Canallas, ongi etorri
Cuando el poder exige olvido. Cuando los de siempre, los enemigos de España, han querido que olvidemos. Cuando Sánchez y el PSOE, desde el primer momento, solo han querido que olvidemos.
Olvidar lo ocurrido. Olvidar a los compañeros. Olvidar a las víctimas.
Eso es lo que hoy se nos exige. No de manera explícita, no con discursos solemnes, sino de forma mucho más peligrosa: mediante decisiones políticas que normalizan lo que jamás debió ser normalizado.
La puesta en libertad de Soledad Iparraguirre, Anboto, una de las figuras más sanguinarias de ETA, no es un simple trámite judicial. Es un mensaje. Un símbolo. Una advertencia, y ha habido muchas con anterioridad, partiendo de la rendición y traición de Zapatero al pacto de la ignominia con los terroristas de ETA. Bienvenidos, canallas y asesinos.
Nos están diciendo que todo puede quedar atrás. Que todo puede diluirse. Que incluso el terror puede ser reciclado en conveniencia política. Y no, no es cierto.
No se puede construir una democracia digna sobre el olvido impuesto. No se puede pedir a una sociedad que pase página cuando ni siquiera se ha escrito la verdad completa, cuando no ha habido arrepentimiento, cuando no ha existido justicia moral. Pero, sobre todo, no se puede hacer política con la sangre de las víctimas. Porque eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Un Gobierno dispuesto a cualquier cosa para mantenerse en el poder ha decidido que la memoria de los asesinados es negociable. Que su sacrificio puede ser relativizado. Que su recuerdo puede ser incómodo si interfiere en determinados pactos.
Y lo más grave no es solo quién toma esas decisiones. Lo más grave es quién las sostiene. Quién las justifica. Quién calla.
La ingratitud, esa forma refinada de traición, se ha instalado en la política española con una naturalidad inquietante. Y cuando una nación empieza a considerar prescindible la memoria de quienes murieron por ella, lo que realmente está haciendo es despojarse de su propia dignidad.
Nos quieren convencer de que esto es convivencia. De que esto es normalidad. De que esto es progreso. Pero no lo es. La convivencia no puede basarse en el olvido de las víctimas. La normalidad no puede construirse sobre la impunidad moral. El progreso no puede significar la humillación de quienes dieron su vida por la libertad.
No todo vale. No en política. No en democracia. Porque cuando todo vale, la democracia deja de ser un sistema al servicio de los ciudadanos y se convierte en una herramienta al servicio del poder. Y entonces ya no hablamos de una democracia fuerte, sino de una democracia degradada.
No se trata de reabrir heridas. Se trata de no enterrarlas en falso. No se trata de odio. Se trata de memoria. No se trata de venganza. Se trata de justicia. España no puede permitirse olvidar. España no debe arrodillarse ante el relato de quienes nunca han pedido perdón.
Y frente a ese intento de imponer el olvido, solo queda una respuesta digna: «Yo no olvido. Yo no perdono».
Porque la memoria no se negocia. Porque la dignidad no se vende. Y porque hay líneas que, una vez cruzadas, definen para siempre a quienes lo hicieron, traidores, canallas y encubridores de los asesinos; esto es el Gobierno del PSOE, esto es el presidente Sánchez y todos los que lo apoyan.
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