Una ‘pastilla’ inteligente que «escucha» al intestino podría ayudar a prevenir recaídas en anorexia
Los problemas subyacentes de comunicación entre el cerebro y el cuerpo pueden persistir y contribuir a una recaída
Una píldora vibratoria ingerible podría ayudar a los médicos a predecir qué pacientes con anorexia nerviosa tienen mayor riesgo de recaída, según un estudio de UCLA Health publicado en JAMA Psychiatry. Además de ofrecer información sobre la evolución del trastorno, esta tecnología ha permitido conocer mejor cómo afecta la anorexia al sistema nervioso. La investigación busca avanzar en la prevención de recaídas en una enfermedad con altas tasas de retorno de los síntomas y una de las mayores tasas de mortalidad entre los trastornos psiquiátricos.
Si bien recuperar el peso corporal es un objetivo fundamental del tratamiento, muchos pacientes siguen teniendo dificultades incluso después de alcanzar un peso saludable. Sin embargo, los mecanismos subyacentes al trastorno no se comprenden del todo y existe una falta de biomarcadores objetivos que ayuden a los médicos a evaluar la respuesta del paciente al tratamiento.
«Las personas con anorexia nerviosa no ignoran simplemente las señales de su cuerpo», explica Sahib Khalsa, psiquiatra y neurocientífico, autor principal del estudio, director de investigación sobre trastornos de ansiedad y profesor asociado residente en el Instituto Semel de Neurociencia y Comportamiento Humano de la UCLA. «Su sistema nervioso puede procesar las sensaciones intestinales de manera diferente, lo que dificulta la detección, la confianza y el aprendizaje a partir de esas señales. Con el tiempo, esto puede contribuir a la persistencia de los síntomas incluso después de recuperar el peso», agrega.
Khalsa y su equipo reclutaron a 62 mujeres y niñas hospitalizadas con anorexia nerviosa cuyo peso se había normalizado, y a 57 personas sanas como grupo de control. Las participantes ingirieron una cápsula vibratoria que los investigadores podían controlar a distancia para producir vibraciones suaves de intensidad variable en el estómago. Durante el experimento, se les pidió que presionaran un botón cada vez que sintieran una vibración. Los investigadores monitorizaron simultáneamente la actividad cerebral, cardíaca y rítmica del estómago. Las participantes también informaron sobre sus niveles de hambre y otras sensaciones corporales. Posteriormente, los investigadores realizaron evaluaciones de seguimiento a las participantes con anorexia nerviosa durante seis meses después del alta hospitalaria.
Los datos se analizaron utilizando un modelo computacional diseñado para estimar con qué intensidad los participantes esperaban sentir sensaciones estomacales, cuánto dependían sus cerebros de las señales corporales recibidas y con qué rapidez actualizaban sus expectativas cuando las señales estaban presentes o ausentes.
En comparación con las personas sanas, las participantes con anorexia nerviosa fueron menos precisas a la hora de detectar sensaciones estomacales sutiles, más propensas a creer que no se producía ninguna sensación incluso cuando la pastilla vibraba, y tardaron más en revisar esas expectativas cuando se presentaban señales estomacales.
«En esencia, algunas personas con anorexia nerviosa parecían comenzar la tarea esperando no sentir señales del intestino y eran menos propensas a actualizar esas expectativas cuando se producían dichas señales», puntualiza Khalsa.
Varias de estas medidas de la conexión intestino-cerebro se asociaron con el riesgo de recaída durante el período de seguimiento de seis meses. Las participantes con anorexia nerviosa cuya percepción estaba especialmente sesgada hacia la ignorancia de las señales intestinales tenían más probabilidades de recaer.
«Uno de los hallazgos más sorprendentes fue que estas diferencias persistieron incluso después de recuperar el peso», aclara Khalsa. «La recuperación de la anorexia nerviosa no se trata sólo de recuperar el peso corporal. Los problemas subyacentes de comunicación entre el cerebro y el cuerpo pueden persistir y contribuir a una recaída».
Khalsa asegura que estas mediciones de la conexión intestino-cerebro podrían servir, con el tiempo, como biomarcadores que ayuden a los médicos a identificar a los pacientes con mayor riesgo de recaída y a determinar si los tratamientos están mejorando la forma en que el cerebro procesa las señales corporales.
Los investigadores señalaron que es necesario replicar los hallazgos en poblaciones más amplias y diversas antes de poder extraer conclusiones definitivas.
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