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La psicología dice que las personas que dicen que sí a todo no es porque quieran ser amables: tienen un serio problema de autoestima

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Decir que sí de forma automática, casi sin pensarlo, es un comportamiento mucho más común de lo que parece. Se ve en el trabajo, en la familia y sobre todo, en el grupo de amigos: siempre hay alguien dispuesto a ceder, a cargar con lo que nadie más quiere hacer y a evitar cualquier tipo de conflicto.

Ese gesto se suele interpretar como amabilidad, pero varios estudios de psicología relacionan este patrón con la autoestima baja, no con la generosidad. La explicación tiene que ver con el miedo al rechazo y con una necesidad de aprobación que empieza mucho antes de la edad adulta.

¿Por qué decir que sí a todo tiene más que ver con la autoestima baja que con la amabilidad?

El psicólogo clínico Adam Borland, de la Clínica de Cleveland en Estados Unidos, lo explica de forma directa: la complacencia constante suele nacer de la autoestima baja, la dificultad para poner límites y el miedo al abandono, mucho antes que de un rasgo genuino de generosidad.

Un estudio publicado en 2025 en la revista PsyCh Journal, firmado por Xiaoxue Kuang, Hui Li, Weiliang Luo, Jinxin Zhu y Fen Ren, analizó a 2.203 universitarios de primer año y encontró que quienes puntuaban más alto en tendencia a complacer a los demás mostraban una autoevaluación personal más baja.

¿Y qué simbolizaría específicamente eso? Pues menos autoestima, menos confianza en sus propias capacidades y mayor inestabilidad emocional.

El estudio, además, dividió a los participantes en cuatro perfiles según la intensidad de este patrón, desde quienes no lo mostraban en absoluto hasta un 3% con un nivel severo asociado a un malestar psicológico notable.

¿Te reconoces complaciendo a los demás incluso cuando te perjudica?

Aceptar de más no siempre se nota a simple vista. Suele empezar con gestos pequeños. Por ejemplo, pedir disculpas por cosas que no dependen de uno, decir que sí antes incluso de escuchar toda la petición o sentir alivio cuando el otro queda contento, aunque eso implique renunciar a algo propio.

Con el tiempo, ese patrón pasa factura. Según recogen distintos especialistas, sostener esta actitud de forma constante puede derivar en cansancio, resentimiento acumulado y problemas para dormir, porque la energía que debería dedicarse al propio bienestar termina puesta al servicio de los demás.

¿De dónde viene realmente este patrón de conducta?

Casi nunca aparece de la nada. Con frecuencia se aprende en la infancia, en hogares donde portarse bien y evitar el conflicto se convirtió en la única forma segura de estar tranquilo.

Crecer junto a un hermano señalado como «el problemático» también empuja a algunos niños a asumir el papel de pacificador, el que siempre cede para que no haya líos.

Ese aprendizaje temprano puede convertirse en lo que algunos psicólogos llaman una respuesta de sumisión o fawning: una manera de protegerse ante el peligro real o percibido complaciendo al otro antes de que la situación se ponga peor. De adulto, ese mecanismo sigue activo aunque ya no exista ningún peligro que evitar.

¿Qué consecuencias tiene para tu autoestima no aprender a decir que no?

Cuando la aprobación ajena se convierte en la única fuente de valor propio, el estado de ánimo empieza a depender de cómo reaccionan los demás.

Un comentario positivo sube el ánimo; una crítica, por pequeña que sea, lo hunde. Esa dependencia constante es, según la psicología, la raíz del problema, mucho más que cualquier intención de caer bien.

Con el tiempo, esa misma complacencia puede volverse en contra: quien nunca expresa lo que realmente piensa o necesita termina construyendo relaciones poco auténticas, en las que los demás conocen una versión suavizada de esa persona, pero no a la persona real.

Y desde luego, para cambiar el patrón, no exige transformarlo todo de golpe. Los especialistas coinciden en que basta con empezar por gestos pequeños, como aprender a decir ‘no’ en situaciones de bajo riesgo, para que la autoestima deje de depender de la aprobación de los demás.