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La psicología dice que las personas que prefieren leer en vez de ver la TV no es porque sean más eruditas: es porque su cerebro les desafía constantemente

  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

La preferencia por leer en vez de ver la TV se interpreta a menudo como un signo de voluntad o de esmero. Como si elegir el libro fuera el resultado de un esfuerzo consciente por ser más culto. «La gente no quiere leer, quiere haber leído», decía el escritor Alejandro Dolina. Esa idea, sin embargo, simplifica lo que la ciencia ha descubierto sobre el cerebro de quienes leen por hábito.

Varios estudios recientes apuntan a que la explicación no tiene nada que ver con la erudición ni con el mérito personal. La clave está en la biología, en cómo procesa la información un cerebro lector, qué zonas activa y qué nivel de estímulo necesita para sentirse satisfecho.

Leer en vez de ver la TV no es una cuestión de cultura: el cerebro lo pide

La psicología lleva décadas estudiando un rasgo llamado necesidad de cognición (o need for cognition, en la literatura anglosajona), que describe la tendencia de algunas personas a buscar activamente situaciones que requieran pensar.

Quienes puntúan alto en esta escala no evitan los problemas complejos, sino que particularmente los buscan. Prefieren la ambigüedad a las respuestas dadas, el esfuerzo mental a la comodidad pasiva.

La lectura es, por naturaleza, una actividad que dispara ese rasgo. Un texto no da las imágenes, sino que se las pide amablemente a la imaginación. No construye el ritmo ni el paisaje: exige que el lector los cree.

Por esto y mucho más, podría decirse que cada página es una negociación constante entre lo que el autor escribe y lo que el cerebro del lector completa. La televisión, en cambio, entrega esa construcción ya hecha.

Esto no implica que quien prefiere leer sea más inteligente o más disciplinado. Implica que su cerebro tiene (o ha desarrollado) un umbral de estímulo más alto. La pantalla, simplemente, no le resulta suficientemente desafiante.

Lo que una resonancia magnética revela sobre el cerebro lector

En febrero de 2025, la revista Scientific Reports (grupo Nature) publicó uno de los estudios más amplios realizados hasta la fecha sobre los efectos de leer y ver la televisión en el cerebro joven.

Un equipo liderado por Andreas Rauschecker, de la Universidad de California (San Francisco y San Diego), analizó resonancias magnéticas de 8.125 adolescentes de unos diez años de edad dentro del estudio ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development), el mayor proyecto de imagen cerebral en jóvenes de Estados Unidos.

El resultado principal fue claro: cada hora adicional de lectura diaria se asoció con 2,5 puntos más de rendimiento cognitivo (en una escala con media de 100 y desviación estándar de quince).

Los lectores habituales mostraron mayor área cortical en regiones relacionadas con el lenguaje, la atención y el procesamiento visual, las mismas zonas que se activan cuando el cerebro trabaja de forma sostenida.

Los adolescentes que pasaban más tiempo viendo televisión mostraron, en cambio, menor área cortical en esas mismas regiones. La lectura explicó el 8,4% de la varianza en el rendimiento cognitivo; la televisión, solo el 0,4%.

La pantalla apaga la imaginación: lo que descubrió la Universidad de York

En noviembre de 2023, el doctor Sebastian Suggate, del Departamento de Educación de la Universidad de York, publicó en la revista Psychology of Aesthetics, Creativity and the Arts un experimento con más de 200 adultos jóvenes para medir qué efecto tienen la lectura y el visionado de vídeo sobre la capacidad imaginativa.

Los resultados fueron concretos. Después de ver fragmentos de películas (tanto de ritmo lento como rápido), los participantes fueron más lentos en comparaciones mentales que después de haber leído textos. El deterioro se mantuvo durante al menos 25 segundos tras apagar la pantalla.

La explicación de Suggate es directa: la pantalla entrega las imágenes ya fabricadas y el cerebro deja de producirlas. La lectura, en cambio, obliga al cerebro a construir activamente representaciones mentales en tiempo real. Ese trabajo continuo es el que mantiene activo al cerebro lector.

El cerebro que lee acaba buscando más desafío: leer en vez de ver la TV en la adultez

En 2024, la doctora Maddison Mellow y su equipo de la Universidad del Sur de Australia publicaron en la revista académica The Journals of Gerontology un estudio con 397 adultos mayores de 60 años.

La conclusión fue que no todos los comportamientos sedentarios son equivalentes para el cerebro: leer, escuchar música o hacer manualidades protegen la función cognitiva; ver la televisión tiene el efecto contrario.

La explicación que emerge de estos tres estudios apunta en la misma dirección. El cerebro que lee desarrolla con el tiempo un umbral de demanda cognitiva más alto. Una vez instalado ese umbral, la pantalla deja de resultar estimulante.

Reiteramos así que quien prefiere leer en vez de ver la TV es porque su cerebro, entrenado en la construcción activa, ha terminado por encontrar insuficiente lo que la pantalla ofrece.

La preferencia deja de ser una cuestión de carácter para convertirse en una cuestión meramente de biología. Un cerebro que ha aprendido a trabajar mientras se entretiene busca activamente situaciones que le permitan seguir haciendo exactamente lo mismo.