Un ex trabajador de La Moncloa revela la gran obsesión de José Luis Rodriguez Zapatero cuando era presidente
"Siempre estábamos friendo almendras", ha declarado el antiguo chef de Moncloa
Julio González de Buitrago cocinó durante años para los presidentes del Gobierno
Zapatero y su mujer llevaban una dieta equilibrada
Las cocinas del Palacio de La Moncloa guardan innumerables historias de quienes han ocupado la Presidencia del Gobierno. Más allá de las decisiones políticas, los encuentros internacionales o las negociaciones de Estado, existe una intrahistoria construida a base de costumbres, rutinas y pequeños hábitos personales que terminan definiendo el día a día de quienes residen en la sede del Ejecutivo.
Una de esas historias tiene como protagonista a José Luis Rodríguez Zapatero y a una afición gastronómica que, según quienes trabajaron junto a él durante años, llegó a convertirse en una obsesión. El relato procede de una de las personas que mejor conoció los gustos culinarios de los presidentes españoles: Julio González de Buitrago, responsable de las cocinas de La Moncloa durante más de tres décadas.
González de Buitrago trabajó entre 1979 y 2011 al servicio de los distintos jefes del Ejecutivo que pasaron por el complejo presidencial. Durante ese tiempo cocinó para gobiernos de distinto signo político y conoció de primera mano las preferencias alimentarias de presidentes tan diferentes como Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar o el propio Zapatero.
¿Qué comía Zapatero?
Según ha explicado el antiguo cocinero en distintas entrevistas, durante los años en que Zapatero ocupó la Presidencia, entre 2004 y 2011, predominó una filosofía culinaria basada en la sencillez. Teniendo en cuenta que acaba de ser imputado y que han encontrado unas joyas de alto valor en su despacho, este dato resulta, cuanto menos, interesante.
Las cenas, según los testimonios de los trabajadores, solían ser especialmente ligeras. Ensaladas completas y platos poco pesados formaban parte habitual de una rutina alimentaria alejada de los excesos. El objetivo era mantener una dieta equilibrada y basada en productos frescos.
Sin embargo, dentro de esa disciplina existía una excepción que terminó convirtiéndose en una auténtica seña de identidad de aquellos años. Una costumbre que los trabajadores de la residencia presidencial recuerdan todavía décadas después y que provocaba que un aroma muy concreto se extendiera por los pasillos del complejo.
La obsesión de Zapatero
Según ha contado Julio, las almendras estaban presentes prácticamente en cualquier rincón de La Moncloa durante aquellos años. «A toda hora, en cualquier lugar. Estaban por todas partes, en despachos y salones. Siempre estábamos friendo almendras», explicó el cocinero al recordar aquella etapa.
La imagen que dibuja su testimonio es la de un producto convertido en aperitivo permanente. No se trataba de una presencia ocasional ni de un capricho reservado a determinados momentos del día. Por el contrario, las almendras formaban parte del paisaje habitual de reuniones, despachos y encuentros de trabajo.
Aunque desde el punto de vista nutricional las almendras están consideradas un alimento saludable, rico en grasas beneficiosas, minerales y proteínas vegetales, los especialistas suelen recomendar su consumo en estado natural o tostado. La versión frita, al incorporar aceites y aumentar significativamente su aporte calórico, pierde parte de esas ventajas.
Las almendras fritas
Lo más llamativo de esta historia es que la afición nunca fue un secreto. Según diversas informaciones publicadas durante aquellos años, Zapatero llegó a reconocer públicamente hasta qué punto le gustaba este producto.
«Las almendras me gustan de una manera enfermiza», admitió en una ocasión en ABC. Esta expresión refleja hasta qué punto ese pequeño placer gastronómico se convirtió en una obsesión. De hecho, cuando accedió a la Presidencia del Gobierno trasladó esa costumbre a su nueva residencia oficial.
El episodio puede parecer anecdótico, pero ofrece una imagen poco conocida de la vida en La Moncloa y muestra cómo determinadas preferencias personales terminan influyendo incluso en aspectos tan cotidianos como la organización de una cocina institucional.
Las revelaciones de Julio González de Buitrago han permitido conocer numerosos detalles sobre la vida privada de los distintos presidentes para los que trabajó durante más de 30 años. Son historias alejadas del debate político y centradas en hábitos domésticos que rara vez trascienden a la opinión pública.
En el caso de Zapatero, el recuerdo que permanece entre quienes compartieron aquellos años de trabajo no está relacionado con grandes banquetes ni con exigencias gastronómicas extraordinarias. Lo que más se recuerda es precisamente algo mucho más sencillo: una afición constante por las almendras fritas que terminó impregnando de aroma buena parte de las dependencias de La Moncloa.
Una costumbre aparentemente menor que, con el paso del tiempo, se ha convertido en una anécdota curiosa.
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