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‘La tregua’: la película de Netflix que desentierra las dos Españas de ‘fachas y rojos’ en un manso gulag

'La tregua' cuenta la historia real de los españoles prisioneros en los gulag de la URSS durante la II Guerra Mundial

Republicanos que lucharon con Rusia y voluntarios de la División Azul coincidieron en los campos de Kazajistán

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La tregua encabeza la lista de los contenidos más populares en Netflix, y lo hace como una película excepcional: pocas veces una producción española recoge los horrores del comunismo, en este caso a través de la historia de los republicanos que viajaron a la URSS y los voluntarios de la División Azul, todos ellos presos en uno de los gulag de Stalin. 

Los españoles a los que hace alusión La tregua coincidieron en los campos después de viajar a la URSS, por un lado, como parte de las Brigadas Internacionales o enviados por el Partido Comunista para ser formados por los soviéticos -en el caso de los republicanos-; por otro, como voluntarios de la División Azul que combatieron en el frente oriental y fueron capturados en Leningrado. Con el avance de los nazis en 1941, las autoridades soviéticas los consideraron traidores a la patria del proletariado, al no firmar de manera voluntaria permanecer en la URSS.

Hacinados en los vagones de madera permeable al intenso frío, los prisioneros fueron trasladados desde Siberia en un viaje en tren que duró semanas. Los llevaron a Kazajistán, al Spassk-99, subcampo del Karlag famoso por su dureza extrema, un cerco situado en medio de la estepa que hacía imposible fugarse.

Sin embargo, esa dureza que cualquiera esperaría ver en la película, queda diluida en el tono buenista que contamina la historia de La tregua, y deja incompleto el marco en el que se desarrolla, que es esencial para la trama central: el vínculo de los personajes nace de su unión por la miseria que comparten. La crudeza que se le supone a un gulag se representa muy suavizada, en comparación con otros títulos, como el libro Embajador en el infierno (Torcuato Luca de Tena).

Aunque la naturaleza de los centros kazajos no es lo único que se queda a medias en La tregua. A pesar de su metraje de dos horas y media, el guion es una especie de mejunje que no termina de perfilar, ni siquiera, los personajes -ni el de Arón Piper ni el de Miguel Herrán-. De hecho, quién es el protagonista lo acaba decidiendo el espectador. Incluso transmite la sensación, en ocasiones, de que algunas escenas no concluyen, por los saltos entre diferentes tramas. Mientras, otras están alargadas injustificadamente.

Pero en esas largas escenas, es imposible asistir a un relato crudo de cómo, por ejemplo, los prisioneros tenían que romper el hielo de campos congelados a -40ºC para beber agua; las caminatas de una hora para trabajar en la mina -bajo el calor asfixiante o el frío paralizante-; la crueldad de los pozos de tortura… Todo acompañado de la miseria y el hambre de quienes apenas comían un bol de sopa de col antes y después del trabajo forzado, junto a un trozo de pan húmedo. No hay emoción.

La tregua peca de una moderación que le impide ser el gran drama histórico en el que podría haberse convertido, porque técnicamente es impecable. Tanto que Miguel Ángel Vivas (Secuestrados) consigue que Vizcaya y Álava se conviertan en un campo de trabajo estalinista al detalle, con un decorado de más de 4.000 metros cuadrados. Acompañado de la fotografía y los efectos visuales sin fisuras, la recreación visual del gulag es impresionante.

Ahora bien, es el escenario en el que surge una amistad entre los personajes principales que resulta muy forzada en el guion, sobre todo por los tiempos acelerados y por el masticado y reiterativo mensaje de la conciliación. Ya desde el principio se sobreentiende que divisionarios y republicanos superarán sus diferencias, unidos por la nostalgia de su país. La sutileza aquí, brilla por su ausencia. Incluso se les ve cantar juntos Suspiros de España.

Escena de ‘La tregua’. (Netflix)