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La biología en microgravedad: desafíos médicos para astronautas

Sabemos lo complicada que es la vida de los astronautas en el espacio, entre otras cosas a causa de la microgravedad.

Efectos de la microgravedad en el cuerpo

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  • Francisco María
  • Colaboro en diferentes medios y diarios digitales, blogs temáticos, desarrollo de páginas Web, redacción de guías y manuales didácticos, textos promocionales, campañas publicitarias y de marketing, artículos de opinión, relatos y guiones, y proyectos empresariales de todo tipo que requieran de textos con un contenido de calidad, bien documentado y revisado, así como a la curación y depuración de textos. Estoy en permanente crecimiento personal y profesional, y abierto a nuevas colaboraciones.

Estamos diseñados para vivir con gravedad. Para caminar, para que la sangre circule de cierta forma, para que los huesos soporten peso. Cuando todo eso desaparece, el organismo empieza a comportarse de maneras… raras. Y no siempre buenas.

El cuerpo se desorienta desde el primer día

Nada más llegar al espacio, el cuerpo entra en una especie de confusión. Aquí en la Tierra, la gravedad tira de los líquidos hacia abajo. En microgravedad, eso ya no pasa. Así que los fluidos se redistribuyen.

¿Resultado? Cara hinchada, sensación de congestión, piernas más delgadas. Parece un detalle menor, pero no lo es. Ese cambio afecta a la presión dentro del cuerpo, a cómo funciona el corazón y, con el tiempo, incluso a la visión.

Los huesos se debilitan… rápido y uno de los problemas más serios es la pérdida de masa ósea. En la Tierra, los huesos se mantienen fuertes porque soportan peso constantemente. Caminar, estar de pie, moverse… todo eso los estimula. En el espacio, no. Sin esa carga, el cuerpo empieza a “pensar” que no necesita tanta densidad ósea. Y empieza a perderla.

Los astronautas pueden perder entre un 1% y un 2% de masa ósea al mes. Es muchísimo. Para comparar: una persona mayor con osteoporosis pierde bastante menos en el mismo tiempo.

Músculos que dejan de trabajar

Algo parecido ocurre con los músculos. Si no necesitas hacer esfuerzo para moverte, los músculos dejan de trabajar como antes. Y cuando un músculo no se usa… se debilita. Sobre todo los de las piernas y la espalda.

Por eso los astronautas tienen rutinas de ejercicio muy estrictas. Varias horas al día. Con máquinas especiales que simulan resistencia.

El corazón también cambia

Aquí viene algo curioso. El corazón, al no tener que bombear la sangre contra la gravedad, trabaja menos. Y como cualquier músculo, si trabaja menos… se adapta. Se vuelve más pequeño.

Eso no es necesariamente peligroso a corto plazo, pero sí plantea problemas cuando el astronauta vuelve a la Tierra. De repente, el corazón tiene que volver a hacer el esfuerzo de antes. Y no siempre responde igual. Por eso muchos astronautas sienten mareos o debilidad al regresar.

Problemas de visión inesperados

Este es uno de los efectos más sorprendentes. Algunos astronautas desarrollan problemas de visión durante misiones largas. Cambios en la forma del ojo, presión en el nervio óptico…

No se entendía muy bien al principio. Ahora se cree que está relacionado con la redistribución de líquidos hacia la cabeza. Esa presión extra afecta a la estructura del ojo. Y lo más preocupante es que, en algunos casos, los cambios no se revierten completamente.

El sistema inmunológico se altera

Otro tema importante y menos visible. El sistema inmunológico también cambia en microgravedad. No funciona exactamente igual. Algunas células defensivas se vuelven menos eficaces. Además, ciertos virus que están “dormidos” en el cuerpo pueden reactivarse.

Esto no significa que los astronautas estén constantemente enfermos, pero sí que hay un mayor riesgo.

Dormir tampoco es tan sencillo

Dormir en el espacio tiene su complicación. No hay “arriba” ni “abajo”. No hay sensación de peso. Y además, la estación espacial da vueltas a la Tierra cada 90 minutos, lo que significa múltiples amaneceres y anocheceres al día.

El cuerpo pierde referencias. Muchos astronautas tienen problemas para conciliar el sueño o mantener un descanso profundo. Y eso, a largo plazo, afecta al rendimiento, al estado de ánimo… a todo.

Adaptarse… y volver a adaptarse

El cuerpo humano es increíblemente adaptable. Eso juega a favor. Los astronautas se adaptan a la microgravedad en unos días. Aprenden a moverse, a orientarse, a funcionar en ese entorno.

Pero luego viene el regreso y ahí empieza otro proceso. Volver a caminar, recuperar el equilibrio, readaptar músculos y huesos… no es inmediato. Puede llevar semanas o meses.

Es como si el cuerpo tuviera que “recordar” cómo vivir en la Tierra. Entender cómo responde el cuerpo a la microgravedad ayuda también a mejorar la medicina en la Tierra. Por ejemplo, en el tratamiento de la osteoporosis, en la pérdida muscular o en problemas circulatorios.

Aún queda mucho por aprender

La investigación en este campo sigue avanzando. Cada misión aporta nuevos datos y nuevas preguntas también. Se están probando trajes especiales, sistemas de gravedad artificial, dietas específicas, programas de ejercicio más eficaces. Todo suma. Porque el objetivo no es solo que el ser humano pueda sobrevivir en el espacio, sino que pueda hacerlo bien.

No todo es flotar sin esfuerzo. Desde fuera, la vida en el espacio parece sencilla. Ligera. Incluso divertida. Pero por dentro, el cuerpo está trabajando constantemente para adaptarse a algo para lo que no fue diseñado.

Y eso tiene un precio. Aun así, seguimos mirando hacia arriba. Explorando. Probando.

Porque entender cómo funciona el cuerpo en condiciones extremas también nos ayuda a entender mejor cómo funciona aquí, en casa.

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