La reflexión de Sara Carbonero (42 años) que se ha convertido en su filosofía de vida: «Qué alivio cuando dejamos de ser lo que nos pasó»

La filosofía de vida de Sara Carbonero que deberíamos aplicarnos cada día

Elena García

Hay frases que no necesitan explicación porque ya llevan la explicación dentro. «Qué alivio cuando dejamos de ser sólo lo que nos pasó» es una de ellas. La compartió Sara Carbonero y, en cuestión de horas, miles de personas la hicieron suya. No porque hablen de lo mismo que ella, sino porque todos, en algún momento, hemos estado ahí: atrapados dentro de algo que nos ocurrió hasta el punto de no saber muy bien quiénes éramos antes de que ocurriera.

Una enfermedad, una pérdida, una ruptura, una etapa que dejó marca. Las formas son distintas, pero el mecanismo es el mismo: durante un tiempo, aquello que nos golpeó lo ocupa todo. Y cuando por fin deja de hacerlo, la sensación es exactamente la que describe Carbonero. Un alivio.

Para entender por qué sucede esto el psicólogo José Martín del Pliego explica qué es lo que ocurre en el cerebro y en el cuerpo en el momento en el que atravesamos una experiencia que impacta notablemente en nuestra vida y cómo es posible salir de ella sintiéndote incluso más capaz que antes.

Por qué el cerebro nos fusiona con lo que nos pasa

Cuando algo amenaza nuestra seguridad, el sistema nervioso tiene una respuesta clara: concentrar todos los recursos disponibles en esa amenaza. «Para el sistema nervioso lo más importante del mundo es la supervivencia», explica a Hola el experto Martín del Pliego. Y cuanto más grave es la situación, o mayor es la sensación de no poder controlarla, más energía mental se destina a ella.

De ahí que resulte tan difícil desconectar. Se piensa en ello al despertar, mientras se hace cualquier otra cosa, muchas veces también al intentar dormir. No es una decisión consciente, sino una respuesta automática del organismo ante lo que interpreta como una amenaza real.

El problema aparece cuando esa concentración de atención se prolonga en el tiempo. Porque cuando algo ocupa durante meses, o años, casi todo el espacio mental disponible, acaba produciéndose un desplazamiento sutil pero profundo: se deja de pensar «me está pasando esto» para empezar a sentir «yo soy esto». Y ahí es donde la experiencia deja de ser algo que se atraviesa para convertirse en algo que se es.

El momento en que algo empieza a cambiar

Pero ese estado no tiene por qué ser permanente. Llega un punto, distinto para cada persona y para cada situación, en que la amenaza remite, la experiencia empieza a quedar atrás o, simplemente, se ha comprendido y aceptado lo suficiente como para que el sistema nervioso comience a soltar tensión.

Martín del Pliego describe ese momento como una sensación de «amplitud» y de «libertad». El cuerpo comprueba que ha sido capaz de sostener algo que en su momento pareció insoportable, y esa comprobación deja un aprendizaje que el psicólogo resume con una imagen muy gráfica: «Me doblo pero no me rompo». Una certeza interna que, una vez adquirida, tiende a extenderse a otras áreas de la vida.

No significa que todo se vuelva sencillo a partir de ese momento, ni que el dolor desaparezca por completo. Significa que la persona empieza a confiar un poco más en su propia capacidad para afrontar lo que venga después.

Aceptar no es lo mismo que fingir que estamos bien

Uno de los errores más frecuentes en los procesos de recuperación es confundir la aceptación con la resignación, o con esa presión constante de mirar hacia adelante y no quejarse. Se dice «estoy bien», «hay que seguir» o «podría ser peor» cuando por dentro lo que hay es miedo, tristeza o rabia.

Para Martín del Pliego, la aceptación funciona exactamente al revés. «La clave de los procesos de aceptación es vivir aquellas emociones que me hacen estar mal»», explica. Reconocerlas, no esconderlas. Darles un lugar en lugar de taparlas con optimismo forzado.

Es ese reconocimiento el que permite que el sistema nervioso haga su trabajo de adaptación de forma real, no superficial. Y es también lo que abre la posibilidad de llegar, con el tiempo, a ese otro estado que describe la frase de Carbonero: seguir recordando lo que ocurrió, pero sin que eso sea ya lo único que uno es.

Cuando se puede enseñar la cicatriz

El psicólogo utiliza una imagen sencilla para explicar cuándo una experiencia difícil puede considerarse verdaderamente integrada: cuando se es capaz de enseñar la cicatriz. No de olvidarla, no de fingir que no existe, sino de hablar de ella sin volver al lugar emocional en que se estuvo.

«Mi sistema ha procesado ya toda la respuesta emocional negativa y la ha convertido en algo mucho más neutro», explica. La cicatriz sigue ahí, forma parte de la historia, pero ya no duele igual ni ocupa el mismo espacio.

El camino hasta ese punto, advierte, pasa inevitablemente por salir del modo supervivencia. Un estado de alerta constante que en su momento fue necesario, pero que el cerebro a veces mantiene activado mucho más allá de cuando deja de serlo. La forma de desactivarlo, según el psicólogo, es ir recuperando progresivamente los espacios que quedaron en segundo plano: las actividades que se hacían antes, el disfrute, los vínculos, los intereses propios. Ofrecer al cerebro otros lugares hacia los que dirigir su atención.

Quizás eso es, en el fondo, lo que quiso decir Sara Carbonero. Dejar de ser solo lo que nos pasó no significa borrarlo. Significa recuperar, poco a poco, todo lo demás.