intacto. Unas 3.000 personas se registraron para participar, procedentes tanto de Francia como de otros países, en una jornada en la que los compradores no buscaban necesariamente piezas de gran valor artístico o material, sino algo mucho más difícil de conseguir: un fragmento de la vida privada de una mujer que durante décadas fue uno de los rostros más fotografiados del planeta. El propio subastador Alexandre Millon definió a Bardot como una «formidable alquimista» por haber conseguido transformar una estimación de 50.000 euros en casi un millón.

Pero la subasta no ha sido recibida con entusiasmo por todos los miembros de su entorno. Bernard d’Ormale, último marido de Brigitte Bardot, ha cargado contra la decisión y ha calificado la venta de «escandalosa». Su principal reproche tiene que ver precisamente con la naturaleza de algunos de los lotes: objetos íntimos y personales que, en su opinión, no deberían haberse convertido en piezas de coleccionista. D’Ormale llegó a cuestionar que se utilice la memoria de su esposa y sus pertenencias más privadas para recaudar fondos para los animales. «Son objetos íntimos», ha defendido, expresando su rechazo a que salieran al mercado.
La polémica tiene además una segunda lectura porque la propia Fundación Brigitte Bardot sostiene una versión muy distinta. Según su directora general, Ghyslaine Calmels, esta subasta no supone una ruptura con la voluntad de la actriz, sino todo lo contrario: sería la continuación lógica de una iniciativa que la propia Bardot puso en marcha en 1987, cuando decidió desprenderse de objetos valiosos para contribuir a la creación y financiación de su fundación. La organización defiende que el dinero obtenido ahora permitirá mantener viva la causa a la que Bardot dedicó buena parte de su segunda vida, la protección de los animales.

Existe, además, una contradicción entre el relato del viudo y el de la fundación. D’Ormale aseguró que no había sido informado de la operación, mientras que la organización afirma que la venta fue aprobada en junio, cuando él todavía presidía el consejo de administración. De este modo, la subasta no solo ha puesto precio a los objetos de Bardot, sino que ha abierto un nuevo frente alrededor de su legado y de quién tiene autoridad para decidir cómo debe conservarse su memoria.
La cuestión resulta especialmente llamativa en el caso de una mujer que pasó buena parte de su vida intentando escapar precisamente de aquello que ahora vuelve a convertirla en noticia. Bardot abandonó progresivamente el cine y la exposición pública y terminó alejándose del personaje que había creado en las décadas de los cincuenta y sesenta. La joven que había revolucionado el cine francés y convertido el bikini, el pelo despeinado y la sensualidad despreocupada en símbolos internacionales terminó refugiándose en Saint-Tropez y dedicando su vida a los animales. Sus objetos cotidianos, por tanto, cuentan también esa transformación.

La subasta permite reconstruir esa doble identidad. Está la Bardot convertida en mito, presente en sus accesorios, sus prendas y sus objetos relacionados con aquella vida de glamour; pero también aparece la mujer que había decidido apartarse de Hollywood y que convirtió su casa y sus animales en el centro de su existencia. Precisamente por eso, algunos de los lotes más sorprendentes no son los que tienen mayor valor económico, sino aquellos capaces de acercar al comprador a la Brigitte Bardot más privada.
La venta también confirma algo que Bardot ya había demostrado en vida: su nombre tenía un valor extraordinario. En 1987, ella misma había recurrido a una subasta de sus pertenencias para obtener fondos destinados a su causa animalista. Casi cuatro décadas después, la fórmula vuelve a repetirse, aunque esta vez de manera póstuma y con una diferencia sustancial: ya no es Bardot quien decide qué objeto abandona su casa y quién se lo lleva, sino quienes gestionan su legado. La Fundación defiende que el propósito es el mismo que entonces; su viudo considera, en cambio, que se ha cruzado una línea.
Entre los casi mil objetos que han encontrado nuevo dueño hay, por tanto, mucho más que sombreros, guitarras, camisones o collares de perro. Hay una parte de la historia privada de Brigitte Bardot, una mujer cuya imagen pública llegó a ser tan poderosa que incluso los objetos más corrientes de su día a día han adquirido décadas después un valor extraordinario. Y hay también una pregunta difícil de responder: ¿dónde termina el legado de una estrella y dónde empieza su intimidad? Esta vez, el mercado ha puesto precio incluso a esa frontera.