¿Tiene hoy razón de existir RTVE, convertida en TeleSánchez?
En los inicios de los años 80 acudí al emblemático Bar Bosch de Palma con mi fotógrafo de cabecera, Joan Miquel Ferrà, ya fallecido, con intención de vivir juntos minuto a minuto su día a día, desde las seis de la mañana hasta el cierre pasada la medianoche. Fue una experiencia enriquecedora por el hecho de acabar absorbido por su rutina; en especial, esas gentes desfilando a lo largo de la jornada dándole sentido y significado a su razón de ser y mientras Joan Miquel fotografiaba, yo intentaba plasmar en el papel ideas a propósito del jaleo maravilloso que iba encadenándose. Es un reportaje que guardo en mi corazón con la sensación de haber sido parte del lugar nacido en los años 30 y que durante casi un siglo jamás ha perdido su identidad.
Siendo niño acompañé a mi padre muchas veces al altillo de madera vieja donde se jugaban partidas de ajedrez. Era una causa justa que ya crecido y siendo periodista en activo, devolviese al lugar mis añoranzas describiendo el gran corazón que late en el permanente ajetreo de mesas y barra.
Días atrás, el diario ABC publicó el reportaje de la joven redactora Marta Flich titulado Un día entero viendo la TVE de Pedro Sánchez. Demoledor el resultado hasta el punto de que Marta en una entrevista posterior, entre risas, llegó a decir que acabó intoxicada ante la repetición de mensajes sin parar y los mismos siempre, apuntalando el relato o más bien la manipulación.
Lo que hizo Marta Flich no se diferencia de lo que hice décadas atrás: esa mirada atenta, observando una forma de ser y de hacer, poniendo copas y langostas o inyectando directamente en vena la pestilente ideología woke.
Llegados a este extremo deberíamos preguntarnos si tiene algún sentido el mantener un sistema público de radiotelevisión dedicado a aleccionar a las masas; palabra –aleccionar- que refiere amaestrar. La RAE. ¿Alguien, por un casual, es consciente del perverso significado de amaestrar? ¿Es ésta la razón de ser de la radiotelevisión pública? El consejo de administración de RTVE, nombrado coincidiendo con el inmenso dolor causado por la tragedia en el Levante peninsular, días atrás tomaba la decisión de no participar en el Festival de Eurovisión si es invitado Israel. Un consejo con mayoría de afines a las ideas del «puto amo», apóstol laico de la extrema izquierda.
En las democracias occidentales el nacimiento de las televisiones públicas a partir de los años 50 era un modelo que se preguntaba qué virtudes debía tener y qué defectos evitar. Así es como se levantaron relevantes entes con el compromiso en firme de servir al interés general. El modelo alternativo, nacido a la otra orilla del Atlántico, se dejó en manos de las universidades y así es como nació en los EEUU la radiotelevisión pública. La ideología woke se ha cargado aquellos principios originarios, tanto aquí como allá.
Convendría que esta tropa leyera la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, en especial allí donde se refiere a la radiotelevisión y donde se establece un marco común para los medios de comunicación con la clara indicación de «respetar la libertad de los medios de comunicación y su pluralismo». Una Carta que es vinculante desde diciembre de 2009.
Muchos años antes, en 1787, el presidente Thomas Jefferson dejó escrito en una carta enviada a su amigo Edward Carrington: «Si tuviera que decidir si debemos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría en preferir lo segundo». Se llama defensa de la libertad, frente al silencio impuesto por los totalitarios, y en España sabemos quiénes son.
La masiva compra de voluntades con dinero público, de unos medios hasta entonces libres y plurales, así como la colonización desvergonzada de la radiotelevisión pública y por eso mismo hoy conocida como TeleSánchez, es un claro atentado al espíritu de la Carta de Derechos Fundamentales y no cabe mirar hacia otro lado. Es preciso denunciarlo permanentemente.
Es más. El gasto de RTVE sale de los presupuestos generales del Estado, de manera que, simplificando, sale directamente de nuestros bolsillos. Por lo tanto, su deber inapelable es la neutralidad y servir al interés general. Es decir, para que lo entienda esta tropa, inapelable es sinónimo de inevitable, firme, indiscutible y así sucesivamente. La RAE.
La llegada al poder del sanchismo y su multitud de acólitos, palabra que según la RAE refiere una «actitud de dependencia», lo ha trastocado todo, lo que nos debe llevar a preguntarnos si se dan las circunstancias objetivas para mantener el servicio público de radiotelevisión, cuando hoy responde a los intereses de un poder autocrático, en lugar de comprometerse con el interés general. Y acabo: ¿Tiene hoy razón de existir RTVE ahora convertida en TeleSánchez? ¿La Unión Europea seguirá mirando hacia otro lado?
Otrosí. ¿Les extraña que un tiempo atrás, y a propósito de internalizar los Informativos de IB3, el PSIB-PSOE reclamase la presencia de redactores de izquierdas? Todo va de lo mismo, de imponer el relato.
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