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Paleontología

Los paleontólogos no salen del asombro: un fósil del Pirineo de Lérida evidencia cómo era la piel de los cocodrilos hace 125 millones de años

  • Alejo Lucarás
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El espécimen analizado y que nos compete en esta ocasión es el MGB-512, una especie de cocodrilo extinto de unos 50 centímetros que lleva décadas en los fondos del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona. Lo que se ha descubierto parte de un fósil del Pirineo de Lérida, más específicamente procedente de la Pedrera de Meià, datado en hace unos 125 millones de años.

Un equipo del Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont lo reexaminó con técnicas de fluorescencia ultravioleta y documentó detalles de tejido blando fosilizado que habían pasado inadvertidos durante décadas. Los resultados se publicaron en junio de 2026.

El fósil del Pirineo de Lérida que revela cómo era la piel de los cocodrilos hace 125 millones de años

El MGB-512 corresponde a Montsecosuchus depereti, una especie extinta de la familia Atoposauridae que habitó el Prepirineo de Lérida durante el Cretácico inferior. Era un animal de unos 50 centímetros, sin parecido aparente con los grandes cocodrilos actuales en tamaño ni en forma de vida.

Lo que hace excepcional a este fósil no es la especie, ya conocida, sino el estado de preservación de sus tejidos blandos: escamas, pigmentación y estructuras sensoriales que en condiciones normales desaparecen por completo antes de fosilizar.

El estudio fue liderado por Óscar Castillo-Visa y Albert G. Sellés, del Instituto Catalán de Paleontología, junto a Phil R. Bell y Àngel Galobart. Los resultados se publicaron en la revista Zoological Journal of the Linnean Society.

Ciencia pura: cómo la luz ultravioleta hizo visible lo invisible

Para revisar el espécimen MGB-512, los investigadores utilizaron fluorescencia ultravioleta (UV), una técnica que excita los compuestos orgánicos fosilizados y los hace brillar de forma diferente a la roca que los rodea. La luz UV detecta tejidos que, bajo iluminación convencional, se confunden con la piedra y pasan desapercibidos.

«La luz UV nos permite ver detalles que de otra manera quedarían completamente escondidos», explicó Óscar Castillo-Visa al respecto.

Esos detalles incluyen la arquitectura real de las escamas en cada región corporal, los rastros de pigmentación y la localización de estructuras que en los cocodrilos actuales se conocen bien, pero rara vez se documentan en el registro fósil.

Por su parte, el Instituto Catalán de Paleontología lleva años aplicando esta técnica a especímenes de colecciones públicas. Su potencial para revelar tejidos blandos en rocas calcáreas como las del Montsec la convierte en una herramienta especialmente útil para este tipo de yacimientos.

¿Qué es lo más llamativo de este hallazgo y qué relación encontraron con los cocodrilos modernos?

Los resultados son llamativos por varias razones. La primera es la siguiente: Montsecosuchus depereti no tenía la aleta caudal alta que caracteriza a muchos cocodrilos modernos.

La cola era más plana y menos especializada, lo que indica que este animal no pasaba la mayor parte del tiempo nadando, sino que tenía un estilo de vida más terrestre o semiacuático en aguas poco profundas.

El segundo hallazgo afecta a la coloración. El fósil conserva evidencias de bandas alternas claras y oscuras dispuestas transversalmente a lo largo de la cola. Según Albert G. Sellés, esa disposición habría funcionado como camuflaje disruptivo, al «romper visualmente la silueta del cuerpo» para pasar desapercibido ante depredadores o presas.

El tercer dato es la presencia de órganos sensoriales en las escamas del cuello, las extremidades y los márgenes laterales. En los cocodrilos actuales, estas estructuras sirven para detectar cambios de presión y temperatura en el agua.

Ya estaban presentes hace 125 millones de años, aunque la arquitectura general de las escamas era menos compleja que en las especies modernas.

Un fósil que llena huecos en la historia evolutiva de los cocodrilianos

Los autores del estudio no se quedan simplemente en describir la piel de este animal concreto. Sus autores señalan que el MGB-512 ayuda a «llenar huecos en la evolución del tegumento de los crocodilomorfos», el grupo al que pertenecen los cocodrilos modernos y sus parientes extintos.

Cabe recordar que la transición entre los primeros representantes del grupo y las formas actuales, altamente adaptadas a la vida semiacuática, es un proceso que duró millones de años y del que quedan muy pocos registros de tejido blando. Cada espécimen con escamas o pigmentación preservados es, en ese contexto, un hallazgo difícil de conseguir.

A modo de cierre, para los autores del trabajo, este fósil del Pirineo de Lérida demuestra que las canteras del Montsec siguen siendo una fuente de información paleontológica de primer orden.

Y esto último no solo por los huesos que conservan, sino por los detalles que la roca, bajo la luz adecuada, todavía tiene pendientes de revelar.